Enloquecido de desesperación, la llamé por su nombre, y toda la gruta resonó, pero Kaptah me mostró en el suelo unas manchas de sangre ya secas sobre las losas. Seguí este rastro con la mirada y en el agua vi el cuerpo de Minea, o, mejor dicho, lo que de él quedaba, porque reposaba sobre la arena donde los cangrejos la devoraban y no tenía ya rostro, pero la reconocí por sus cabellos. Y no tuve necesidad de ver la herida de espada en su flanco, porque ya sabia que el Minotauro la había llevado hasta allí para herirla por la espalda y arrojarla al agua a fin de que nadie supiese que el dios de Creta había rnuerto. Tal había sido, sin duda, la suerte de muchos iniciados antes que la pobre Minea.
Ahora que veía, sabía y lo comprendía todo, un grito espantoso salió de mi garganta y cayendo de rodillas perdí el conocimiento, y hubiera ido seguramente a reunirme con Minea si Kaptah, cogiéndome por los brazos, no me hubiese echado hacia atrás, como me contó más tarde. En efecto, a partir de aquel momento no recuerdo ya nada, salvo lo que Kaptah me contó. Profunda y misericordiosamente, la inconsciencia me había arrancado a mis dolores y mi desesperación.
Kaptah me contó que durante largo rato gimió al lado de mi cuerpo, creyéndome muerto, y lloró también por la pobre Minea. Cuando recobró la serenidad me tocó y se dio cuenta de que vivía y se dijo que debía salvarme, puesto que no podía hacer nada por Minea. Había visto otros cuerpos devorados por los cangrejos, los cuales reposaban blancos y mondos en el fondo del mar. En todo caso, la pestilencia comenzaba a incomodarlo, y habiéndose dado cuenta de que no podía transportar a la vez la jarra y mi cuerpo, la vació resueltamente y la arrojó al agua, y el vino le dio tal fuerza que, consiguió llevarme hasta las puertas de bronce, siguiendo el cordel desenrollado. Después de haber reflexionado, arrolló de nuevo el cordel a fin de no dejar rastro de nuestro paso por el laberinto y me afirmó haber visto sobre las paredes, en los cruces de corredores, signos secretos que el Minotauro había seguramente trazado para reconocer el camino de dédalos de los corredores. En cuanto a la jarra, la había lanzado al agua para procurar una buena sorpresa al Minotauro cuando efectuara su nueva visita de verdugo.
Amanecía en el momento en que me sacó del laberinto y fue a dejar en su sitio la llave en la casa del sacerdote, porque éste y los guardas dormían todavía bajo el efecto de la droga. Entonces me llevó al borde de un arroyo, ocultándome entre las matas, y me lavó el rostro con agua y me dio masaje en los brazos hasta que recobré el conocimiento. Pero no conservo el menor recuerdo, porque no recuperé mi espíritu hasta mucho más tarde, cuando nos acercábamos a la villa, y Kaptah me sostenía por los brazos. A partir de entonces me acuerdo de todo.
No recuerdo haber sentido entonces un profundo dolor, y no me acordaba mucho de Minea, que era como una sombra lejana en mi memoria, una mujer conocida antaño en otro mundo. En cambio, me decía que el dios de Creta estaba muerto y que el poderío cretense iba a derrumbarse tal como estaba escrito en las predicciones, y a mí no me contrariaba, pese a que los cretenses hubiesen sido amables conmigo, y su existencia despreocupada fuera como una espuma resplandeciente en el borde del mar. Acercándome a la villa, experimentaba júbilo al decirme que aquellas mansiones se retorcerían bajo las llamas y que los gritos de las mujeres en celo se transformarían en aullidos de agonía y que la cabeza del Minotauro sería aplastada a golpes de maza y hecha pedazos cuando llegase la hora del reparto del botín y que nada quedaría del poderío cretense, sino que la isla se hundiría en las ondas de las cuales había emergido junto con el monstruo.
Pensaba también en el Minotauro v no solamente con cólera, porque la muerte de Minea debió de ser dulce y no había tenido que huir delante del monstruo usando de todas sus fuerzas, sino que había perecido sin saber muy bien lo que ocurría. Pensaba en el Minotauro como en el solo hombre que sabía que su dios estaba muerto y que Creta iba a derrumbarse, y comprendía que el secreto era pesado de llevar. No, no alimentaba ningún odio contra el Minotauro, sino que iba canturreando y riéndome estúpidamente con Kaptah, que me sostenía, de manera que éste podía fácilmente explicar a la gente con quienes nos cruzábamos que estaba todavía ebrio a causa de haber esperado a Minea demasiado tiempo, lo cual era comprensible, puesto que era extranjero y no conocía bien las costumbres del país e ignoraba que no era decente mostrarse ebrio por la calle en pleno día. Kaptah acabó encontrando una litera y me llevó a la hostería, donde pude beber mucho vino a mis anchas y después me dormí larga y profundamente.
Al despertar me sentí de nuevo fresco y dispuesto a todo y alejado ya de todo el pasado, de manera que pensé en el Minotauro y me dije que podría ir a matarlo, pero pensé que aquello no me proporcionaría ni provecho ni placer. Hubiera podido revelar a la gente del pueblo que su dios estaba muerto, a fin de que prendiesen fuego a todo y corriese la sangre por la villa, pero tampoco aquello me hubiera procurado provecho ni goce. Verdad era que hablando así hubiese podido salvar la vida de todos los designados para entrar en la casa del dios, pero sabía que la verdad es un puñal desnudo en la mano de un niño y que se vuelve contra el que lo lleva.
Me decía que el dios de Creta no tenía nada que ver conmigo, puesto que no me devolvería a Minea y que los cangrejos y los camarones desnudarían sus delgados huesos que reposaban sobre la arena para toda la eternidad. Me decía que todo aquello había estado escrito en las estrellas desde mucho antes de mi nacimiento. Estos pensamientos me procuraban consuelo y así se lo dije a Kaptah, pero me contestó que debía de estar enfermo y necesitaba reposo, y no permitió que nadie fuese a verme.
En general estaba bastante descontento de Kaptah, que me llevaba constantemente comida a pesar de que no tenía apetito y hubiera preferido vino. Tenía una sed inextinguible que sólo el vino era capaz de calmar y me sentía más tranquilo cuando el vino me hacía ver las cosas dobles. Entonces me daba cuenta de que nada es como aparenta serlo, ya que un bebedor ve doble cuando ha bebido y lo cree verdad, pese a que sabe que no lo es. Esta era, a mi juicio, la esencia de todo saber, pero cuando trataba de explicárselo pacientemente a Kaptah no me escuchaba y mandándome acostar me hacía cerrar los ojos para calmarme. Sin embargo, me sentía tranquilo y calmado, como un pez muerto en un bocal y no quería tener los ojos cerrados, porque entonces veía cosas desagradables, como, en un agua estancada, los huesos humanos blanqueados de una cierta Minea a quien había conocido un día, mientras ejecutaba una danza complicada delante de una serpiente con la cabeza de toro. Por eso no quería tener los ojos cerrados y buscaba mi bastón para apalear a Kaptah, del que estaba asqueado. Pero él lo había escondido, así como el puñal tan precioso que había recibido como regalo del comandante de los guardas hititas del puerto, y no lo encontraba cuando quería ver manar la sangre de mis arterias.
Y Kaptah tuvo la osadía de negarse a llamar a mi casa al Minotauro, a pesar de mi insistencia, porque hubiera querido discutir con él, ya que me parecía el único hombre del mundo capaz de comprender mis profundos puntos de vista sobre los dioses, la verdad y la imaginación. Y Kaptah se negó también a traerme una cabeza de toro ensangrentada para poder discutir con ella sobre los toros, el mar y las danzas delante de los toros. Rechazaba incluso mis demandas más modestas, de manera que estaba seriamente irritado contra él.
Más tarde me di cuenta de que en aquel momento estaba enfermo y no trato siquiera de recordar mis pensamientos de entonces, porque el vino me debilitaba el espíritu y turbaba mi memoria. Pero creo, sin embargo, que el vino me salvó la razón y, con mi fe en los dioses y en la bondad humana, me ayudó a pasar el peor momento, una vez hube perdido a Minea.