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Y, entonces mis amigos los armadores me invitaron a sus casas y me ofrecieron vino y bizcochos de miel y me dijeron con aire embarazado:

– Sinuhé, tú eres nuestro médico, pero eres egipcio, y si bien comerciamos gustosos con Egipto, no dejamos de ver con desagrado a los egipcios instalarse en nuestro país, porque el pueblo gruñe y está abrumado por los impuestos que tiene que pagar al faraón. Ignoramos cómo ha comenzado la cosa, pero ha ocurrido, ya que dos egipcios han sido lapidados por las calles y su osamenta arrojada al río y se han lanzado animales muertos a sus templos y la gente no quiere mostrarse en público con un egipcio. Tú, Sinuhé, eres nuestro amigo y te respetamos mucho a causa de tus curaciones. Por esto queremos avisártelo, para que estés en guardia.

Estas palabras me causaron la más profunda estupefacción, pues antes de mi partida los sirios rivalizaban en su amistad por los egipcios y los invitaban a sus casas, y de la misma manera que en Tebas se imitaban las costumbres sirias, en Simyra se copiaban las modas de Egipto. Y, sin embargo, Kaptah confirmó estas declaraciones y muy excitado me dijo:

– Algún malvado diablo ha penetrado sin duda alguna por el ano a los simyrianos, porque se comportan como perros enloquecidos y fingen no hablar el egipcio, y me han arrojado de la taberna donde había entrado para refrescar mi garganta, que estaba seca como el polvo después de todas las pruebas pasadas por tu culpa, ¡oh mi dueño! Me han arrojado por la puerta cuando han comprobado que era egipcio y me han lanzado injurias y los chiquillos excrementos de asno. Por esto me he metido en otra taberna, porque verdaderamente mi garganta estaba seca como un saco de esparto y tenía muchas ganas de beber cerveza siria, que es fuerte, pero no dije una palabra, lo cual me fue muy difícil, como puedes imaginar, porque mi lengua es como un animal ágil que no puede permanecer quieto. En todo caso, sin decir palabra, metí mi paja en la jarra de cerveza y presté oído a lo que decían los demás bebedores. Decían que antaño Simyra era una ciudad libre que no pagaba impuestos y que no quieren que sus hijos sean desde su nacimiento esclavos del faraón. Las demás villas sirias han sido también libres; por lo tanto, habría que partir la cabeza a todos los egipcios y echarlos de Siria, y que esto es lo que tenían que hacer los amantes de la libertad que no quisieran ser esclavos del faraón. He aquí las estupideces que decían, y, sin embargo, todo el mundo sabe que Egipto ocupa Siria por el bien de ésta y que no saca de ella provecho alguno, sino que se limita a proteger a los sirios unos de otros, porque, abandonadas a sí mismas, las villas de Siria son como gatos monteses encerrados en un saco, y se querellan, se baten y se destrozan, de forma que la agricultura, la cría de ganado y el comercio van en decadencia. Esto lo saben todos los egipcios, pero los sirios hablaban de una alianza entre todas las ciudades de la Siria y se jactaban de su fuerza, y sus palabras acabaron asqueándome hasta el punto de que me eclipsé, mientras el dueño me volvía la espalda, sin pagar mi gasto.

No tuve necesidad de circular mucho tiempo por la ciudad para darme cuenta de la veracidad de las palabras de Kaptah. Cierto es que nadie me molestó, porque llevaba vestidos sirios, pero la gente que me conocía me volvía la cara y los egipcios iban escoltados por guardias. A pesar de esto los insultaban y les arrojaban frutas podridas y animales muertos. Pero yo no creía que fuese muy peligroso; los sirios estaban manifiestamente enfurecidos por los nuevos impuestos, pero esta excitación se desvanecería porque Siria sacaba de Egipto tanto provecho como ésta de ella y no creo que las ciudades costeras pudiesen subsistir mucho tiempo sin el trigo de Egipto.

Por esto hice instalar mi casa para recibir en ella a los enfermos, y curé a muchos, y muchos clientes volvieron, porque la enfermedad y el dolor no se informan acerca de la nacionalidad del médico, sino de su habilidad. Pero, aun así, a menudo mis clientes discutían conmigo y me decían:

– Tú, que eres egipcio, dime si no es injusto que Egipto nos exija impuestos y se aproveche de nosotros y engorde a costa nuestra como una sanguijuela. La guarnición egipcia en nuestra ciudad es una ofensa, porque nos bastamos para mantener el orden y defendernos contra nuestros enemigos. También es injusto que no podamos reconstruir nuestras murallas y reparar nuestras torres si no consentimos en soportar los gastos. Nuestras autoridades son aptas para gobernarnos sin que los egipcios intervengan en la coronación de nuestros príncipes y en nuestra jurisdicción. Por Baal, que sin los egipcios seríamos un pueblo próspero y feliz, pero los egipcios caen sobre nosotros como la langosta y vuestro faraón quiere imponernos un nuevo dios, de manera que perdamos el favor de los nuestros.

Yo no tenía muchas ganas de discutir con ellos, pero respondí, sin embargo:

– ¿Contra quién queréis construir murallas y torres sino contra Egipto? Es cierto que en los tiempos de mis padres y de los vuestros, vuestra ciudad era libre en sus murallas, pero vertíais sangre y os empobrecíais en unas guerras interminables con vuestros vecinos a quienes seguís detestando, y vuestros príncipes practicaban el arbitraje, de manera que ricos y pobres estaban sometidos a su capricho. Ahora los escudos y las lanzas de los egipcios os protegen de vuestros enemigos y la ley de Egipto garantiza los derechos de los pobres y los ricos.

Pero ellos se excitaban, sus ojos se inyectaban en sangre y con voz agitada decían:

– Las leyes de Egipto son puro estiércol y vuestros dioses una abominación. Si nuestros príncipes empleaban la injusticia y la violencia, cosa que no creemos porque es una mentira de los egipcios para hacernos olvidar nuestra libertad, eran, por lo menos, de los nuestros, y nuestro corazón nos dice que la injusticia en un país libre es preferible a la justicia en un país sometido.

Y yo les contestaba:

– No veo sobre vosotros las marcas de la esclavitud, al contrario, engordáis y os jactáis de enriqueceros por la estupidez de los egipcios. Pero si fueseis libres os robaríais los navíos y os cortaríais los árboles frutales y vuestras vidas no estarían seguras durante los viajes por el interior del país.

Pero se negaban a escucharme, me lanzaban su regalo y se marchaban diciendo:

– En el fondo de tu corazón eres egipcio, aunque lleves vestiduras sirias. Todo egipcio es un opresor y un malhechor, y no hay egipcio bueno más que cuando está muerto.

Por todas estas razones no me encontraba a gusto en Simyra y comencé a entrar en posesión de mis créditos y a preparar mi marcha, porque según mi promesa debía presentar mi informe a Horemheb. Tenía que regresar a Egipto. Pero no me daba prisa, porque mi corazón se sentía presa de un extraño temblor al pensar que bebería de nuevo agua del Nilo. El tiempo pasaba y los espíritus se calmaron un poco, porque una mañana se encontró en el puerto a un soldado egipcio degollado y la gente se asustó tanto que todo el mundo se encerró en su casa y se restableció la tranquilidad. Pero las autoridades no consiguieron descubrir al culpable y no ocurrió nada. De manera que los ciudadanos volvieron a abrir sus puertas y aumentó la aversión a los egipcios y la gente no cedía ya el paso a los egipcios, sino que eran ellos los que tenían que apartarse y circular armados.

Una tarde, mientras volvía del templo de Ishtar, al que iba algunas veces, como el hombre sediento que apaga su sed sin mirar en qué pozo bebe, encontré unos sirios cerca de las murallas y dijeron:

– ¿No es un egipcio? ¿Vamos a permitir a este circunciso acostarse con nuestras vírgenes y profanar nuestros templos?

Y yo les dije:

– Vuestra vírgenes, que con justicia podrían llamarse con otro nombre, no miran el aspecto ni la nacionalidad del hombre, sino que pesan su placer con el peso del oro de su bolsa, cosa que no les censuro, puesto que voy a divertirme con ellas y cuento hacerlo cada vez que me venga en gana.