Entonces se cubrieron el rostro con sus mantos y se arrojaron sobre mí, me derribaron y me golpearon la cabeza contra el suelo hasta el punto de que creí llegada mi última hora. Pero mientras me desvalijaban y me desnudaban para arrojar mi cuerpo al puerto, uno de ellos vio mi rostro y gritó:
– ¿No es acaso Sinuhé, el médico egipcio y amigo del rey Aziru?
Se detuvieron y yo les grité que los haría matar y arrojar sus cuerpos a los perros, porque me habían hecho daño y estaba tan furioso que no pensaba siquiera en tener miedo. Entonces me dejaron y me devolvieron mis ropas, y huyeron ocultándose el rostro y yo no comprendía por qué obraban así, pues no tenían nada que temer de las vanas amenazas de un hombre solo.
2
Algunos días más tarde un mensajero detuvo su caballo ante mi puerta, lo cual era un espectáculo raro, porque un egipcio no monta nunca a caballo y un sirio tan sólo en raras ocasiones, y únicamente los rudos bandoleros del desierto utilizan esta montura. Porque el caballo es un animal grande y violento que cocea y muerde si se trata de montarlo y hace caer al jinete, mientras un asno se acostumbra a todo. Incluso enganchado a un carro es un animal temible; sólo los soldados entrenados pueden dominarlo metiéndole los dedos en los agujeros de la nariz. Sea como fuere, un hombre a caballo se presentó ante la puerta de mi casa y el caballo estaba cubierto de espuma y la sangre manaba de su boca y se agitaba terriblemente. Por las ropas del hombre vi que venía de las montañas de los pastores y leí en su rostro que estaba muy inquieto.
Se precipitó tan bruscamente hacia mí que no tuvo apenas tiempo de tocarse la frente con la mano al inclinarse, y lleno de angustia me gritó: -Haz preparar tu litera, médico Sinuhé, y sígueme con urgencia, porque vengo del país de Amurrú y el rey Aziru me envía a buscarte. Su hijo está enfermo y nadie sabe lo que tiene; el rey está encolerizado como un león en el desierto y le rompe los miembros a todo el que se acerca a él. Toma tu caja de médico y sígueme de prisa; si no, te rebanaré el cuello con este puñal y tu cabeza rodará por la calle.
– Tu rey no haría nada con mi cabeza -le dije yo-, porque sin cabeza no puedo curar a nadie. Pero te perdono tus palabras impacientes y te seguiré. No a causa de tus amenazas, que no me causan ningún temor, sino porque el rey Aziru es mi amigo y quiero ayudarlo.
Mandé a Kaptah a buscar una litera y seguí al mensajero, y mi espíritu se alegraba, porque estaba tan solitario que sería para mí un placer encontrar incluso a un hombre tan simple como Aziru, a quien había dorado los dientes. Pero cesé de gozar cuando llegamos al pie de una montaña y me instalaron con mi caja de médico en un carro de guerra y unos caballos salvajes nos llevaron por entre las rocas y las montañas; de manera que yo esperaba romperme los miembros a cada instante y lanzaba unos aullidos de miedo a mi guía, que se quedaba atrás con su caballo reventado, y yo esperaba a cada momento que se rompiera la nuca.
Detrás de las montañas me arrojaron con mi caja en otro carro con los caballos frescos y yo no sabía ya si estaba de pie o cabeza abajo y no me cansaba de gritar al conductor: «¡Bandido, canalla, granuja!», y de darle puñetazos en la espalda en cuanto el camino era llano y me atrevía a soltar una mano del borde del carro. Pero al hombre no le inquietaba nada de esto, tiraba de las riendas y hacía restallar el látigo, de manera que el carro saltaba por las piedras y yo temía que las ruedas se soltasen.
De esta manera, el viaje no fue largo y antes de la puesta del sol llegamos a la villa rodeada de murallas muy nuevas. Soldados armados velaban en ellas, pero la puerta se abrió ante nosotros y atravesamos la villa en medio del rebuzno de los asnos, los gritos de las mujeres y los chillidos de los chiquillos, derribando las cestas de frutas y rompiendo innumerables jarras de vino, porque el conductor no miraba por dónde pasaba. Pero cuando me bajaron del carro no podía caminar, me tambaleaba como un hombre ebrio, y los guardias me llevaron al palacio de Aziru sosteniéndome por debajo de los brazos mientras los esclavos corrían con mi caja. Apenas llegado al vestíbulo, que estaba lleno de armaduras y escudos, de plumas y de colas de león en las puntas de las lanzas, vi a Aziru precipitarse hacia mí aullando como un elefante herido. Había desgarrado sus vestiduras y lacerado su rostro con las uñas.
– ¿Por qué habéis tardado tanto, bandidos, canallas, babosas? -rugió, mesándose la barba rizada, de manera que los lazos dorados que la adornaban volaron por el aire como relámpagos.
Golpeó con el puño a los conductores que me sostenían y bramó como una fiera:
– ¿Por dónde habéis rondado, malos servidores, mientras mi hijo se muere?
Pero los conductores se defendieron diciendo:
– Hemos corrido tanto que muchos de los caballos están reventados y hemos cruzado las montañas más aprisa que los pájaros. Todo el mérito es de este médico, pues ardía en deseos de llegar para curar a tu hijo, y nos animaba con sus gritos cuando estábamos cansados y nos daba puñetazos cuando la velocidad disminuía, lo cual es increíble por parte de un egipcio; jamás, puedes creernos, se ha venido tan de prisa desde Simyra a Amurrú. Entonces Aziru me abrazó efusivamente y, llorando, dijo:
– Sanarás a mi hijo, lo curarás y cuanto poseo es tuyo.
Pero yo le dije:
– Permíteme primero ver a tu hijo, para saber si puedo curarlo.
Me llevó rápidamente a una gran habitación donde una estufa despedía un fuerte calor, a pesar de que estábamos en verano. En medio había una cuna en la cual lloraba un niño de apenas un año, envuelto en telas de lana. Lloraba con tanta fuerza que tenía el rostro violáceo y el sudor brotaba de su frente, y tenía la espesa cabellera negra de su padre, pese a ser tan pequeño. Lo examiné y vi que no tenía nada grave, pues si hubiese estado a punto de morir no hubiera chillado tan fuerte. Miré a mi alrededor y vi, echada al lado de la cuna, a Keftiú, la mujer que había regalado a Aziru, y estaba más gorda y más blanca que nunca, y sus carnes abundantes temblaban mientras en su dolor golpeaba el suelo con su frente, gimiendo. En todos los rincones de la habitación, esclavas y nodrizas gemían también, y estaban cubiertas de golpes y chichones, tanto las había apaleado Aziru en su impotencia para curar a su hijo.
– Nada temas, Aziru -le dije-. Tu hijo no morirá, pero deseo lavarme antes de auscultarlo, y llevaos esta maldita estufa porque aquí se ahoga uno. Entonces Keftiú levantó bruscamente la cabeza, y asustada, dijo:
– El niño tendrá frío. -Después me miró largamente y me sonrió; se levantó para reparar el desorden de sus cabellos y sus ropas, y me sonrió de nuevo, diciéndome-: Sinuhé, ¿eres tú?
Pero Aziru se retorcía las manos y gritaba:
– Mi hijo no come, vomita todo lo que toma, su cuerpo está ardiendo desde hace tres días y llora continuamente, de manera que mi corazón se parte al oírlo llorar así.
Le pedí que despidiese a las nodrizas y las esclavas, y me obedeció, olvidando su dignidad real. Después de haberme lavado, desnudé al chiquillo y le quité todas aquellas telas de lana y mandé abrir la ventana para renovar el aire. El chiquillo se calmó en el acto y comenzó a remover sus regordetas piernas. Le toqué la barriga y el cuerpo, y después, al ser asaltado por una duda, le metí el dedo en la boca y vi que había adivinado. El primer diente había atravesado la encía como una perla blanca.
Entonces dije vivamente:
– Aziru, Aziru… ¿Para esta insignificancia has traído aquí con tus caballos salvajes al mejor médico de toda Siria? Porque sin jactancia puedo decir que he aprendido muchas cosas durante mis viajes por los diferentes países. Tu hijo no corre peligro alguno, pero es tan impaciente y rabioso como su padre y quizá tenga un poco de fiebre, pero desaparecerá y, si ha vomitado, ha obrado muy cuerdamente, porque lo habéis atracado demasiado de leche grasa. Keftiú debe desmamarlo sin tardar, porque, si no, en breve le va a morder los pezones, lo cual, imagino, no te causaría ningún placer, pues supongo que quieres gozar todavía de tu mujer. Debes saber, pues, que tu hijo no ha hecho más que berrear de impaciencia esperando su primer diente, y si no me crees míralo tú mismo.