Pero Aziru se limitó a sonreír y dijo:
– Creo no tener que temer nada del faraón, porque he aceptado de su mano la cruz de vida y elevado un templo a su dios. Por esto tiene plena confianza en mí; mucha más que en ninguno de sus enviados y comandantes de guarnición que creen todavía en Amón. Voy a enseñarte algo que te divertirá.
Me llevó cerca de un muro y me mostró un cuerpo colgado cabeza abajo sobre el que pululaban las moscas.
– Si te fijas bien, verás que este hombre está circunciso y es un egipcio. Era incluso un recaudador del faraón y tuvo la osadía de venir a mi palacio a preguntarme por qué mi tribu llevaba un retraso de algunos años. Mis soldados se divirtieron mucho con él antes de colgarlo por su desfachatez. Con este acto he conseguido que en adelante los egipcios se abstengan de atravesar mi país y los mercaderes prefieren pagarme los derechos a mí y no a ellos. Comprenderás lo que esto quiere decir cuanto te diga que Megiddo está en mi poder y me obedece a mí y no a su guarnición egipcia, que se oculta en el fuerte y no se atreve a mostrarse por las calles.
– Que la sangre de este desgraciado caiga sobre tu cabeza -dije yo, asustado-. Tu castigo será terrible, porque en Egipto se puede bromear con todo menos con los recaudadores del faraón.
– He expuesto simplemente la verdad, sobre este muro -dijo Aziru con satisfacción-. Naturalmente, el asunto fue objeto de largas investigaciones y he accedido con gusto a redactar cartas y tablillas, y he recibido también un gran número, que conservo cuidadosamente numeradas en mis archivos a fin de poder hacer referencia a ellas al escribir nuevas epístolas, hasta que pueda edificar con ellas un baluarte para protegerme. Por el Baal de Amurrú, he conseguido ya embrollar el asunto hasta un punto que el gobernador de Megiddo maldice el día de su nacimiento desde que lo asedio a tablillas para que me dé satisfacción del agravio infligido por el recaudador. Con la ayuda de numerosos testigos he conseguido probar también que este hombre era un asesino, un ladrón y un prevaricador. He probado que violaba las mujeres en los pueblos, blasfemaba sobre los dioses de Siria y había profanado el altar de Atón en mi propia ciudad, lo cual bastará para ganar la decisión del rey. ¿Comprendes, Sinuhé? La justicia y la ley escritas sobre las tablillas de arcilla son lentas y peliagudas y los asuntos se complican a medida que las tablillas de arcilla se amontonan delante de los jueces, y al final ni el mismo diablo llegaría a desenmarañar las cosas y descubrir la verdad. En esta materia soy más fuerte que los egipcios y pronto seré también más fuerte que ellos en otros aspectos.
Pero cuanto más me hablaba más pensaba en Horemheb, porque estos dos hombres se parecían y eran soldados natos. Aziru tenía más años y estaba más corrompido por la política siria. No le creía capaz de gobernar grandes pueblos y me decía que sus proyectos databan de los tiempos de su padre, cuando Siria era un palpitante nido de serpientes mientras los reyezuelos se disputaban el poder y se asesinaban, antes de que Egipto hubiese pacificado el país y dado a los hijos de los reyes una buena educación en la mansión dorada del faraón para civilizarlos. Traté también de exponerle que no tenía una idea del poderío de Egipto ni de sus riquezas, y lo puse en guardia contra un exceso de confianza, porque un saco puede llenarse de aire, pero si se le hace un agujero, se deshincha y pierde su grosor. Pero Aziru se rió mostrando sus dientes dorados y, para hacer ostentación de sus riquezas, me hizo servir cordero asado en fuentes de plata.
Su cuarto de trabajo estaba en efecto lleno de tablillas de arcilla, y los mensajeros le llevaban cartas de todos los rincones de Siria. Recibía también mensajes de los reyes hititas y de Babilonia, pero no me permitió leerlas, lo cual no le impidió jactarse de ellas. Me interrogó sobre el país de los hititas y Khatushash, pero comprobé que sabía tanto como yo. Los enviados hititas iban a verle y conversaban con sus jefes y sus soldados y, viendo todo aquello, le dije:
– El león y el chacal pueden perfectamente entenderse para cazar a medias, pero, ¿has visto alguna vez al chacal recibir los mejores pedazos del botín?
Se rió mostrando sus dientes de oro y dijo:
– Tengo como tú un vivo deseo de instruirme, pero no he podido viajar como tú, que no tienes preocupaciones administrativas y eres libre como el pájaro. No hay mal alguno en que los oficiales hititas enseñen a mis jefes el arte militar, porque tienen armas nuevas y una gran experiencia. No puede ser más que útil para el faraón, porque si estalla una nueva guerra, Siria será de nuevo el escudo de Egipto por el Norte y este escudo se ha visto más de una vez ensangrentado, de lo cual nos acordaremos cuando llegue el momento de ajustar cuentas entre Siria y Egipto.
Mientras me hablaba de la guerra yo pensaba otra vez en Horemheb y le dije:
– Hace ya tiempo que abuso de tu hospitalidad y desearía regresar a Simyra, si pones a mi disposición una litera, porque no volveré a subir jamás a estos terribles carros de guerra. Pero Simyra no me gusta y he chupado ya quizá demasiado la sangre de esta pobre Siria, de manera que me propongo regresar a Egipto a la primera ocasión. Por esto quizás estaremos mucho tiempo sin vernos, porque el recuerdo del sabor del agua del Nilo me es delicioso a la boca y me contentaré con beberla durante el resto de mis días, después de haber visto mucho mal en este mundo y haber recibido de ti también una lección.
Y Aziru dijo:
– Del mañana nadie está seguro y en la piedra que rueda no se cría musgo; la inquietud que brilla en tus ojos te impedirá permanecer mucho tiempo en ninguna parte. Pero elige una mujer, la que quieras en mi país, te haré construir una casa en la villa y no tendrás que arrepentirte de haber practicado la medicina aquí.
Bromeando, le dije:
– El país de Amurrú es el más inicuo y odioso de la tierra, su Baal es un horror y sus mujeres apestan a cabra. Por esto siembro el odio entre Amurrú y yo, y trepanaré a quien dijere bien de él y haré además muchas otras cosas que no puedo enumerar aquí, porque no me acuerdo de ellas, pero cuento con escribir, sobre tablillas numeradas que has violado a mi mujer y robado los bueyes que jamás he poseído, y que te has entregado a la magia, a fin de que te cuelguen cabeza abajo, y saquearé tu casa y me llevaré tu oro para comprar cien veces cien jarras de vino a fin de beber a tu salud. El palacio resonó bajo sus carcajadas, y sus dientes de oro brillaban entre su barba rizada. Bajo este aspecto acude a mi mente durante los malos días, pero nos separamos amigos, y me dio una litera y numerosos regalos, y sus soldados me escoltaron hasta Simyra para evitarme todo incidente en el curso del camino.
Cerca de la puerta de Simyra una golondrina pasó veloz sobre mi cabeza y mi espíritu se inquietó, y la calle me abrasaba los pies. Por esto en cuanto hube llegado le dije a Kaptah:
– Vende esta casa y prepara nuestros equipajes, porque nos vamos a Egipto.
3
No me extenderé mucho sobre nuestro viaje de regreso porque fue como una sombra o un sueño de inquietud. Una vez a bordo para regresar al país de las tierras negras y volver a Tebas, la villa de mi infancia, fui presa de una impaciencia tan febril que no podía permanecer quieto, sino que me paseaba por cubierta, dando vueltas alrededor de los equipajes y mercancías, perseguido por el dolor de Siria, esperando cada día con mayor impaciencia ver, en lugar de las riberas montañosas, las verdes llanuras orladas por los cañaverales. Durante las largas escalas en las villas costeras no tuve la paciencia de estudiarlas ni de recoger informaciones.
La primavera renacía en los valles sirios, y las montañas, vistas desde el mar, se enrojecían como las viñas, y por la tarde la primavera pintaba de verde pálido el agua espumosa de las riberas; los sacerdotes de Baal aullaban en los callejones estrechos, arañándose el rostro, y las mujeres de ojos centelleantes y cabelleras sueltas tiraban de las carretas de madera detrás de los sacerdotes. Pero estos espectáculos me eran familiares, y las costumbres groseras y aquella excitación brutal me repugnaban ahora que veía ya cercana a mi patria. Creía mi corazón endurecido, acostumbrado a todas las creencias y costumbres, creía comprender a la gente, fuese cual fuere su color, sin menospreciar a nadie, porque mi sola intención era adquirir saber, pero el mero pensamiento de estar en camino hacia las tierras negras desvanecía esta indiferencia. Como unas vestiduras extranjeras, los pensamientos extranjeros caíanse de mi espíritu y era de nuevo, de todo corazón, un egipcio, y me impacientaba por sentir otra vez el olor a pescado frito de las calles de Tebas a la caída de la tarde, cuando las mujeres encienden los fuegos delante de sus cabañas de tierra amasada; aspiraba el sabor del vino egipcio en mi lengua y del agua del Nilo con su aroma de barro fértil. Quería oír susurrar los papiros bajo el viento primaveral, ver de nuevo el loto florecer en el borde del río, admirar las columnas policromadas con sus imágenes eternas y los jeroglíficos de los templos mientras el humo del incienso subía por entre los pilares. Tal era la locura de mi corazón.