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Escupió de despecho y pisó el escupitajo con su pie endurecido. Era un sardo muy triste y me dio lástima, porque comprendía que el faraón había abandonado a sus soldados y licenciado sus tropas reclutadas con grandes gastos por su padre. Esto me recordó al viejo Ptahor, y para saber dónde vivía me armé de valor y me fui al templo de Amón a preguntar su dirección en la Casa de la Vida. Pero el registrador me dijo que el viejo trepanador había muerto hacía tiempo y estaba enterrado hacía ya dos años en la Villa de los Muertos. Así fue como me encontré sin un solo amigo en Tebas.

Puesto que estaba en el templo penetré en la gran sala de las columnas y reconocí la sombra sagrada de Amón, y el olor del incienso cerca de los pilares policromados cubiertos de inscripciones sagradas, y las golondrinas iban y venían por los altos ventanales de cruceros de piedra. Pero el templo estaba vacío, el patio vacío, y en las innumerables tiendas y talleres no reinaba ya la antigua animación. Los sacerdotes, vestidos de blanco, con sus cabezas afeitadas y relucientes de aceite, me dirigían miradas inquietas, y la gente del patio hablaba en voz baja y miraba a su alrededor con recelo. Yo no tenía ningún amor a Amón, pero una extraña melancolía se apoderó de mi corazón, como cuando se evoca la juventud desaparecida para siempre, haya esta juventud sido feliz o penosa.

Pasando por entre las estatuas gigantes de los faraones, me di cuenta de que cerca del gran templo había sido erigido otro santuario de forma extraña, grande como no había visto ninguno. No estaba rodeado de muros y, al penetrar en él, vi que las columnas circundaban un patio abierto sobre los altares en el cual se acumulaban, a guisa de ofrendas, trigo, flores y frutos. Sobre un gran bajorrelieve, un disco de Atón extendía sus innumerables rayos sobre el faraón sacrificando, y cada rayo terminaba en una mano bendiciendo y cada mano tenía una cruz de la vida. Los sacerdotes vestidos de blanco no se habían afeitado el cráneo y eran todos jóvenes, y su rostro delataba el éxtasis mientras cantaban un himno sagrado cuyas palabras recordé haber oído en Jerusalén y Siria. Pero lo que me impresionó más que los sacerdotes y las imágenes fueron cuarenta enormes pilares, desde los cuales una estatua del nuevo faraón, esculpida en un tamaño mayor que el natural, con los brazos cruzados sobre el pecho y sosteniendo el cetro y el látigo real, miraba fijamente a los espectadores.

Estas esculturas representaban al faraón, estaba seguro, porque reconocía su rostro espantoso de pasión y aquel cuerpo frágil con las caderas anchas y sus brazos y piernas delgados. Un estremecimiento recorrió mi espalda

pensando en el escultor que se había atrevido a esculpir aquellas estatuas, porque si mi amigo Thotmés había soñado un día en el arte libre, hubiera visto aquí un ejemplo bajo una forma terrible y caricaturesca. En efecto, el escultor había subrayado contra la lógica los defectos del cuerpo del faraón, sus muslos hinchados, sus tobillos delgados y su cuello flaco, como si poseyesen un sentido divino y secreto. Pero lo más terrible de todo era el rostro del faraón, aquel rostro espantosamente alargado con sus ángulos agudos y sus pómulos salientes, la sonrisa misteriosa del soñador y del cínico circundando sus labios protuberantes. A cada lado del pilón del templo de Amón, los faraones se erguían majestuosos y parecidos a dioses en sus estatuas de piedra. Aquí, un hombre rechoncho y raquítico contemplaba desde lo alto de cuarenta pilares los altares de Atón. Era un ser humano que veía más lejos que los otros, y una tensión apasionada, una ironía exótica trascendía de su ser esculpido en la piedra.

Viendo aquellas estatuas, todo mi ser se estremecía, y temblaba, porque por primera vez veía a Amenhotep IV tal como probablemente se veía él mismo. Yo lo había conocido una vez, en su juventud, enfermo, débil, atormentado por el gran mal, y en mi cordura demasiado precoz lo había observado con los ojos fríos del médico, no viendo en sus palabras más que divagaciones de enfermo. Ahora lo veía tal como lo había visto el artista amándolo y detestándolo a la vez, un artista como no había existido todavía ninguno en Egipto, porque si alguien antes que él se hubiese atrevido a esculpir del faraón una imagen parecida, hubiese sido muerto y colgado de los muros por blasfemo.

No había tampoco mucha gente en este templo. Algunos hombres y mujeres eran manifiestamente cortesanos y grandes a juzgar por el lino real de sus vestidos, sus pesados collares y sus joyas de oro. La gente ordinaria escuchaba el canto de los sacerdotes y su rostro expresaba una incomprensión total, porque los sacerdotes cantaban himnos nuevos cuyo sentido era difícil de comprender. No era como los antiguos textos que datan de la época de las pirámides, hace cosa de dos mil años, y a los cuales el oído piadoso está acostumbrado desde la infancia, de manera que se comprenden con el corazón aun sin entender el sentido, si es que en realidad tiene uno todavía, desde el tiempo en que han sido modificados y falsamente reproducidos en el transcurso de varias generaciones.

Sea como fuere, un anciano, a quien juzgué campesino por su vestido, fue a hablar respetuosamente con los sacerdotes y les pidió un talismán apropiado a un ojo protector, o algún texto secreto, si es que los vendían a un precio razonable. Los sacerdotes le respondieron que en este templo no vendían nada, porque Atón no tenía necesidad de textos mágicos ni talismanes, sino que se acercaba a todo aquel que creía en él, sin ofrendas ni sacrificios. Ante estas palabras el anciano se enojó y, alejándose refunfuñando contra las falsas doctrinas, se dirigió directamente al antiguo templo de Amón.

Una pescadera vieja se acercó a los sacerdotes y, mirándolos con ojos llenos de devoción, dijo:

– ¿Es que nadie sacrifica aquí a Atón bueyes o carneros a fin de que tengáis un poco de carne que comer, puesto que estáis tan delgados, mis pobres muchachos? Si vuestro dios es poderoso y fuerte como dicen, e incluso más poderoso que Amón, pese a que yo no lo crea, sus sacerdotes deberían engordar y resplandecer de obesidad. No soy más que una vulgar mujer, pero os deseo de todo corazón mucha carne y buena grasa.

Los sacerdotes se rieron y bromearon entre ellos como chiquillos que se divierten, pero el más viejo recobró pronto la serenidad y le dijo a la mujer:

– Atón no quiere ofrendas sangrientas, y no debes hablar de Amón en su templo, porque Amón es un falso dios y pronto su trono se derrumbará y su templo será destruido.

La mujer se retiró precipitadamente y escupió en el suelo haciendo los signos sagrados de Amón y dijo:

– Tú eres quien lo ha dicho y no yo, y la maldición caerá sobre tu cabeza. Salió rápidamente seguida de otras personas que lanzaban miradas inquietas a los sacerdotes. Pero éstos se reían ruidosamente, gritándoles: -¡Huid, seres de poca fe, pero Amón es un falso dios! Amón es un falso dios y su poderío se abatirá como la hierba bajo la hoz.

Entonces, uno de los hombres cogió una piedra y la arrojó contra los sacerdotes y uno de ellos fue herido en el rostro y comenzó a gemir y sus colegas llamaron en seguida a los guardias, pero el hombre se había eclipsado ya en medio de la muchedumbre delante del pilón del templo de Amón.

Este incidente me dio a reflexionar y, acercándome a los sacerdotes, les dije:

– Soy egipcio, pero he vivido mucho tiempo en Siria y no conozco a este dios a quien llamáis Atón. ¿Tendríais la bondad de disipar mi ignorancia y explicarme quién es, lo que pide y cómo se le adora?

Vacilaron buscando en vano la ironía en mi expresión y uno de ellos dijo:

– Atón es el solo dios verdadero. Ha creado la Tierra y el río y los hombres y los animales y todo lo que existe y se mueve. Ha existido siempre y los hombres lo han adorado como Ra en sus antiguas manifestaciones, pero en nuestros tiempos se ha aparecido bajo la forma de Atón al faraón, que es su hijo y vive solamente de la verdad. Desde entonces es el único dios y todos los demás son dioses falsos. No rechaza a nadie que acuda a él y los ricos y los pobres son para él iguales, y cada mañana lo saludamos en el disco del sol, que con sus rayos bendice tanto a la Tierra como a los buenos y a los malos, tendiendo a cada cual la cruz de vida. Si la tomas, eres su servidor, porque su ser es todo amor, y es eterno e imperecedero, y está presente en todas las partes, de forma que nada ocurre sin su voluntad.