– Tengo todavía otro proyecto ventajoso que quisiera realizar por tu cuenta. Uno de los principales comercios de esclavos de la ciudad está en venta, y creo poder pretender saber todo cuanto pueda saberse en materia de esclavos, de manera que este comercio te enriquecería rápidamente. Sé cómo se ocultan los defectos y los vicios de los esclavos y sé manejar el bastón como es necesario, cosa que tú no sabes, ¡oh dueño mío!, si me permites que te lo diga, ahora que lo he ocultado. Pero estoy muy contrariado, porque creo que esta ocasión propicia se nos va a escapar y sin duda te negarás a ella, ¿verdad?
– Tienes toda la razón, Kaptah -le dije-. No seremos mercaderes de esclavos, porque es un oficio sucio y repugnante, si bien no sabría decir por qué, puesto que todo el mundo compra esclavos, emplea esclavos y tiene necesidad de esclavos. Así fue y así será siempre, pero yo no quiero ser mercader de esclavos y no quiero que lo seas tú.
Kaptah suspiró, y dijo:
– Así, ¡oh dueño mío!, conozco bien tu corazón y hemos evitado una desgracia, porque, pensándolo bien, quizás hubiera prestado demasiada atención a las esclavas bonitas y malgastado mis fuerzas, cosa que no puedo hacer, porque comienzo a envejecer y mis miembros están anquilosados y mis manos tiemblan sobre todo por la mañana al despertar, antes de que haya tocado mi jarra de cerveza. Pues bien, me apresuro a decirte que todas las casas que he comprado en tu nombre son respetables, y la ganancia será modesta, pero segura. No he comprado ni una sola casa de placer ni ninguna callejuela de pobres que, con sus miserables covachas, producen, sin embargo, más que las sólidas casas de las familias acomodadas. Cierto es que he sabido sostener una dura batalla conmigo mismo para obrar así, porque, ¿por qué motivo no nos enriqueceríamos como los otros? Pero mi corazón me dice que no estarás de acuerdo y por esto he renunciado con pena a mis queridas esperanzas. Pero tengo todavía una petición que hacerte.
Kaptah perdió súbitamente su seguridad y me miró con su ojo único para asegurarse de mi benevolencia. Yo le vertí vino en la copa y lo animé a hablar, porque jamás hasta entonces lo había visto vacilar de aquella manera y aquello aguzaba mi curiosidad. Acabó diciendo:
– Mi petición es desvergonzada e impúdica, pero, puesto que me aseguras que soy libre, tengo la osadía de exponértela, esperando que no te enojarás por ello, si bien, para mayor seguridad, he escondido el bastón. Quisiera, en efecto, que me acompañases a esa taberna del puerto de la que tan a menudo te he hablado y que se llama «La Cola de Cocodrilo», a fin de que bebiésemos juntos una cola y vieses cómo es este sitio en el que soñaba con los ojos abiertos mientras bebía la cerveza espesa de Siria y Babilonia.
Me eché a reír y no me enojé, porque el vino me enternecía. El crepúsculo era melancólico y me sentía muy solo. Aunque fuese inaudito y estuviese por debajo de mi dignidad salir con mi servidor para ir a beber a un tugurio del puerto una bebida llamada cola de cocodrilo a causa de su fuerza, recordé que un día Kaptah me había acompañado por su propia voluntad a la mansión tenebrosa sabiendo que nadie había salido vivo de ella. Por esto le toqué el hombro y le dije:
– Mi corazón me dice que en este instante preciso una cola de cocodrilo; es lo que necesitamos para terminar la jornada. Vamos.
Kaptah bailó de gozo a la manera de los esclavos, olvidando su anquilosamiento. Me entregó mi bastón y me puso mi manto. Después nos fuimos al puerto y entramos en «La Cola de Cocodrilo», donde llevaba el viento el olor de la madera de cedro y de las tierras fértiles.
6
La taberna de «La Cola de Cocodrilo» estaba situada en el centro del barrio portuario, en un callejón tranquilo, como aplastada entre los grandes almacenes. Era de ladrillo y los muros eran muy gruesos, de manera que en verano era fresca y en invierno conservaba el calor. Encima de la puerta se balanceaba, además de un jarra para vino y otra para cerveza, un gran cocodrilo disecado con los ojos de cristal y cuyas fauces abiertas mostraban varias hileras de dientes. Kaptah me hizo entrar, llamó al patrón y nos ofreció unos asientos tapizados. Era conocido en la casa y se comportaba en ella como si fuera la suya, de manera que los demás clientes se calmaron y reanudaron sus conversaciones después de haberme dirigido miradas suspicaces. Observé con sorpresa que el suelo era de madera y los muros estaban revestidos de planchas y adornados con recuerdos de lejanos países, lanzas de negros y morriones de plumas, conchas de las islas del mar y ánforas cretenses pintadas, Kaptah observaba entusiasmado mis miradas y dijo:
– Te extrañas, sin duda, de que las paredes estén revestidas de madera como en las casas de los ricos. Debes, pues, saber que cada plancha procede de un viejo navío desguazado y aun cuando no evoco con placer mis viajes por mar, debo mencionar que esta plancha amarilla, roída por el agua, navegó un día hacia la tierra de Punt y que esta plancha parda rozó un tiempo los muelles de las islas del mar. Pero, si lo permites, vamos a tomar una cola que el patrón ha preparado con sus propias manos.
Me entregaron una bella copa en forma de concha que se sostenía en la palma de la mano, pero mi intención fue acaparada por la mujer que me la entregaba. No era ya muy joven como las sirvientas habituales de las tabernas, y no se paseaba medio desnuda para seducir a los clientes sino que iba decentemente vestida y llevaba unos anillos de plata en las orejas y unos brazaletes en sus finas muñecas. Respondió a mi mirada y la sostuvo sin descaro a la manera de las mujeres, sin apartar los ojos. Sus cejas eran delgadas y sus ojos expresaban una melancolía sonriente. Eran de un castaño cálido, vivo, y su mirada calentaba el corazón. Tomé la copa de sus manos y Kaptah recibió una también, y sin reflexionar pregunté a la sirvienta:
– ¿Qué nombre es el tuyo, bella mujer? Y en voz baja ella me respondió:
– Mi nombre es Merit y no se me llama bella mujer como hacen los muchachos tímidos para proporcionarse el valor de tocar por primera vez los flancos de una sirvienta. Espero que lo recordarás si quieres hacernos el favor de renovar tu visita, Sinuhé, tú que eres solitario.
Me sentí ofendido y le dije:
– No tengo el menor deseo de tocarte las caderas, bella Merit, pero, ¿cómo sabes mi nombre?
Sonrió, y su sonrisa era bella en su rostro moreno y terso mientras me decía con tono malicioso:
– Tu reputación te ha precedido, Hijo de Onagro, y viéndote sé que tu reputación no es exagerada y que es justo todo lo que dice de ti la fama.
En el fondo de sus ojos flotaba la tristeza y a través de su sonrisa mi corazón experimentó pena y no pude enojarme contra ella.
Dije.
– Si entiendes por fama a un tal Kaptah aquí presente, mi antiguo esclavo, de quien he hecho hoy un hombre libre, sabrás probablemente que no se puede uno fiar de sus palabras. En efecto, desde su nacimiento su lengua tiene el defecto innato de no saber distinguir la mentira de la verdad, pero ama a las dos por un igual y algunas veces más a la mentira que a la verdad. Es un defecto que no puede ser corregido ni por el arte de la medicina ni a bastonazos.
Y ella dijo:
– La mentira es a veces más deliciosa que la verdad cuando se es solitario y la primavera ha pasado. Por esto te creo cuando me llamas «bella Merit», y creo todo lo que tu rostro me cuenta. Pero debes probar la cola de cocodrilo que te he traído porque tengo curiosidad de saber si soporta la comparación con las maravillosas bebidas de los países donde has estado.
Sin apartar los ojos de ella, levanté la copa con la palma de la mano y bebí, pero dejé en el acto de mirarla, porque la sangre me afluyó a la cabeza y empecé a toser y mi garganta pareció quemada por el fuego. Cuando recuperé la respiración dije: