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– Verdaderamente, retiro todo lo que acabo de decir sobre Kaptah, porque sobre este punto no ha mentido. Tu bebida es verdaderamente más fuerte que ninguna de las que he probado y más ardiente que el petróleo que los babilonios queman en sus lámparas, y no dudo que derribe a un hombre sólido, como el coletazo de un cocodrilo.

Todo mi cuerpo parecía inflamado y mi boca ardiente conservaba un sabor de plantas y de bálsamo. Mi corazón tenía alas como una golondrina y le dije:

– Por Seth y todos los demonios, no puedo comprender cómo se mezcla esta bebida, y no sé si es ella o tu presencia lo que me encanta, Merit, porque el encanto corre por mis miembros y mi corazón se rejuvenece, y no extrañes si pongo mi mano en tu cadera porque será culpa de esta cola y no mía.

Retrocedió un poco levantando los brazos maliciosamente; era alta y esbelta, y me dijo, sonriendo:

– No debes blasfemar, porque ésta es una taberna decente y yo no soy vieja todavía, aun cuando tus ojos quizá no lo crean. En cuanto a esta bebida te diré que será la única dote que me dará mi padre, y por eso tu esclavo Kaptah me ha hecho una corte asidua para conocer la receta, pero es tuerto, obeso y viejo, y no creo que una mujer madura pueda experimentar ningún goce con él. Por esto ha tenido que comprar esta taberna con el oro y cuenta comprar también mi receta, pero tendrá que pesar mucho oro antes de que el negocio esté concluido.

Kaptah le dirigía enérgicos ademanes para hacerla callar, pero yo probé otra vez la copa y el fuego se derramó de nuevo por mi cuerpo y le dije: -Creo que Kaptah estaría dispuesto a romper una jarra contigo a cambio de esta receta, incluso sabiendo que inmediatamente después del matrimonio le arrojarás agua caliente a las piernas. Pero yo lo comprendo cuando te miro a los ojos, y acuérdate que ahora es la cola de cocodrilo la que habla por mi boca y que mañana no responderé quizá de mis palabras. Pero, ¿es verdad que Kaptah posee esta taberna?

– ¡Vete al diablo, maldita hembra! -dijo Kaptah, profiriendo en seguida una letanía de nombres de dioses que había aprendido en Siria-. ¡Oh dueño mío! -añadió, volviéndose humildemente hacia mí-, han sucedido las cosas demasiado pronto, porque quería prepararte paulatinamente y pedirte el consentimiento, puesto que eres todavía mi dueño. Es cierto que he comprado esta taberna a su dueño y quiero tratar de obtener esta receta de su hija, porque la cola de cocodrilo ha dado celebridad a este lugar a todo lo largo del río, y he pensado en ella cada día durante nuestra ausencia. Como sabes, durante estos años te he robado lo mejor que he sabido y por esto he tenido también dificultades en colocar mi dinero, porque debo pensar en los días de mi vejez. Desde mi infancia, la profesión de tabernero me pareció la más deseable de todas. Desde luego, en aquella época me decía que podría beber gratuitamente toda la cerveza que quisiera. Ahora sé que el dueño de una taberna debe beber moderadamente y no embriagarse jamás, lo cual me será muy bueno para la salud, porque el exceso de cerveza me hace a veces ver hipopótamos y monstruos espantosos. Pero un tabernero encuentra sin cesar gentes que le son útiles y se entera siempre de todo lo que ocurre, lo cual es para mí un gran placer, porque soy muy curioso. Mi lengua bien sujeta me es también muy útil en este oficio y creo que mis relatos sabrán seducir a mis clientes y los inducirán a beber sin asombrarse de nada, hasta el momento de la cuenta. Sí, pensándolo bien, creo que los dioses me habían destinado a esta profesión de tabernero y sólo por error nací esclavo. Pero me fue útil, porque no existe mentira, ardid o astucia para marcharse sin pagar que no conozca, por haberlo practicado. Sin jactancia, creo conocer a los hombres, y mi olfato me dice cuándo puedo dar a beber a crédito, lo cual es esencial para un tabernero porque la naturaleza humana es tan extraña que el hombre bebe a crédito sin preocupaciones, sin pensar en el vencimiento, mientras economiza mezquinamente su dinero cuando tiene que pagar al contado.

Kaptah vació su copa y se cogió la cabeza con las manos con una sonrisa melancólica y prosiguió:

– A mi juicio, el oficio de tabernero es también el más seguro de todos, porque la sed del hombre permanece inalterable pase lo que pase, y aunque se tambalease el poderío de los faraones, y los dioses se cayesen de sus tronos, las tabernas y las hosterías no estarían más vacías que antes. Porque el hombre bebe vino en su alegría y lo bebe en su tristeza; en el éxito alegra su corazón con el vino y en el fracaso lo consuela de igual modo; bebe cuando está enamorado y bebe cuando su mujer lo apalea. Acude al vino cuando los asuntos van mal; riega sus beneficios con el vino. Ni tan sólo la pobreza impide al hombre beber vino. Y lo mismo ocurre con la cerveza, si bien he hablado del vino porque es más poético y suscita la elocuencia, puesto que, cosa curiosa, los poetas no han compuesto todavía poemas en honor de la cerveza, lo cual no es justo, porque la cerveza puede también, en caso de necesidad, procurar una embriaguez y un dolor de cabeza todavía mejor. Pero no quiero importunarte con el elogio de la cerveza y vuelvo a mi asunto, y por esto he invertido en esta taberna mis economías de oro y plata. Verdaderamente, no imagino oficio más agradable, salvo el de prostituta, que no requiere gastos de instalación, ya que lleva su negocio en sí misma, y si es un poco cauta pasará su vejez en una casa propia, construida con la potencia de sus flancos. Pero perdóname que me extravíe de nuevo, porque no he podido acostumbrarme todavía a esta cola de cocodrilo que me suelta la lengua. Sí, esta taberna es mía, y el antiguo tabernero la regenta con la ayuda de la hechicera Merit y nos partimos los beneficios. Hemos firmado un contrato que hemos jurado respetar por los mil dioses de Egipto, de manera que no creo que me robe más de lo razonable, porque es un hombre piadoso que va a sacrificar a los templos, pero obra de esta forma porque tiene sacerdotes entre sus clientes, y son buenos parroquianos, porque se necesitan más de una o dos colas para tumbar a unos hombres que están acostumbrados a los vinos fuertes de sus viñedos y beben a cántaros. Por otra parte, es conveniente combinar los intereses comerciales con la práctica de la piedad; sí, diantre, no me acuerdo ya de lo que iba a decir, porque es para mí un gran día de júbilo, y me alegro sobre todo de que no estés enfadado conmigo y no me reproches nada y sigas considerándome como tu servidor, pese a que sea tabernero, oficio que algunos consideran deshonroso.

Después de este largo discurso Kaptah comenzó a gemir y lamentarse; escondió su rostro en mis rodillas, besándome, presa de una viva emoción y completamente ebrio. Yo lo levanté a la fuerza y dije:

– En verdad, creo que hubieras podido escoger un oficio más decente para acabar tus días; pero hay una cosa que no comprendo. Puesto que el patrón sabe que esta taberna es tan ventajosa y posee el secreto de la cola de cocodrilo, ¿por qué ha consentido en vendértela?

Kaptah me dirigió una mirada de reproche, y con los ojos llenos de lágrimas dijo:

– ¿No te he dicho mil veces que tienes el talento maravilloso de envenenar todas mis alegrías con tu corazón que es más amargo que el ajenjo? ¿Bastará que te diga como él que somos amigos de infancia y que nos queremos como hermanos y deseamos compartir nuestras alegrías y nuestros beneficios? Leo en tus ojos que esto no basta para ti, como no basta tampoco para mí, y por esto te confieso que en este negocio hay gato encerrado. Se habla de los grandes disturbios que saldrán de la lucha entre Amón y el dios del faraón y, como sabes muy bien, durante los alborotos las tabernas son las primeras en sufrir, y se hunden las puertas y se apalea a los dueños, arrojándolos al río, se vierten las jarras y se rompen los muebles, y algunas veces se incendia la casa después de haber vaciado las jarras. Esto es lo que ocurre con toda seguridad si el propietario no se ha inclinado hacia el lado mejor, y el patrón es un fiel de Amón y todo el mundo lo sabe, de manera que no puede cambiar de pellejo. Ha comenzado a desconfiar de Amón desde que sabe que se venden sus tierras, y yo he soplado sobre sus dudas; pese a que es un hombre que teme el porvenir, lo mismo puede resbalar pisando la mondadura de un fruto que recibir una teja en la cabeza, o ser aplastado por una carreta de bueyes. Olvidas, dueño mío, que tenemos nuestro escarabajo, y no dudo de que protegerá «La Cola de Cocodrilo», pese a que bastante trabajo tiene ya en velar sobre tus numerosos intereses. Reflexioné y acabé diciéndole: