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– Ocurra lo que ocurra, Kaptah, tengo que reconocer que has realizado muchas cosas en un día.

Pero él rechazó mi elogio y dijo:

– Olvidas, ¡oh dueño mío!, que desembarcamos ayer. Debo confesar que la hierba no ha crecido bajo mis pies y, por increíble que te parezca, mi lengua se encuentra cansada, porque una sola cola llega a paralizarme de este modo.

Nos levantamos para marcharnos y nos despedimos del patrón; Merit nos acompañó hasta la puerta, haciendo sonar los aros de sus muñecas y tobillos. En la oscuridad del vestíbulo le puse la mano en la cadera y la acerqué a mí, pero ella se escabulló rechazándome y dijo:

– Tu contacto podría serme agradable, pero no lo deseo, porque es la cola de cocodrilo la que se expresa por tus manos.

Levanté confuso las manos y vi que, en efecto, parecían patas de cocodrilo. Regresamos a casa y nos tendimos sobre las alfombrillas y dormimos profundamente toda la noche.

7

Así fue como comenzó mi vida en el barrio de los pobres, en la antigua casa del fundidor de cobre. Tuve muchos enfermos, como Kaptah lo había predicho, y perdía más que ganaba, pues para curar necesitaba medicarnentos caros y de nada servía curar a los hambrientos sin asegurarles después una sólida alimentación. Los regalos que recibía tenían escaso valor, pero me procuraban placer, y me alegraba oír que los pobres comenzaban a bendecir mi nombre. Cada noche un resplandor ardiente se encendía sobre Tebas, pero yo estaba agotado por el trabajo, e incluso de noche pensaba en las enfermedades de los pobres y pensaba también en Atón, el nuevo dios del faraón.

Kaptah tomó para nuestro cuidado una mujer vieja que estaba ya asqueada de la vida y de los hombres, lo cual se leía en su mirada. Pero sabía preparar una buena comida y era discreta y no se quejaba del olor de los pobres ni los rechazaba. Yo pronto me acostumbré a ella y su presencia era como una sombra que pasara inadvertida. Se llamaba Muti.

Así pasaban los meses mientras la inquietud aumentaba en Tebas y Horemheb no regresaba. El sol teñía de amarillo los patios y el verano estaba en su apogeo. Algunas veces deseaba cierto cambio y acompañaba a Kaptah a «La Cola de Cocodrilo» y bromeaba con Merit y la miraba a los ojos, pese a que me fuese extranjera todavía y mi corazón se angustiaba al contemplarla. Pero no tomaba ya la bebida fuerte que había dado el nombre a la taberna, sino que me contentaba con la cerveza fresca que quitaba la sed sin embriagar y daba ligereza al espíritu. Yo escuchaba las conversaciones de los clientes y no tardé en darme cuenta de que no todo el mundo era admitido en aquella taberna, sino que los clientes eran elegidos, y aun aquellos que habían acumulado una fortuna saqueando las tumbas o practicaban la usura, olvidaban en aquella taberna su profesión y se comportaban decentemente. Yo daba crédito a Kaptah cuando me decía que allí no se encontraban más que gentes que tenían necesidad unos de otros. Yo era la única excepción, porque nadie podía sacar provecho de mí y era forastero incluso allí, pero toleraban mi presencia porque era amigo de Kaptah.

Aprendí muchas cosas y oí hablar y bendecir al faraón, pero se burlaban de su nuevo dios. Una tarde llegó un tratante en incienso, que había desgarrado sus vestiduras y derramado ceniza sobre su cabeza. Había acudido a aligerar su dolor con una cola de cocodrilo y gritaba diciendo:

– En verdad que este falso faraón será maldito hasta la eternidad, porque este bastardo no se deja guiar y no hace más que lo que se le mete en la cabeza, arruinando mi honorable profesión. Hasta ahora yo ganaba sobre todo con los inciensos que venían del país de Punt, y estos viajes al mar oriental no eran peligrosos, porque cada verano se aparejaban navíos para esta expedición comercial y, al año siguiente, de diez navíos regresaban por lo menos dos y no traían más que una clepsidra de retraso y así yo podía calcular mis beneficios y mis inversiones. Pero, ¡esperad un poco! Cuando la flota iba a aparejar, el faraón pasó por el puerto. ¡Por Seth, que es cosa de preguntarse por qué mete la nariz en todas partes como una hiena! ¿No tiene acaso para eso escribas y consejeros encargados de velar para que todo vaya según la ley y la costumbre como hasta ahora? El faraón oyó a los marineros gritar a bordo y vio a sus mujeres y a sus hijos llorar en la ribera, arañándose el rostro como es costumbre, porque todo el mundo sabe que muchos son los que parten por mar y muy pocos los que regresan. Todo

esto, desde los tiempos de la gran reina, forma parte de la marcha de los navíos hacia el país de Punt; pero imaginaos lo que ocurrió. Este chiquillo, este maldito faraón, prohibió a la flota hacerse a la mar y dio orden de no armar más navíos destinados al país de Punt. ¡Por Amón! Todo comerciante sabe lo que esto significa: es la ruina y la quiebra de innumerables personas, es el hambre y la pobreza para las familias de los marinos. ¡Por Seth, que nadie se hace a la mar si no lo ha merecido por sus delitos, y se le condena a prestar servicio en el mar en presencia de los jueces y según las pruebas legales! Pensad también en las cantidades invertidas sobre navíos y almacenes, sobre las perlas de cristal y las jarras de arcilla. Pensad en los comerciantes egipcios condenados a permanecer eternamente en las cabañas de paja de Punt, abandonados a sus dioses. Mi corazón sangra al pensar en ellos y en sus mujeres desesperadas y en los chiquillos que no volverán a ver jamás a sus padres, si bien muchos de estos padres han fundado ya nuevos hogares, y engendrado otros chiquillos de piel manchada, por lo que dicen.

Sólo después de la tercera cola el comerciante se calmó y se calló, excusándose por haber pronunciado palabras ultrajantes para el faraón en el paroxismo de su dolor.

– Pero -dijo- yo creía que la reina Tii, que es una mujer sagaz y hábil, sabría guiar a su hijo; tenía al sacerdote Ai por un hombre avisado, pero no quieren más que derribar a Amón y dejan al faraón realizar sus caprichos insensatos. ¡Pobre Amón! Un hombre suele volver a menudo a la razón después de haber roto una jarra con una mujer, pero Nefertiti, la gran esposa real, no piensa más que en sus trajes y en sus modas lascivas. No me creeréis probablemente, pero actualmente las mujeres de la Corte se pintan las ojeras con verde malaquita y llevan trajes abiertos hasta abajo, descubriendo el ombligo.

Kaptah intervino:

– No he visto esta moda en ninguna parte, pese a que he observado muchas extravagancias en las costumbres femeninas. Pero ¿estás bien seguro de que las mujeres se pasean con las partes íntimas descubiertas y la reina también?

El mercader de incienso se ofendió y dijo:

– Soy un hombre piadoso y tengo mujer e hijos. Por esto no he bajado la vista más allá del ombligo ni te aconsejaría que cometieses un acto tan indelicado.

Merit tomó la palabra y en tono irónico dijo:

– Es tu boca quien es desvergonzada y no esta moda estival, que es muy agradable y pone en evidencia la belleza de la mujer a condición de que tenga el vientre bonito y bien formado y que una comadrona inexperta no le haya estropeado el ombligo. Hubieras podido perfectamente bajar más la vista, porque en el lugar idóneo se encuentra una delgada tira de fino lino de manera que el ojo más piadoso no tiene de qué escandalizarse, si se observa el cuidado de hacerse depilar cuidadosamente, como conviene a toda mujer que se respete