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– Limpia tus instrumentos, ¡oh dueño mío! -me dijo Kaptah-, porque, si no me equivoco, tendrás antes de la noche mucho trabajo y podrás incluso hacer trepanaciones.

Pero nada especial ocurrió durante la tarde. Solo algunos negros ebrios saquearon algunas tiendas y violaron algunas mujeres, pero los guardias los detuvieron y los apalearon en público, lo cual no devolvió la sonrisa ni a los mercaderes robados ni a las mujeres violadas. Me entere de que Horemheb había llegado también Por el río y me dirigí al Puerto para tratar de verlo. Con gran sorpresa por mi parte, al oír mi demanda, los guardias me anunciaron y me hicieron subir a bordo. Observe con curiosidad aquel barco de guerra, porque era el primero que veía de su especie, pero solo el armamento y la numerosa tripulación lo distinguía de los demás navíos, porque un navío mercante puede tener también dorados en la proa y velas de color.

Así fue como volví a ver a Horemheb. Me pareció que había ganado todavía en altura y majestuosidad; sus hombros eran anchos y fuertes los músculos de sus brazos, pero su rostro estaba surcado de arrugas y sus ojos estaban melancólicos y enrojecidos Por la fatiga. Me incline respetuosamente delante de él con las manos a la altura de las rodillas, y el, riéndose amargamente, dijo:

– ¡Mira, Sinuhé, Hijo del Onagro, mi amigo! Llegas en el momento oportuno.

Su dignidad le impedía abrazarme y se volvió hacia un jefe gordo y rollizo que con los ojos muy abiertos y aire contrariado estaba de pie delante de é1. -Toma este bastón de mando dorado y encárgate de las responsabilidades. -Se quitó del cuello la cadena de oro del mando y la entregó al obeso diciéndole-: Toma el mando y que la sangre del pueblo corra por tus cochinas manos. -Sólo entonces se volvió hacia mí y me dijo-: Sinuhé, amigo mío, soy libre de seguirte adonde quieras y espero que tendrás en tu casa una alfombrilla donde poder estirar las piernas, porque, por Seth y todos los demonios, estoy terriblemente cansado y hastiado de disputar con gente chiflada. -Puso la mano sobre el hombro del hombrecillo gordo y me dijo-: Mira atentamente, Sinuhé, amigo mío, y graba en tu espíritu lo que ves, porque he aquí al hombre que tiene hoy entre sus manos la suerte de Tebas y quizás de todo Egipto. El es quien el faraón ha designado para remplazarme una vez le hube declarado que estaba loco. Pero viendo a este hombre adivinas probablemente que el faraón tendrá en breve necesidad de mí.

Se rió largamente, golpeándose los muslos, pero era una risa que no delataba alegría y me asusté.

El hombrecillo hacia girar sus ojos asustados, mientras el sudor caía de su rostro sobre su pecho regordete.

– No te enojes conmigo, Horemheb -dijo con una voz aguda-. Ya sabes que no he ambicionado tu bastón de mando y que prefiero al fragor de la batalla la calma de mi jardín y de mis gatos. Pero ¿Cómo hubiera podido negarme al deseo del faraón, cuando me asegura que no habrá combate sino que el falso dios caerá sin efusión de sangre?

– Considera sus palabras como realidades -dijo Horemheb-. Su corazón precede a su juicio como el pájaro corre más que el caracol. Por esto sus palabras no tienen ninguna importancia, sino que debes pensar con tu propia razón y verter la sangre con moderación y a sabiendas, pese a que no sea mas que sangre egipcia. Por mi halcón, que te apaleare con mis propias manos si olvidas tu razón y tu habilidad en compañía de tus gatos, porque, por lo que me han dicho, en tiempos del antiguo faraón eras un buen capitán y por esto probablemente el nuevo faraón te ha confiado esta laboriosa tarea.

Le dio un fuerte golpe en la espalda y el hombre se quedó tan sin aliento que no pudo contestar. Horemheb bajó al Puerto en dos zancadas y los soldados se levantaban para saludarlo levantando sus lanzas. El les hizo un signo con la mano y dijo:

– ¡Adiós, soldados! ¡Obedeced a este gato de raza que lleva el bastón de mando por voluntad del faraón! Obedecedle como a un niño ignorante y tened cuidado que no se caiga del carro de combate o se corte con el puñal. -Los soldados se rieron, pero el les mostró el puño, ensombreciéndose, y dijo-: No os digo adiós, sino hasta pronto, porque veo que pasión inflama vuestros ojos de granujas. Por esto os emplazo a que recordéis mis órdenes, si no, a mi regreso, os dejaré la espalda en carne viva.

Me preguntó donde vivía y dio la dirección al jefe de la guardia, pero dejó sus efectos a bordo, donde estarían más seguros. Después me cogió Por el cuello, como antaño, y dijo:

– Verdaderamente, Sinuhé, nadie ha merecido más que yo una buena borrachera esta tarde.

Le hable de -La Cola de Cocodrilo- y estuvo encantado, de manera que le pedí que mandase un piquete de guardias en prevención del desorden. Dio las instrucciones al jefe, que lo obedeció como si hubiese estado todavía bajo sus órdenes y prometió mandar hombres de confianza. Así pude prestarle a Kaptah un servicio que no me costaba nada.

Yo sabía que en «La Cola de Cocodrilo» había varias habitaciones pequeñas y aisladas, donde se reunían los saqueadores de tumbas, los vendedores de mercancías robadas, y donde algunas damas nobles recibían a los sólidos descargadores de los muelles. Allí lleve a Horemheb, y Merit le sirvió una cola en un vaso de concha y el la vació de un trago, tosió un poco y dijo:

– ¡Oh, oh…!

Y pidió otra y cuando Merit hubo salido, dijo que era una bonita mujer y me preguntó cuales eran mis relaciones con ella. Le asegure que no existían, pero que, sin embargo, estaba contento de que Merit no se hubiese comprado todavía un traje de acuerdo con la moda nueva que dejaba el vientre al descubierto. Pero Horemheb no la tocó, le dio las gracias y cogió la copa oliéndola lentamente con un suspiro y dijo:

– Sinuhé, mañana correrá la sangre por las calles de Tebas y no puedo evitarlo, porque el faraón es mi amigo, pese a que esté loco, y un día lo cubrí con mi túnica y el halcón ha unido nuestros destinos. Quizá lo quiera a causa de su locura, pero no quiero mezclarme en este asunto porque tengo que pensar en el porvenir y no quiero que el pueblo me odie. Si, Sinuhé, ha corrido mucha agua por el Nilo y muchas crecidas han inundado el país desde el día de nuestro último encuentro en la pestilente Siria. Regreso del país de Kush donde, según órdenes del faraón, he licenciado a las guarniciones y traigo las tropas negras a Tebas, de manera que el país queda sin protección por el Sur. Sinuhé, amigo mío, en todas las grandes villas los cuarteles están vacíos desde hace tiempo. La Siria no está lejos de alzarse. Esto devolverá al faraón su buen sentido, pero, entretanto el país se empobrece. No hay que contar ya con el comercio con Punt. Y desde su coronación las minas han trabajado despacio, porque no hay que golpear a los perezosos, sino que se les rebaja su ración de comida. Verdaderamente mi corazón tiembla por él, por Egipto y por su dios, pese a que no entienda nada en dioses, porque soy soldado. Pero digo que morirá mucha gente a causa de este dios, lo cual es insensato, porque los dioses existen para calmar al pueblo y no para crear conflictos.

Y dijo además:

– Mañana Amón será derribado, y no lo lamentaré, porque se ha puesto demasiado gordo para hallar sitio al lado del faraón. Es una buena política derrumbar a Amón, porque el faraón heredaría las inmensas riquezas del dios y quizá lo saquen de apuros. Los sacerdotes de los demás dioses han sido rechazados a las sombras y tienen celos de Amón, pero no quieren tampoco a Atón y los sacerdotes reinan sobre el corazón del pueblo, sobre todo los de Amón. Por esto todo tiene que terminar mal.

– Pero -le dije- Amón es un dios detestable y sus sacerdotes han mantenido demasiado tiempo al pueblo en la ignorancia, ahogando toda idea viva hasta el punto de que nadie se atreve a pronunciar una palabra sin el asentimiento de Amón. Al contrario, Atón promete la luz y la vida libre, una vida sin temores, lo cual es una cosa increíblemente grande, Horemheb, amigo mío.