– No comprendo lo que entiendes por terror -respondió-. Si Amón se hubiese contentado con ser el servidor del faraón, merecería su situación actual, porque no se puede gobernar a los pueblos sin el terror que inspiran los dioses. Por esto este Atón es muy peligroso con toda su dulzura y sus cruces de amor.
– Es un dios más grande de lo que te figuras -dije sin saber muy bien por que hablaba así-. Está quizá también en ti sin que lo sepas, y en mí sin que yo me de cuenta. Si los hombres lo comprendiesen, los liberaría del terror y las tinieblas. Pero es muy posible que sean muchos los que perezcan por él, como muy bien has dicho, porque lo que es eterno no puede imponerse a los hombres más que por la violencia.
Horemheb me miró con impaciencia, como se mira a un chiquillo que dice tonterías. Su rostro se ensombreció y cogió su fusta para golpearse los muslos porque la cola de cocodrilo comenzaba a hacer su efecto y dijo:
– Mientras el hombre sea hombre, mientras existan el deseo de poseer, la pasión, el terror y el odio, mientras haya gente de color diferente, lenguas y pueblos diversos, el rico será rico y el pobre, pobre, y el fuerte dominará al débil y el astuto dominará al fuerte. Pero este Atón quiere hacer a todo el mundo igual y ante él el esclavo es igual al rico. El sentido común nos dice que esto es estúpido. Estamos de acuerdo sobre un punto: hay que derribar a Amón, pero esto hubiera debido ocurrir en secreto, por sorpresa y por la noche, y ocurrir al mismo tiempo en todo el país, y se hubiera debido matar inmediatamente a todos los sacerdotes de grado superior y enviar a los otros a las minas y las canteras. Pero en su locura el faraón quiere obrar abiertamente y en público y a la luz de su dios, porque el dios del sol es su dios, en lo cual no hay nada nuevo. En todo caso es una locura y exigiría mucha sangre, y me he negado a encargarme de ello porque ignoraba sus proyectos. ¡Por Seth y todos los demonios! Si hubiese conocido sus intenciones, lo hubiera preparado todo cuidadosamente y hubiese derribado a Amón tan bruscamente que ni él mismo hubiera tenido tiempo de ver lo que ocurría. Pero ahora hasta los chiquillos están al corriente de lo que ocurre y los sacerdotes excitan al pueblo en los templos y los hombres rompen ramas para armarse y las mujeres van a los templos con las palas de lavar ocultas bajo sus vestidos. ¡Por mi halcón, que siento dolor al pensar en la locura del faraón!
Se cogió la cabeza entre las manos y lloró pensando en la locura de Tebas y Merit le sirvió otra cola de cocodrilo, admirando sus hombros y sus músculos potentes, de manera que le ordene rudamente que se marchara Y nos dejase solos. Traté de exponer a Horemheb lo que había observado por mi cuenta en Babilonia en el país de los Khatti y en Creta, hasta que me dí cuenta de que el cocodrilo le había dado un coletazo y que dormía profundamente. Así durmió toda la noche y yo vele su sueño, y oí a los soldados vociferar en la taberna, porque el patrón consideraba preferible albergarlos para asegurarse su apoyo en caso de disturbios. Por esto el escándalo no cesó en toda la noche y se mandó a buscar músicos ciegos y bailarinas y los soldados estuvieron contentos, pero yo no lo estaba porque pensaba que en todas las casas de Tebas se estaban afilando puñales y guadañas, que se tallaban puntas de lanza de madera y que se cubrían de cobre los almireces de la cocina. Sí, creo que no se durmió mucho en Tebas aquella noche, y ciertamente el faraón no durmió tampoco, pero Horemheb estaba profundamente dormido. Esto era probablemente debido a que había nacido soldado.
2
La muchedumbre veló toda la noche en los patios del templo de Amón, y delante del templo los pobres se tendieron sobre el césped fresco de los parterres y los sacerdotes sacrificaron sin cesar en todos los altares, distribuyendo entre el pueblo la carne, el pan y el vino de las ofrendas. Invocaban a Amón en voz alta y prometían la vida eterna a quien creyese en él y expusiese en su honor la vida. En efecto, los sacerdotes hubieran podido evitar la efusión de sangre si hubiesen querido. No hubieran tenido que hacer mas que ceder y someterse y el faraón los hubiera dejado en Paz, porque su dios detestaba el odio y la persecución. Pero el poderío y la riqueza se habían subido a la cabeza de los sacerdotes, y ni la muerte los asustaba mientras invocaban a Amón, y es posible que durante aquella última noche alguno de ellos hubiese vuelto a encontrar la fe. Sabían que ni el pueblo ni los escasos guardias de Amón podrían resistir un ejército bien formado que barrería la muchedumbre como el río se lleva las briznas de paja. Pero querían que la sangre corriese entre Amón y Atón para pacer del faraón un criminal y un asesino que permitió que unos negros sórdidos vertieran la sangre pura de los egipcios. Querían víctimas por Amón, a fin de que su Amón, viviese eternamente del vapor de la sangre de sus víctimas, incluso si la imagen era derrumbada y el templo destruido.
Por fin, después de una larga noche, el disco del sol se levantó sobre las montañas del Este y el calor del día desvaneció en un momento la frescura de la noche. Entonces se tocó la trompeta en todas las esquinas de Tebas y en las plazas, y los heraldos del faraón leyeron el edicto declarando que Amón era un falso dios y que había que derribarlo y maldecirlo por toda la eternidad, y que su nombre maldito debía ser borrado de todas las inscripciones de las tumbas y monumentos. Todos los templos de Amón, desde el Alto al Bajo Egipto, todas las tierras de Amón, el ganado, los esclavos, los edificios, el oro, la plata y el cobre pasaban a ser posesión suya y de su dios y el faraón prometía abrir los templos como paseos públicos, y los parques y los estanques serían accesibles a todos; los pobres podrían nadar en el lago sagrado y sacar agua a su antojo. Repartiría las tierras de Amón entre los que no las poseían a fin de que pudiesen cultivarlas en nombre de Atón.
Al principio, la muchedumbre escuchó en silencio la proclamación del faraón como lo quiere la buena costumbre, pero inmediatamente un sordo clamor se elevó de todas las calles, plazas y delante del templo: ‹ ¡Amón, Amón!» Era un grito tan potente que parecía que las piedras de las casas y de las calles gritasen también. Los soldados negros tuvieron un momento de vacilación y sus rostros pintados de blanco y rojo se pusieron lívidos, y sus ojos parecían querer salirse de sus órbitas, al darse cuenta de que, a pesar de su número, estaban como perdidos en aquella inmensa villa que veían por primera vez. Y en el clamor, pocos fueron los que se enteraron de que el faraón, deseoso de suprimir de su nombre el nombre maldito de Amón, se llamaría en adelante Akhenatón, el Favorito de Atón.
Estos gritos despertaron a Horemheb, que se desperezó y me dijo, sonriendo, con los ojos cerrados:
– ¿Eres tu, Baket, amada de Amón, mi princesa? ¿Eres tú quien me llama?
Pero yo le di un puñetazo y la sonrisa se desvaneció en sus labios y, tocándose la frente, dijo:
– Por Seth y por todos los demonios, que tu bebida es fuerte, Sinuhé, y seguramente he soñado.
Y yo le dije:
– El pueblo implora a Amón.
Entonces se acordó de todo y atravesamos rápidamente la taberna pasando por encima de los soldados borrachos y los cuerpos desnudos de las mujeres. Horemheb tomó un pan y vació una jarra de cerveza, y después nos precipitamos hacia el templo por las calles desiertas como nunca. Por el camino, Horemheb hizo sus abluciones en una fuente pública y metió la cabeza en el agua, porque las colas de cocodrilo le azotaban todavía las sienes.
Entretanto, aquel hombre regordete, cuyo nombre era Pepitamón, había dispuesto sus tropas y sus carros de guerra delante del templo. Habiéndose enterado de que todo estaba en orden y que cada destacamento conocía su misión, subió a su litera dorada y con voz aguda gritó: