– ¡Soldados de Egipto, guerreros impávidos de Kush, bravos sardos! ¡Id y derribad este maldito Amón por orden del faraón y vuestra recompensa será grande!
Habiendo así cumplido con todo lo que consideraba su deber, volvió a recostarse sobre los muelles almohadones de su litera y se hizo abanicar Por sus esclavos, porque el calor era ya sofocante.
Pero el vestíbulo del templo blanqueaba de gente vestida de blanco, y había una muchedumbre inmensa de hombres, mujeres, niños y ancianos, y no retrocedieron cuando las tropas avanzaron hacia el templo y los carros emprendieron la marcha. Los negros se abrían paso con las astas de sus lanzas y distribuyendo golpes con sus mazas, pero la muchedumbre era densa y no se movía. Súbitamente la multitud comenzó a invocar a Amón y se arrojó de bruces delante de los carros, de manera que los carros pasaban por encima de ellos y los carros aplastaban sus cuerpos extendidos. Los jefes vieron entonces que no podrían avanzar sin verter sangre y retiraron sus tropas, porque el faraón había dado orden de no hacer correr la sangre. Pero las piedras de las plazas estaban ya enrojecidas y los cuerpos aplastados gemían y aullaban y una alegría insensata se apoderó del pueblo cuando vio las tropas retroceder, porque creían haber alcanzado la victoria.
Pero Pepitamón recordó entonces que el faraón había cambiado su nombre por el de Akhenaton. Así decidió cambiar el suyo también para complacer al faraón y cuando sus jefes acudieron, confusos e indecisos, a pedirle nuevas órdenes, fingió no entenderlos y declaró moviendo perezosamente los ojos:
– No conozco a Pepitamón. Mi nombre es Pepitatón, Pepit, bendito de Atón.
Los jefes, cada uno de los cuales, con una fusta trenzada de oro, mandaba mil hombres, se sintieron ofendidos, y el comandante de los carros dijo: -¡Que Atón se hunda en el abismo de los infiernos! Pero, ¿que farsa es ésta y que órdenes das para que penetremos en el templo?
Y entonces se burló de ellos y dijo:
– ¿Sois mujeres o soldados? Dispersad a la muchedumbre, pero sin verter sangre, porque el faraón lo ha prohibido expresamente.
A estas palabras los jefes se miraron y escupieron en el suelo, pero fueron a reunirse con sus tropas porque no podían hacer otra cosa.
Durante este consejo de guerra, el pueblo, cada vez mis excitado, perseguía a los negros y arrancaba las piedras de la calle para lanzarlas contra los soldados, blandiendo mazas y ramas arrancadas de los árboles. La muchedumbre era enorme y la gente se animaba con gritos y muchos negros rodaban por el suelo, y los caballos de los carros se empinaban y desbocaban, de manera que los conductores debían agarrarse a las riendas para retenerlos. Al regresar a sus carros, el comandante vio que uno de los ojos de su caballo favorito estaba atravesado y que cojeaba a consecuencia de una pedrada. Se irritó de tal manera, que llorando de rabia dijo:
– ¡Mi flecha de oro, mi rápido corcel, mi rayo de sol, te han atravesado un ojo y te han roto una pierna, pero verdaderamente me eres más querido que toda esta ralea y todos los dioses juntos! Por esto quiero vengarte, pero sin verter sangre tal como lo ordena el faraón.
A la cabeza de los carros se arrojó contra la muchedumbre y los conductores metían en sus carros a los manifestantes que mis gritaban, y los caballos pisoteaban a los ancianos y a los niños, y los gritos se convertían en aullidos. En cuando a los hombres llevados por los carros, fueron colgados de las riendas y así no se vertió sangre y se arrastraron sus cuerpos para amedrentar a la gente. Los negros sacaron las cuerdas de sus arcos y se arrojaron sobre la multitud y estrangularon a los manifestantes. Estrangularon también a niños, protegiéndose con sus escudos de las pedradas y bastonazos. Pero todo negro separado de sus compañeros era descuartizado por la muchedumbre y un conductor de carro fue arrancado de él y le machacaron la cabeza con una piedra.
Horemheb y yo asistimos a estas escenas, pero la confusión, el ruido y el escándalo delante del templo era tal que no podíamos discernir lo que pasaba. Horemheb me dijo:
– No tengo el poder de intervenir, pero es muy instructivo para mí. Por esto trepó sobre el lomo de un león de cabeza de carnero para observar mejor los acontecimientos, comiendo un pan que había cogido antes de salir.
Pero el comandante real Pepitatón acabó poniéndose nervioso y la clepsidra iba vaciándose a su lado y los gritos de la muchedumbre llegaban a el como el rugir de una inundación funesta. Llamó a sus jefes y, reprochándoles su lentitud, dijo:
– Mi gata sudanesa Mimo va a parir hoy y estoy muy inquieto por ella. Id, en nombre de Atón, y derribad esta maldita imagen para que podamos irnos todos a casa, ¡si no, por Seth y todos los diablos, os arrancare vuestras cadenas de oro y romperé vuestras fustas, os lo juro!
Ante estas palabras, los jefes comprendieron que estaban perdidos hiciesen lo que hiciesen, y decidieron salvar, por lo menos, su reputación militar. Por esto dispusieron sus tropas y pasaron al ataque y barrieron a la muchedumbre como la crecida barre las ramas secas, y las lanzas de los negros se tiñeron de sangre y la plaza quedó ensangrentada, y cien veces cien hombres, mujeres y niños perecieron aquella mañana por Amón delante de su templo. Y viendo a los soldados pasar rápidamente al ataque, los sacerdotes habían hecho cerrar las puertas del pilón, y la muchedumbre se dispersó en todas direcciones como un rebaño de corderos asustados, y los negros, excitados por la sangre, los perseguían y los mataban con sus flechas y los carros recorrían las calles atravesando a los fugitivos con sus lanzas.
– En su huída la muchedumbre invadió el templo de Atón y derribó sus altares y mató a los sacerdotes y los carros penetraron en él también. Así fue como las losas del templo de Atón no tardaron en quedar también cubiertas de sangre y de cadáveres.
Pero delante de las murallas del templo de Amón los soldados de Pepitatón tuvieron que detenerse, porque los negros ignoraban el arte de asediar una plaza y sus arietes eran impotentes contra las puertas de cobre del pilón, pero en cambio podían forzar fácilmente las empalizadas de un poblado en el país de las jirafas. Sólo pudieron rodear el templo y los
sacerdotes los injuriaban desde lo alto de los muros y los guardas lanzaban flechas y venablos de manera que fueron muchos los negros pintados que perecieron en vano. Pero en la plaza, delante del templo, el olor de sangre había atraído de todas partes enormes enjambres de moscas. Pepitatón se hizo llevar allí y su rostro se alargó, y mandó a los esclavos que quemasen incienso a su alrededor y lloró desgarrando sus vestiduras a la vista de tantos cadáveres. Pero su corazón estaba preocupado por la suerte de su gata Mimo y por esto dijo a sus jefes:
– Temo que la cólera del faraón caiga terriblemente sobre vosotros, porque no habéis derribado la imagen de Amón y, en cambio, la sangre corre a mares por la plaza. Pero lo hecho, hecho esta. Por esto voy a correr a casa del faraón y referirle lo ocurrido y trataré de defenderos. Tendré, probablemente, tiempo también de pasar por mi casa y echar una ojeada a mi gata y cambiarme de ropas, porque el olor aquí es espantoso y penetra en la piel. Entretanto, calmad a los negros y dadles de comer y beber, porque es inútil tratar de derribar boy las murallas del templo. Lo sé porque soy un jefe lleno de experiencia y no estamos equipados para derribar murallas. Pero no es culpa mía, pues el jefe no me ha dicho que sería necesario asediar el templo. El es quién debe decidir lo que conviene hacer.
Aquel día no ocurrió nada mas, los jefes retiraron lejos de sus muros a sus tropas y los montones de cadáveres e hicieron avanzar el tren de carretas para avituallar a los negros. Los sardos, que eran mas inteligentes que los negros y no les gustaba estar al sol, invadieron codas las casas vecinas al templo, echando de ellas a sus habitantes y saqueando sus bodegas, porque eran casas ricas. Entretanto, los cadáveres de las plazas comenzaban a hincharse y los primeros cuervos y milanos acudieron procedentes de las montañas a Tebas, donde no se les había visto jamás hasta entonces.