Por la noche las lámparas no se encendieron y el cielo estaba oscuro sobre Tebas, pero los negros y los sardos se escaparon de los campamentos y, encendiendo antorchas, forzaron las puertas de las casas de placer y saquearon las de los ricos, y en la calle preguntaban a todo el mundo: ¿Amón o Atón?- Si alguien no contestaba lo golpeaban y le quitaban la bolsa. Y si alguien, asustado, respondía: ¡Que Atón sea bendito!», le gritaban: «!Mientes, perro; no nos engañas!» Y le cortaban el pescuezo o lo atravesaban con su lanza y le quitaban las ropas y la bolsa. Para ver mejor pegaron fuego a algunas casas y a medianoche el cielo de Tebas se enrojeció nuevamente, y nadie estaba en seguridad en la villa; pero nadie podía huir porque los caminos estaban cerrados y el río también, y los guardias rechazaban a los fugitivos, porque se les había dado orden de impedir que alguien pudiese llevarse el oro y los tesoros de Amón.
Pero lo peor era que los cadáveres seguían pudriéndose en las calles cercanas al templo, pues nadie se atrevía a recogerlos por no incurrir en la cólera del faraón, a quien se había dicho que las víctimas eran poco numerosas. No se permitía tampoco a los parientes llevarse los cuerpos de los suyos. Así fue como el olor de los cadáveres apestó el aire de la villa e incluso el agua del río, y al cabo de pocos días las enfermedades se desencadenaron en la villa y no se las pudo combatir porque la Casa de la Vida estaba dentro del recinto de Amón, con sus depósitos de medicinas.
Cada noche las casas ardían y eran saqueadas, y los negros pintados bebían vino en copas de oro y los sardos dormían blandamente en las camas de los ricos. Día y noche, desde lo alto de las murallas del templo, los sacerdotes lanzaban maldiciones contra el falso faraón y contra todos los que abjuraban de Amón. Toda la turbamulta de la villa salió de sus antros: los ladrones, los saqueadores de sepulturas y los bandoleros que no tenían a ningún dios, ni siquiera a Amón. Invocaban piadosamente a Atón e iban a su templo a pedir a los sacerdotes supervivientes una Cruz de vida que se ponían en el cuello como talismán, para poder saquear, matar y robar a su antojo. Después de estos días y estas noches, Tebas necesitó años enteros para recuperar su aspecto anterior.
3
Horemheb vivía en mi casa, donde velaba y se enflaquecía, y sus ojos se ensombrecían porque se negaba a tomar la comida que Muti le preparaba con abnegación, pues lo admiraba como las mujeres admiran a los hombres robustos; en cambio, yo no era más que un médico sin musculatura, pese a todo mi saber. Y Horemheb me decía:
– ¡ Qué me importa Amón o Atón! Mis soldados olvidan la disciplina y se convierten en fieras, de manera que tendré que distribuir muchos golpes y hacer rodar muchos cabezas para restablecer el orden. Es lástima, porque conozco a muchos de ellos por sus nombres y son excelentes soldados, siempre y cuando los mantenga firmes y les dirija buenas reprimendas.
Pero Kaptah se enriquecía cada día más y su rostro relucía de grasa; no salía jamás de ‹La Cola de Cocodrilo», donde los oficiales sardos y los centuriones pagaban sus consumiciones en oro, y las habitaciones posteriores se llenaban de tesoros robados, joyas, cofres y alfombras dadas en pago. Pero nadie se atrevía a alborotar en aquella taberna, porque se sabía que estaba guardada por los soldados de Horemheb. Kaptah mimaba a los guardias para estimular su celo, y los soldados bendecían su nombre y colgaban cabeza abajo en la puerta a todo ladrón cogido in fraganti, para que sirviese de ejemplo y atemorizar a los alborotadores.
Al tercer día mis remedios se acabaron y me fue imposible comprar otros ni a precio de oro, y mi habilidad era impotente ante las enfermedades propagadas por el agua infectada por los cadáveres. Yo estaba agotado y mi
corazón era como una llaga en mi pecho, y mis ojos estaban enrojecidos de tanto velar. Por esto me asquee de todo, de los pobres y de las heridas, e incluso de Amón, y me fui a ‹La Cola de Cocodrilo», donde bebí vinos mezclados y me dormí, y por la mañana Merit me despertó y me llevó a dormir a su alfombrilla al lado de ella.
Yo estaba avergonzado y le dije:
– La vida es como una noche fría, pero es bello que dos solitarios se calienten en una noche fría, aunque sus ojos y sus manos se mientan por amistad.
Ella bostezó y dijo:
– ¿Cómo sabes que mis ojos y mis manos te mienten? Estoy verdaderamente cansada de golpear en los dedos de los soldados y arrearles patadas, y a tu lado, Sinuhé, es donde encuentro en esta villa el único lugar donde nadie se atreve a tocarme. Pero ignoro por que, y estoy un poco enojada contigo porque dicen que mi vientre no tiene defectos y que soy bella, aunque no hayas deseado nunca verlo. -Bebí la cerveza que me ofrecía para aclararme las ideas y no supe que responder. Ella me miraba a los ojos sonriendo, pero en el fondo de sus pupilas pardas la pena brillaba como el agua negra de un pozo. Y añadió-: Sinuhé, querría ayudarte si pudiese, y hay en esta villa una mujer que tiene una gran deuda contigo. Estos días el suelo está en el techo y las puertas se abren al revés y se arreglan muchas cuentas por las calles. Quizá sería conveniente para ti cobrar tu crédito, a fin de que ceses ya de pensar en que toda mujer es un horno que te consumirá.
Yo le dije que no la consideraba como un horno y la dejé, pero sus palabras germinaban en mí, porque no era más que un hombre y mi corazón estaba acongojado por la sangre y había experimentado la embriaguez del odio. Por esto sus palabras anidaron en mi como una llama y recordé el templo de la diosa de cabeza de gato y la casa de al lado, pese a que el tiempo hubiese cubierto de arena estos recuerdos. Sin embargo, en estas jornadas de horror los cuerpos salían de sus tumbas, y recordaba a mi tierno padre Senmut y a mi buena madre Kipa, y un sabor de carnicería me llenaba la boca, porque ahora nadie estaba en seguridad en Tebas y me hubiera bastado sobornar a dos soldados para satisfacer mi venganza. Pero no sabía lo que quería. Por esto regrese a mi casa dispuesto a cuidar a mis enfermos lo mejor que pudiese, sin medicinas, e invite a los pobres a cavar fosos en la ribera para que el agua se purificase filtrándose a través del fango.
Al quinto día, los oficiales de Pepitatón se sintieron inquietos porque los soldados se negaban a obedecer y arrancaban las fustas de manos de los oficiales para romperlas sobre sus rodillas. Fueron a encontrar a su jefe, que estaba asqueado de la penosa vida de soldado y echaba de menos sus gatos, y le hicieron prometer ir a casa del faraón para decirle la verdad y renunciar a sus funciones, devolviendo su collar de mando real. Aquel mismo día se presentó en mi casa un mensajero del faraón para convocar a Horemheb al palacio. Horemheb se incorporó como un león, se lavó y vistió, y se marchó
pensando en lo que diría, porque en aquellos días el mismo poder del faraón vacilaba y nadie sabía lo que ocurriría al día siguiente. Delante del faraón, dijo:
– Akhenatón, el tiempo apremia y sería demasiado largo exponerte la forma en que yo aconsejo obrar. Pero concédeme durante tres días tus poderes de faraón y al tercero te restituiré tus poderes, y no tendrás que saber lo que ha pasado.
Pero el faraón le dijo: -¡Derribarás a Amón? Y Horemheb dijo:
– Estás más loco que un poseído de la luna; pero, después de todo lo ocurrido, Amón tiene que ser derribado para que la autoridad del faraón subsista. Por esto destruiré a Amón, pero no me preguntes como.
El faraón dijo:
– No debes maltratar a sus sacerdotes, porque no saben lo que hacen. Horemheb le respondió:
– Verdaderamente habría que trepanarte, porque es el único medio de obtener tu curación, pero obedeceré tu orden, puesto que un día te cubrí con mi túnica.