Entonces el faraón lloró y le entregó su fusta y su cetro para un plazo de tres días. No presencié la escena, pero sé que ocurrió así por Horemheb, que, como todos los soldados, algunas veces tiene tendencia a exagerar. En todo caso, regresó a la villa en el coche dorado del faraón, y recorrió las calles y llamó a los soldados por sus nombres y reunió los mis fieles e hizo sonar las trompetas para agrupar a sus hombres alrededor de las insignias. Toda la noche administro justicia y los aullidos y los llantos resonaban en los grupos, y los portavergas de los regimientos rompieron muchísimas varas de junco y sus brazos se cansaron y dijeron que jamás hasta entonces habían sido sometidos a prueba parecida. Horemheb envió a los hombres seguros a patrullar por las calles y detuvieron a todos los soldados que no habían obedecido las órdenes y se los llevaron para ser apaleados, y aquellos cuyas manos o vestiduras estaban ensangrentadas fueron decapitados delante de sus camaradas. Al alba, toda la ralea de Tebas volvió como ratas a sus cuevas, porque todo ladrón o saqueador cogido in fraganti era matado en el mismo lugar donde era sorprendido. Por esto volvieron a sus escondrijos, temblando, y se arrancaron sus cruces de Atón, creyendo que traían la desgracia.
Horemheb convocó también a todos los obreros de la construcción y les dio orden de derribar las casas de los ricos y algunos navíos, a fin de procurarse madera para construir arietes, escaleras y torres de asedio; así el ruido de los martillos llenó la noche de Tebas. Pero este ruido era dominado, y sus gritos eran agradables a los oídos de los tebanos. Por esto perdonaron de antemano a Horemheb todos sus actos y lo amaron, porque la gente razonable se había apartado ya de Amón después de todos aquellos destrozos, y esperaba que Amón sucumbiera para verse liberada de sus soldados.
Horemheb no perdió el tiempo en vanas discusiones con los sacerdotes, sino que desde el alba dio sus órdenes a los jefes y, reuniendo las centurias, les dio sus instrucciones. En cinco lugares distintos los soldados avanzaron sus torres contra las murallas del templo y en el mismo momento los arietes atacaron las puertas y nadie fue herido, porque los soldados se cubrían con sus escudos como las tortugas, y los sacerdotes y los guardianes, no habiendo imaginado que el asedio seguiría, no habían preparado agua hirviendo ni fundido la pez para rechazar a los atacantes. Así, pues, no pudieron contrarrestar los ataques bien combinados, dispersaron sus fuerzas y corrieron sin plan por las murallas, y la gente comenzó a gritar de miedo en los patios. Por esto los sacerdotes de grado superior, viendo ceder las puertas y trepar los negros por las murallas, hicieron sonar las trompetas para que cesara la lucha y economizar vidas, porque consideraban que Amón había recibido ya suficientes víctimas y querían conservar a los más fieles en previsión del porvenir. Se abrieron, pues, las puertas y los soldados entraron en los patios; la muchedumbre huyó invocando la ayuda de Amón y regresó a sus hogares con alegría, porque su exaltación se había desvanecido y el tiempo les parecía largo en aquellos patios excesivamente calentados por el sol.
Así fue como Horemheb se apoderó del templo sin efusión de Sangre. Mandó a los médicos de la Casa de la Vida que cuidaran los enfermos de la villa, pero no penetró en la Casa de la Muerte, porque vive al margen de la vida y está vedada, pase lo que pase en el mundo. Pero los sacerdotes se atrincheraron detrás del templo para proteger al Santo de los Santos, e hicieron beber drogas a los guardianes para que combatieran hasta el fin insensibles al dolor.
El combate en el templo duró hasta la noche, pero al crepúsculo todos los guardias a quienes les habían suministrado drogas y los sacerdotes cogidos con armas fueron ejecutados y no quedaron más que los sacerdotes de grado superior que se habían agrupado en torno a su dios. Entonces Horemheb dio por terminado el combate y mandó recoger los cadáveres para arrojarlos al río; después se acercó a los sacerdotes y les dijo:
– No tengo nada contra Amón porque adoro a Horus, mi halcón. Mas debo obedecer las órdenes del faraón y derribar a Amón. Pero sería mas agradable para vosotros y para mí que no se descubriese la imagen en el santuario porque los soldados la profanarían, y no quisiera cometer tal profanación, si bien tengo que seguir las órdenes recibidas. Pensad en mis palabras; os doy el tiempo de una clepsidra para reflexionar. Después podréis alejaros en Paz y nadie pondrá la mano sobre vosotros, porque no quiero atentar contra vuestras vidas.
Estas palabras gustaron a los sacerdotes, que estaban dispuestos a morir por Amón. Permanecieron en el recinto sagrado, detrás de la cortina, hasta que el agua de la clepsidra se hubo agotado. Entonces, Horemheb arrancó la cortina de sus manos e hizo salir a los sacerdotes, y a su marcha el santuario quedó vacío y no se vio en ninguna parte la imagen de Amón, porque los sacerdotes lo habían hecho añicos y se llevaban los trozos bajo sus mantos para poder decir que se había producido el milagro y que Amón vivía siempre. Pero Horemheb hizo poner los sellos del faraón en todos los depósitos y selló con sus propias manos los subterráneos donde se guardaba el oro y la plata. La misma noche los escodadores comenzaron a trabajar para borrar, a la luz de]as antorchas, el nombre de Amón de las imágenes e inscripciones, y después Horemheb hizo recoger los cadáveres de las plazas y apagar los últimos incendios.
Habiéndose enterado de que Amón había sido derribado y el orden restablecido, los ricos y los grandes volvieron a vestir sus mejores galas, encendieron las lámparas delante de sus casas y salieron a]a calle a celebrar la victoria de Atón. Los cortesanos, refugiados en la casa del faraón, regresaron también a sus villas de la otra orilla del río, y pronto el cielo de Tebas se enrojeció de nuevo bajo el resplandor de las lámparas y las antorchas, y se lanzaron flores por las calles y las gentes reían y se abrazaban. Horemheb no podía impedirles servir vino a los sardos ni impedir a las mujeres nobles que besasen a los negros que llevaban en la Punta de sus lanzas las cabezas de los sacerdotes asesinados. Aquella noche Tebas nadó en la alegría bajo el nombre de Atón, y en nombre de Atón todo estaba permitido y no había diferencia entre negros y egipcios, y para demostrarlo las damas de la Corte se llevaban a los negros a sus casas y abrían sus vestiduras delante de ellos gozando de su fuerza y del olor de su cuerpo. Y cuando a la sombra de los muros, un guardián herido se arrastraba invocando el nombre de Amón, se le rompía la cabeza contra las piedras de la calle y las mujeres bailaban de júbilo alrededor de su cuerpo. Esto es lo que he visto con mis propios ojos.
Vi todo aquello con mis propios ojos y entonces me cogí la cabeza con ambas manos y todo me importó un ardite, y me dije que ningún dios era capaz de curar al hombre de su locura. Aquella noche todo me importó un ardite; por esto me fui a La Cola de Cocodrilo- y las palabras de Merit zumbaron en mis oídos, y llamé a los soldados que seguían custodiando la taberna, me escucharon porque habían visto a Horemheb en mi compañía, y en aquella noche de insensata alegría, entre la muchedumbre que danzaba por las calles, los conduje delante de la casa de Nefernefernefer. Las lámparas y las antorchas brillaban también allí; la casa no había sido saqueada y desde la calle se oían las risas y los gritos de los beodos. Pero en aquel momento mis rodillas comenzaron a temblar y dije a los soldados:
– He aquí la orden de Horemheb, mi amigo, el comandante real. Entrad en esta casa; encontraréis en ella a una mujer que mantiene la cabeza alta y cuyos ojos son verdes como la piedra. Id y traédmela, y, si resiste, dadle un golpe con el asta de vuestra lanza, pero no le hagáis daño.
Entraron satisfechos, y a continuación la gente, asustada, huyó despavorida, tambaleándose, y los servidores llamaron a los guardias. Pero los soldados regresaron con las manos llenas de frutas, pasteles de miel, jarras de vino y llevando en brazos a Nefernefernefer, porque se había resistido y tuvieron que darle un fuerte golpe en la cabeza; había perdido su peluca y su cabeza afeitada sangraba. Puse la mano sobre su pecho, que era suave como el vidrio y cálido, pero tenía la impresión de tocar una piel de serpiente. Sentí que su corazón latía, observé que no tenía herida grave y la envolví en un manto negro, como se hace con los cadáveres, depositándola en mi litera; los guardias no intervinieron, porque vieron los soldados que me acompañaban. Los soldados me escoltaron hasta la Casa de la Muerte, y yo estaba sentado en la litera que se balanceaba con el cuerpo de Nefernefernefer inerte sobre mis rodillas; era tan bella como antes, pero para mi era repugnante como una serpiente. Así nos llevaron a través de la alegre noche de Tebas, y delante de la Casa de la Muerte di oro a los soldados y despedí la litera. Cogí a Nefernefernefer y entré, y los embalsamadores acudieron a mi encuentro y les dije: