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La mire con ojos de médico tratando de olvidar su belleza, porque por su voluntad esta belleza afluía hacia mí como si algo en ella me llamase, y producía este mismo efecto en todos aquellos a quienes ella miraba.

– Nefertiti -le dije-, gran esposa real, no desees un hijo, porque tus caderas son estrechas y el nacimiento de un hijo podría poner tú vida en peligro. Solo Atón puede determinar el sexo de una criatura en el seno materno y ningún hombre tiene ese poder. Cierto es que en diferentes países he aprendido muchas creencias populares y visto muchos talismanes con la ayuda de los cuales las mujeres creían dar a luz niños varones, pero se equivocaban una vez de cada dos, puesto que las probabilidades son iguales. Sin embargo, puesto que has tenido dos hijas ya, es verosímil que tengas ahora un hijo, pero no es seguro, porque quiero ser honrado contigo, sin tratar de engañarte con prácticas mágicas perfectamente ineficaces.

Estas palabras no le gustaron y no me sonreía ya al mirarme con sus ojos claros e inexpresivos.

Thotmés intervino osadamente en la conversación y dijo:

– Nefertiti, la mas bella de las bellas, engendra solo hijas que hereden tu belleza a fin de que el mundo sea más rico. La joven Meriatón es ya una belleza y las mujeres de la Corte tratan de imitar la forma de su cabeza por medio del peinado. Pero quiero hacer de ti un retrato que haga perdurar eternamente tu belleza.

A la mañana siguiente, lleve a Merit a ver el cortejo del faraón, y estaba muy bella, con su traje de ultima moda pese a que hubiese nacido en una taberna, y yo no sentía la más mínima vergüenza de ella cuando nos sentamos juntos en los sitios reservados para los favoritos del faraón.

La Avenida de los Carneros estaba empavesada con oriflamas y atestada de gente a ambos lados que habían acudido a ver al faraón, y los chiquillos habían trepado a los árboles y Pepitatón había dispuesto en los bordes del camino numerosas cestas de flores para que el pueblo pudiese, según la costumbre, sembrar con ellas el camino del rey. Yo me sentía el espirito ligero y radiante pensando en un porvenir de luz y libertad para Egipto. A mi lado tenia a una mujer madura y bella que era mi amiga y apoyaba su mano sobre mi brazo y en torno nuestro no veíamos más que rostros joviales y risueños. Pero reinaba un silencio impresionante, tan absoluto, que el graznido de los cuervos en lo alto del templo flotaba sobre la villa, porque los cuervos y las aves de rapiña llegados a Tebas estaban tan ahítos que no querían regresar a las montañas.

Fue un error hacer escoltar la litera real por negros pintados, porque su sola presencia irritó al pueblo. En efecto, casi no había un solo espectador que no hubiese sufrido algún perjuicio durante los recientes alborotos. Muchos habían visto sus casas incendiadas; las lágrimas de las mujeres no se habían secado todavía, las heridas de los hombres escocían aún, y ninguna sonrisa aparecía en los labios. Y Akhenatón apareció, balanceándose en su litera muy por encima de las cabezas de la muchedumbre. Llevaba la doble corona, la de lirio y la de papiro, y tenía los brazos cruzados sobre el pecho y sus manos estrechaban la fusta y el cetro real. Permanecía inmóvil como una estatua, según la costumbre de los faraones en público, y el silencio a su paso era espantoso, como si el espectáculo hubiese hecho enmudecer al pueblo. Pero los soldados apostados a ambos lados del camino levantaron las lanzas y lanzaron aclamaciones y los ricos y los nobles siguieron su ejemplo lanzando flores hacia la litera real. Pero en el silencio impresionante del pueblo estas aclamaciones parecían débiles como el zumbido de un mosquito aislado en la noche invernal, y pronto todos se callaron cambiando miradas de consternación.

Y entonces, contrariamente a todas las costumbres, el faraón se movió y levantó el cetro y la fusta para saludar al pueblo. La muchedumbre sintió un estremecimiento y súbitamente estalló un grito unánime y potente como el estruendo de las olas contra las rocas. El pueblo entero gritaba con voz lamentable: «¡Amón, Amón, devuélvenos a Amón, el dios de todos los dioses!. La muchedumbre se agitaba y su grito aumentaba en intensidad, de manera que los cuervos y las aves de rapiña del templo levantaron el vuelo y pasaron por encima de la litera real. Y la gente seguía gritando: «¡Vete, falso faraón, vete!»

Estos gritos asustaron a los servidores de la litera que se detuvieron, pero cuando los oficiales, inquietos, los hubieron hecho avanzar de nuevo, la muchedumbre rompió la barrera de los guardias y se precipito delante de la litera para impedir que avanzara. Nadie podía observar lo que pasaba, porque los soldados comenzaron a distribuir golpes para abrirse paso, pero pronto tuvieron que recurrir a las lanzas y los puñales para defenderse; los palos y las piedras volaron y pronto la sangre corrió por la Avenida de los Carneros y los gritos de agonía ahogaban el escándalo producido por la muchedumbre. Pero ninguna piedra fue lanzada contra el faraón, porque había nacido del sol como todos sus predecesores. Su persona era sagrada y nadie de aquella multitud hubiera siquiera soñado levantar el brazo contra el pese a que fuese odiado. Creo que ni los sacerdotes se hubieran atrevido a cometer un acto tal. Por esto el faraón pudo observar con toda tranquilidad todo lo que ocurría en torno suyo. Olvidando su dignidad se levantó y gritó para detener a los soldados, pero nadie lo oía.

La muchedumbre lapidaba a los soldados y los golpeaba y ellos se defendían matando a sus adversarios, y la gente gritaba sin cesar: «¡Devuélvenos a Amón!» Y gritaba también: «¡Vete, falso faraón, vete!

Los hombres penetraban en los lugares reservados, los nobles y los ricos huían y las mujeres abandonaron sus flores y sus frascos de perfumes.

Entonces Horemheb hizo sonar sus trompetas y los carros de guerra salieron delos patios ylas callejuelas donde los había estacionado para no irritar al pueblo. Los carros avanzaron y aplastaron a mucha gente, pero Horemheb había hecho quitar las hoces de las ruedas y avanzaron lentamente y en un orden perfecto, rodeando la litera del faraón, y siguieron avanzando protegiendo también el cortejo y la familia real. Pero la muchedumbre no se dispersó hasta haber visto las embarcaciones reales atravesar de nuevo el río. Entonces lanzaron gritos de odio, y la plebe, que se había mezclado con la muchedumbre, se lanzó contra las casas de los ricos para saquearlas, hasta el momento en que los soldados hubieron restablecido el orden y cada cual volvió a su casa, mientras cerraba la noche y acudían los cuervos a despedazar los cadáveres en la Avenida de los Carneros.

Así fue como el faraón Akhenatón se enfrentó por primera vez con su pueblo irritado y vio correr la sangre por su dios y no olvidó jamás aquel espectáculo que destrozó algo en su interior; la cólera envenenó su amor y su ardor aumentó de manera que dio orden de mandar a las minas a todos los que pronunciasen el nombre de Amón o lo conservasen en imágenes o copas. Pero la gente se negaba a delatarse unos a otros y sólo se recibían denuncias de ladrones y esclavos y nadie estuvo ya en seguridad ante los delatores, de manera que la gente honorable fue enviada a las minas y las canteras, y los denunciantes tomaban posesión de sus bienes en nombre de Atón.

Cuento todo esto por anticipado para explicar cómo ocurrió. Pero a la noche siguiente me mandaron llamar urgentemente del palacio dorado porque el faraón había tenido un ataque de su enfermedad y los médicos, temiendo por su vida, querían compartir conmigo la responsabilidad, ya que el faraón les había hablado de mí. Durante mucho tiempo permaneció en la inconsciencia, como un muerto, y sus miembros estaban fríos y no parecía latir su pulso. Pero después de haberse mordido la lengua durante el delirio, recuperó el conocimiento, de manera que la sangre manaba de su boca. Al volver en sí echó de su presencia a todos los médicos de la Casa de la Vida, porque no quería verlos delante de el, y se quedó solo conmigo. Y entonces dijo: