Martín levantó la mirada hacia ella.
– ¿Y por qué habla mal de mí?
– Bah, no vale la pena. Te apenaría inútilmente.
– ¿Y de qué me conoce, ese idiota? Si ni siquiera me ha visto una sola vez.
– Martín, te imaginas que alguna vez le he hablado de vos.
– ¿A ese cretino le has hablado de mí, de nosotros?
– Pero si es como hablarle a nadie, Martín. Como hablarle a una pared. A nadie le he dicho nada, ¿comprendes? A él es como hablarle a una pared.
– No, no comprendo, Alejandra. ¿Por qué a él? Me gustaría que me dijeses o que leyeses lo que dice de mí.
– Pero si es una tontería típica de Juan Carlos, ¿para qué?
Le entregó la carta.
– Te he advertido que te traerá tristeza -anunció con rencor.
– No importa -respondió Martín tomando la carta con avidez, nervioso, mientras ella se colocaba a su lado, en la actitud del que va a leer algo con uno.
Martín se imaginó que quería atenuar frase por frase, y así se lo comentó a Bruno. Y Bruno pensó que la actitud de Alejandra era tan insensata como la que nos lleva a vigilar las maniobras de alguien que conduce mal el auto en el que vamos.
Martín iba a sacar la carta del sobre, cuando de pronto comprendió que aquella actitud podría destruir los pocos y frágiles restos que quedaban del amor de Alejandra. Su mano cayó, desalentada, con el sobre y así permaneció un rato, hasta que se la devolvió. Alejandra volvió a guardarla.
– A un cretino semejante le haces confidencias -comentó, pero con cierta vaga conciencia de que estaba cometiendo una injusticia, porque, de eso estaba seguro, a aquel individuo jamás Alejandra podía hacerle "confidencias". Sería algo mejor o peor, pero jamás confidencias.
Sentía una necesidad de herirla y sabía, o intuía, que esa palabra debía herirla.
– ¡No digas idioteces! Te acabo de decir que hablarle a él es como esas conversaciones que uno sostiene con el caballo. ¿No comprendes? Sí, de todos modos, es cierto que no debí decirle nada, en eso tenés razón. Pero yo estaba borracha.
Borracha, con él (pensó Martín, con más amargura).
– Es -agregó ella, después de un momento, y ya menos dura-, es como si a un caballo le mostrás una fotografía de un hermoso paisaje.
Martín sintió que una gran felicidad trataba de atravesar los pesados nubarrones, y la expresión "hermoso paisaje", de todos modos, llegaba hasta su alma atormentada como un mensaje luminoso. Pero tenía que forzar el paso entre aquellas nubes pesadas, y, sobre todo, a través de aquel "estaba borracha".
– ¿Me estás oyendo?
Martín hizo un gesto afirmativo.
– Mirá, Martín -oyó que ella decía, de pronto-. Yo me separaré de vos, pero nunca creas cosas equivocadas sobre nuestra relación.
Martín la miró consternado.
– Sí. Por muchos motivos esto no puede seguir, Martín. Será mejor para vos, mucho mejor.
Martín no atinaba a decir nada. Sus ojos se llenaron de lágrimas y para que ella no lo advirtiera empezó a mirar hacia delante, a lo lejos: como un cuadro impresionista, miraba sin ver un barco de casco marrón, a lo lejos, y unas gaviotas blancas que giraban sobre él.
– Ahora empezarás a pensar que no te quiero, que nunca te quise -dijo Alejandra.
Martín seguía la trayectoria del barco marrón con una especie de fascinación.
– Y sin embargo -decía Alejandra.
Martín inclinó la cabeza y volvió a observar las hormigas: una de ellas llevaba una hoja grande y triangular que parecía la vela de un minúsculo barquito: el viento la hacía bambolear y ese pequeño vaivén acentuaba la semejanza.
Sintió que la mano de Alejandra le tomaba el mentón
– Vamos -le dijo con energía-. Levanta esa cara.
Pero Martín, con fuerza y tozudez, lo evitó.
– No, Alejandra, déjame ahora. Quiero que te vayás y me dejes solo.
– No seas tonto, Martín. Maldito el momento en que viste esa carta estúpida.
– Y yo maldigo el momento en que te encontré. Ha sido el momento más desdichado de mi vida.
Oyó la voz de Alejandra, que preguntaba:
– ¿Eso crees?
– Sí.
Alejandra se quedó callada. Después de un rato se levantó del banco y dijo:
– Caminemos un momento juntos, al menos.
Martín se levantó pesadamente y empezó a caminar detrás de ella.
Alejandra lo esperó, lo tomó del brazo y le dijo:
– Martín, te dije más de una vez que te quiero, que te quiero mucho. No te olvides de eso. Yo jamás digo algo en lo que no creo.
Una lenta y grisácea paz fue descendiendo con esas palabras sobre el alma de Martín. Pero ¡cuánto mejor era la tempestad de los peores momentos de ella que esa calma gris sin esperanzas!
Caminaron cada uno absorto en sus propias ideas.
Cuando llegaron frente a la confitería del balneario, Alejandra dijo que tenía que telefonear.
En el café todo tenía ese aire desolado que para él tenían los lugares festivos en los días de trabajo: las mesas estaban apiladas unas sobre otras, también las sillas; un mozo, en camisa, con los pantalones arremangados, lavaba el piso. Mientras Alejandra telefoneaba, Martín, en el mostrador, pidió un café, pero le dijeron que la máquina estaba fría.
Cuando Alejandra volvió del teléfono y Martín le dijo que no había café, ella sugirió que fueran hasta el Moscova a tomar una copa.
Pero estaba cerrado. Golpearon y esperaron en vano.
Preguntaron en el kiosco de la esquina.
– ¿Cómo, no sabían?
Lo habían encerrado en el manicomio, en Vieytes.
Parecía un símbolo: aquel bar era el primero en que había conocido la felicidad. En los momentos más deprimentes de sus relaciones con Alejandra siempre acudía al espíritu de Martín el recuerdo de aquel atardecer, aquella paz al lado de la ventana, contemplando cómo la noche bajaba sobre los techos de Buenos Aires. Nunca como en aquel momento él se había sentido más lejos de la ciudad, del tumulto y el furor, la incomprensión y la crueldad; nunca se había sentido tan aislado de la suciedad de su madre, de la obsesión del dinero, de aquella atmósfera de acomodos, cinismos y resentimiento de todos contra todos. Allí, en aquel pequeño pero poderoso refugio, bajo la mirada de aquel hombre entregado al alcohol y a las drogas, tan fracasado como generoso, parecía como si toda la burda realidad externa estuviese abolida. Había pensado más tarde si era inevitable que seres tan delicados como Vania tuvieran que terminar entregándose al alcohol o a las drogas. Y le conmovían también aquellas pinturas baratas de las paredes, tan burdamente representativas de la patria lejana. ¡Qué emocionante era todo aquello, precisamente por ser tan barato y candoroso! No era una pintura con pretensiones hecha por algún pintor malo que se cree bueno, sino, con toda seguridad, realizada por un artista tan borracho y tan fracasado como el propio Vania; tan desgraciado y definitivamente exiliado de su propia tierra como él; condenado a vivir aquí, en un país para ellos absurdo y remotísimo: hasta la muerte. Y aquellas imágenes baratas, sin embargo, de alguna manera servían para recordar la patria lejana, del mismo modo que las decoraciones de un escenario, aunque hechas de papel, aunque muchas veces torpes y primarias, de algún modo contribuyen a que sintamos de verdad el drama o la tragedia. El hombre del kiosco meneaba la cabeza.
– Era un buen hombre -dijo.
Y el verbo en pasado daba a las paredes del loquero el siniestro significado que verdaderamente tienen.
Se volvieron hacia el Paseo Colón.
– Al fin -comentó Alejandra- aquella inmundicia salió con la suya.
Alejandra, que se había puesto muy deprimida, sugirió ir hasta la Boca.
Cuando bajaron en Pedro de Mendoza y Almirante Brown entraron en el bar de la esquina.
De un carguero brasileño llamado Recife bajó un negro gordo y sudoroso.
– Louis Armstrong -comentó Alejandra, señalando con su sandwich.