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Ya aquel astro estaba cercano al horizonte cuando sentí que mi barca tocaba fondo. Abandoné los remos y me precipité hacia la proa. Me lancé fuera de la barca y, con el agua fangosa llegándome hasta las rodillas, marché hacia la costa, que ya divisaba en medio de aquella semioscuridad. Pronto sentí que estaba sobre lo que podría llamarse tierra firme, pero que en realidad era un pantano, en el que la marcha era tan difícil como la navegación en la barca: había que hacer un inmenso esfuerzo para sacar cada pie y poder avanzar. Pero con todo, tal era mi desesperación, fui avanzando lenta pero progresivamente. Y así como antes mi idea era que debía llegar hasta tierra firme, ahora me animaba la idea de que debía llegar a una montaña que apenas se vislumbraba, siempre hacia el Oeste. "Allí está la gruta", recuerdo que pensé. ¿Qué gruta? ¿Y por qué yo había de llegar hasta ella? Ninguna de esas preguntas me hice en aquel momento y a ninguna de ellas podría ahora responder. Sólo sabía que debía llegar y que, costase lo que costare, debía penetrar en ella. Debo decir que se mantenía la presencia colosal del desconocido a mis espaldas. Con su único ojo, abierto sin descanso, fulgurante de odio, parecía vigilar y hasta dirigir, como un pérfido oficial de ruta, mi marcha hacia el Oeste. Sus brazos, abiertos, abarcaban todo el cielo a mis espaldas y parecían apoyarse con sus manos hacia el Norte y hacia el Sur, ocupando de ese modo toda la mitad posterior de aquella bóveda. Mi situación era tal que no tenía otra solución que marchar hacia el poniente, y dentro de aquella realidad demencial yo veía eso como una lógica y razonable conclusión. La idea era: huir de su mirada, meterme en la gruta donde yo sabía que su mirada tendría por fin que ser impotente. Así caminé durante un tiempo que me pareció de un año. El astro seguía bajando y, si bien la montaña estaba más cerca, todavía la distancia era aterradora. El último trayecto lo hice luchando contra el cansancio, el miedo y la desesperanza. A mis espaldas sentía la sonrisa siniestra del Hombre. Sobre mí sentía el vuelo pesado de los pterodáctilos, que planeaban y a veces hasta me rozaban con sus alas. Mi temor provenía no sólo de su contacto gelatinoso y frío sino de la posibilidad de que con sus picos dentados finalmente se precipitasen sobre mí y me arrancasen los ojos. Sospechaba que me dejaban agotar en un esfuerzo inútil, durante años de estúpida y agotadora marcha, para, cuando yo creyera que el fin estaba ante mis manos, arrancarme con los ojos la desatinada esperanza.

Esa sensación empecé a tenerla en el tramo final de mi marcha, como si todo hubiese sido planeado para hacerme el mayor mal posible. "Porque -pensaba yo con razonable lucidez- si me hubiesen arrancado los ojos al comienzo mismo yo no hubiera tenido ninguna esperanza y no hubiera intentado esta penosísima marcha a través de mares ignotos e inmundos pantanos."

Sentí que el rostro del Anciano irradiaba una especie de feroz alegría al hacerme yo estas reflexiones. Comprendí que todo era verdad y que ahora me esperaba la peor de las calamidades de aquella marcha. No quise sin embargo mirar hacia arriba, pero tampoco era necesario: mis oídos me revelaban que los pájaros, con picos enormes y filosos, empezaban a planear cada vez más cerca de mi cabeza; percibía el aleteo pesado de sus alas, alas que debían de tener un par de metros, y sentía una y otra vez su leve pero asqueante contacto fugacísimo sobre mis mejillas y sobre mi pelo.

Faltaba poco, muy poco, para llegar a la gruta que ya entreveía en una penumbra fosforescente. Mi cuerpo estaba cubierto de aquel cieno pegajoso y me arrastraba sobre mis cuatro extremidades. Mis manos tocaban y apartaban con repugnancia culebras que en grandes cantidades se agitaban en el dilatado pantano, pero era tanto mi pavor por lo que sabía ahora que me esperaba, que aquello casi era desdeñable.

Mi cansancio pudo por fin más que mi desesperación y caí.

Traté de mantener mi cabeza fuera del barro, levantando mi frente hacia la gruta, mientras el resto de mi cuerpo se hundía en aquellas aguas nauseabundas. "Debo respirar", pensé.

Pero también pensé: "Así mantengo mis ojos a su alcance".

Y lo pensé como si estuviera maldito y condenado a la horrible operación, como si me prestara yo mismo a aquel rito atroz y al parecer ineluctable.

Hundido en el barro, con el corazón latiendo agitada-mente en medio de aquella inmundicia que me envolvía, con mis ojos hacia adelante y arriba, vi cómo los grandes pájaros planeaban lentamente sobre mi cabeza. Advertí a uno de ellos que bajaba desde atrás, lo vi recortarse, gigantesco y cercano, sobre el ocaso, volviendo luego hacia mí, y posarse con un hueco chasquido sobre el barro, frente mismo a mi cabeza. El pico era filoso como un estilete, su expresión tenía esa mirada abstracta que tienen los ciegos, porque no tenía ojos: podía yo distinguir sus cuencas vacías. Parecía una antigua divinidad en el momento que precede al sacrificio.

Sentí que aquel pico entraba en mi ojo izquierdo, y por un instante percibí la resistencia elástica de mi pupila, y luego cómo el pico entraba áspera y dolorosamente, mientras sentía cómo empezaba a bajar el líquido por mi mejilla. En virtud de un mecanismo que no alcanzo todavía a comprender por su falta de lógica, yo mantenía mi cabeza siempre en la misma posición, como si quisiera facilitar la perversa tarea, como, aunque sufrimos, mantenemos la boca y la cabeza ante el dentista.

Y mientras sentía que el agua de mi ojo y la sangre bajaban por mi mejilla izquierda, pensaba: "Ahora tendré que soportar en el otro ojo" Con calma, creo que sin odio, lo que recuerdo me asombró, el gran pájaro terminó su trabajo con el ojo izquierdo y luego, retrocediendo un poco, su pico repitió la misma operación con el ojo derecho. Y volví a percibir aquella leve y fugacísima resistencia elástica de mi ojo y luego la penetración áspera y dolorosa y, una vez más, el deslizarse hacia mi mejilla del líquido cristalino y de la sangre: líquidos que perfectamente diferenciaba por ser el cristalino tenue y helado y el otro, la sangre, caliente y viscoso.

Luego el gran pájaro levantó vuelo y sus compañeros se fueron tras él, pues oí cómo sus pesados aleteos se iniciaban y luego se alejaban de mí. "Lo peor ha pasado", pensé.

Nada veía ahora, pero, con el inmenso dolor y la curiosa repugnancia que sentía ahora por mí mismo, no cejé en mi propósito de arrastrarme hacia la gruta.

Así lo hice penosamente.

Poco a poco mi esfuerzo fue premiado: el pantano había ido desapareciendo bajo mis pies y manos y pronto esa especie de singular silencio, esa sensación de cerrazón y también de seguridad, me reveló que por fin había entrado en la gran gruta. Y me derrumbé hacia el sueño.

XXIII

Cuando volví a mi conciencia, un formidable cansancio dominaba a mi cuerpo, como si en sueños hubiese llevado a cabo trabajos colosales.

Yacía en el piso y no atinaba a comprender dónde me encontraba. Con la cabeza pesada, miraba el suelo a mi alrededor, tratando de hacer memoria: supuse que, como en alguna otra ocasión, habría llegado borracho a mi cuarto y había caído inconsciente. Una débil luminosidad de amanecer entraba en la pieza por alguna parte. Tenté de levantar mi cabeza, y recorrí entonces, lenta y pesadamente, el espacio que me rodeaba.

Casi salto a pesar de mi cansancio: ¡ la Ciega! Vertiginosamente hice conciencia de los episodios: Iglesias, el individuo parecido a Pierre Fresnay, la placita de Belgrano, el pasadizo secreto. Semiincorporado, haciendo esfuerzos sobrehumanos para levantarme del todo, recorría a una fantástica velocidad mi situación y la forma de salir de ella. Logré ponerme de pie.