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—¡¿Pero qué es lo que se supone que voy a ver?! — dije casi a gritos. Me costó contenerme para no agarrarlo por los hombros y darle una buena sacudida. Mientras tanto, él permanecía sentado, mirando hacia el rincón con la cara cansada, quemada por el sol, balbuceando con aparente dificultad palabras sueltas.

— No lo sé. En cierto sentido, depende de ti.

— ¿Alucinaciones?

— No. Esto es real. No… Se trata de ataques. Recuérdalo.

—¡¿A qué te refieres?! — dije con una voz que no reconocí como mía.

— Ya no estamos en la Tierra.

— ¿Los polytheria? ¡Pero si ellos no se parecen en nada a los humanos! — exclamé. No sabía qué hacer para sacarle de aquel ensimismamiento sin sentido. Aquello era capaz de helarme la sangre en las venas.

— Por eso precisamente es tan horrible — dijo en voz baja —. Recuerda: ¡estate alerta!

— ¿Qué le ocurrió a Gibarian?

No contestó.

— ¿Qué está haciendo Sartorius?

— Volverá en una hora.

Me di la vuelta y me dirigí a la puerta. Al salir, me volví y lo miré una vez más. Estaba sentado con la cara hundida entre las manos, pequeño, encogido, con el pantalón todo manchado. No fue hasta entonces cuando me di cuenta de que, en los nudillos de ambas manos, tenía restos de sangre reseca.

LOS SOLARISTAS

El pasillo tubular estaba desierto. Permanecí unos instantes tras la puerta cerrada, aguzando el oído. Las paredes debían de ser finas, puesto que se oía el aullido del viento que azotaba del exterior. Sobre la hoja de la puerta alguien había pegado, con descuido, un trozo rectangular de esparadrapo con una inscripción a lápiz: «El humano». Observé la palabra garabateada. Parecía casi ilegible. Por un momento, quise volver con Snaut, pero sabía que eso era imposible.

Su desquiciada advertencia aún retumbaba en mis oídos. Me moví y el insoportable peso de la escafandra me dobló los hombros. Sigilosamente, como si inconscientemente me estuviera escondiendo de un observador invisible, volví a la estancia circular. De las cinco puertas, tres estaban provistas de letreros: Dr. Gibarian, Dr. Snaut, Dr. Sartorius. La cuarta no llevaba ninguno. Dudé, pero accioné ligeramente el picaporte y abrí despacio la puerta. Mientras la empujaba, tuve la certeza casi absoluta de que allí dentro había alguien. Entré.

No había nadie. Una ventana cóncava igual que la de la otra habitación, pero más pequeña, apuntaba al océano que aquí, a contraluz, relucía grasiento, como si un aceite rojizo resbalara por las olas. Un resplandor escarlata llenaba toda la habitación, que parecía el camarote de un barco; uno de los laterales estaba ocupado por estanterías de libros y, entre ellas, una cama anclada verticalmente a la pared con ayuda de cardanes; al otro lado había numerosos armarios pequeños, separados por marcos niquelados con tiras de fotografías aéreas, matraces y probetas sujetas con mandriles metálicos y taponadas con algodón; bajo la ventana había dos filas de blancas cajas esmaltadas, colocadas de forma que apenas se podía pasar entre ellas. Algunas de las tapas estaban entreabiertas y dejaban ver numerosas herramientas y mangueras de plástico; en los rincones se amontonaban grifos, tubos de extracción de humos, congeladores. Finalmente, en el suelo, descansaba un microscopio que ya no debía de haber encontrado acomodo sobre la enorme y atestada mesa que había junto a la ventana. Al darme la vuelta vi, justo al lado de la puerta, un armario entornado que dejaba ver un montón informe de monos de faena, delantales de trabajo y ropa interior; entre las cañas de las botas antirradiactivas, brillaban botellas de aluminio de las utilizadas en los aparatos de oxígeno portátiles. Dos de ellos, con sus respectivas mascarillas, colgaban de la barandilla de la cama elevada. Por doquier reinaba el mismo caos, que alguien se había afanado en disimular ordenándolo todo de cualquier manera. Inspiré el aire para intentar captar algo y pronto noté el débil aroma de los reactivos químicos, así como restos de un olor algo más fuerte, ¿tal vez cloro? Maquinalmente, busqué con la vista las rejillas de las salidas de aire en el techo. Las tiras de papel fijadas a sus marcos ondeaban suavemente, en señal de que los compresores mantenían la habitual circulación de aire. Llevé los libros, los aparatos y las herramientas que ocupaban las dos sillas hasta la otra punta de la habitación, y los coloqué como pude, hasta despejar en cierto modo el espacio en torno a la cama, entre el armario y las estanterías. Arrastré el perchero para colgar la escafandra, agarré con los dedos los tiradores de las cremalleras, pero enseguida los solté. De alguna manera, no podía decidirme a desprenderme de la escafandra, como si por el mero hecho de hacerlo, fuera a quedar indefenso. Una vez más, recorrí la habitación con la mirada. Comprobé que la puerta estuviera bien cerrada y, como no había cerradura, tras un instante de vacilación, arrastré hasta apoyarlas contra ella dos de las cajas más pesadas. Una vez atrincherado de aquel modo provisional, me liberé a tirones de mi pesado caparazón, que crujió. En la parte exterior del armario había colgado un espejo estrecho que reflejaba parte de la estancia. De pronto, con el rabillo del ojo, vi que algo se movía detrás de mí. Me levanté de un salto, hasta que me di cuenta de que no era más que mi propia imagen en el espejo. La camiseta que llevaba por debajo de la escafandra estaba toda sudada. Me la quité y empujé el armario. En el vano de la pared brillaron los tabiques de un cuarto de baño en miniatura. En el suelo, junto a la ducha, reposaba un cofre plano, de un tamaño considerable. No sin dificultad lo arrastré también hasta la habitación. Una vez allí, la tapa saltó como si dispusiera de un muelle. El cofre tenía varios compartimentos llenos de extraños objetos: un buen número de réplicas de herramientas, esbozadas a grandes rasgos en un metal oscuro, muy parecidas a las que había visto guardadas en los pequeños armarios de la habitación. A ninguna se le podía sacar provecho: estaban deformadas, romas, medio fundidas, como si hubieran sido rescatadas de un incendio. Lo más extraño era que incluso los mangos de ceramita, prácticamente infusibles, parecían haber sido destruidos del mismo modo. En ningún horno de laboratorio podría alcanzarse la temperatura suficiente para fundirlos, a no ser que se tratara de un reactor nuclear. Saqué un pequeño medidor de radiación del bolsillo de la escafandra, pero su negra punta permaneció inmóvil cuando la acerqué a los restos.

Tan solo llevaba puestos los slips y una camiseta de rejilla. Arrojé ambas prendas al suelo, como si fueran trapos y, de un salto, me metí desnudo en la ducha. Sentí sobre mi piel la reconfortante presión del agua. Durante unos minutos me retorcí bajo la potente lluvia de duros y calientes chorros, mientras masajeaba mi cuerpo y resoplaba, como si con ello pudiera sacudir, expulsar de mi interior toda aquella turbia inseguridad cargada de sospechas que emanaba la Estación.

Dentro del armario encontré un chándal que, como pronto comprobé, también se podía llevar bajo la escafandra; trasladé al bolsillo mis escasos bienes; noté algo duro entre las páginas del bloc de notas: era la llave de mi piso, abajo en la Tierra, que de alguna manera se había colado en mis bolsillos. Estuve jugueteando con ella durante un rato, sin saber muy bien qué uso darle. Finalmente la arrojé sobre la mesa. Se me ocurrió que podría necesitar un arma. Probablemente una navaja universal no fuera lo más apropiado, pero era lo único que tenía a mano y mis ánimos no estaban como para emprender la búsqueda de un lanzarrayos o algo parecido. Me senté sobre una sillita de metal, en medio de la habitación, lejos de todo lo que me rodeaba. Deseaba estar a solas. Con satisfacción, me di cuenta de que aún disponía de más de media hora; la escrupulosidad con la que cumplo todos los compromisos — sean importantes o insignificantes— forma parte de mi naturaleza. Las agujas del tablero del reloj de veinticuatro horas marcaban las siete. El sol se estaba poniendo. Las siete, hora local, esto es, las veinte horas a bordo de la Prometeo. Solaris había debido de reducirse en las pantallas de Moddard hasta el tamaño de una chispa y no se distinguiría en nada de las estrellas que llenaban el firmamento. ¿Por qué iba a importarme la Prometeo? Cerré los ojos. El silencio era absoluto, excepto por los maullidos de las tuberías que resonaban a intervalos regulares. El agua estridulaba silenciosamente en el baño, goteando sobre la porcelana.