– ¿Y por eso fue a verte?
– Sí.
– ¿Porque su hermana salía en la foto?
– Sí.
Vespa se reclinó en el asiento.
– ¿Y qué le pasó a su hermana?
– Murió en un incendio hace quince años.
Para sorpresa de Grace, Vespa no hizo más preguntas. No pidió aclaraciones. Simplemente se volvió a mirar por la ventanilla y ya no habló hasta que el coche se detuvo en el camino de entrada. Grace intentó abrir la puerta para salir, pero tenía algún sistema de bloqueo, como el que usaba ella cuando los niños eran pequeños, y no pudo abrir desde dentro. El chófer fornido dio la vuelta y tiró de la manilla de la puerta. Grace quería preguntar a Carl Vespa qué pensaba hacer, si realmente los dejaría obrar por su cuenta, pero algo en su actitud no encajaba.
Llamarlo había sido un error. Pedirle ahora que se quedara al margen quizás hubiese empeorado las cosas.
– Dejaré a mis hombres hasta que recojas a los niños de la escuela -dijo, todavía sin mirarla-. Después te quedarás sola.
– Gracias.
– ¿Grace?
Ella se volvió hacia él.
– No debes mentirme nunca -dijo él con voz gélida.
Grace tragó saliva. Quiso disentir, decirle que no le había mentido, pero temió dar la impresión de que se ponía demasiado a la defensiva, de que protestaba demasiado. Así que se limitó a asentir.
No hubo despedidas. Grace recorrió el camino sola. Ahora su paso vacilante no se debía sólo a la cojera.
¿Qué había hecho?
Pensó en cómo le convenía actuar a continuación. Su cuñada lo había dicho bien: «Protege a los niños». Si Grace estuviera en el lugar de Jack, si hubiera desaparecido por la razón que fuese, es lo que ella habría querido. «Olvídate de mí -le diría-. Pon a los niños a salvo.»
Así que ahora, le gustara o no, Grace abandonaba la operación rescate. Jack se quedaba solo.
Haría las maletas. Esperaría hasta las tres, la hora de salida de la escuela, recogería a los niños y se irían a Pensilvania. Buscaría un hotel donde no hiciera falta tarjeta de crédito. O una pensión. O una habitación de alquiler. Lo que fuese. Llamaría a la policía, tal vez incluso a ese tal Perlmutter. Le diría lo que estaba pasando. Pero antes necesitaba a sus hijos. En cuanto estuvieran a salvo, en cuanto los tuviera en su coche y en la carretera, se sentiría bien.
Llegó a la puerta. Había un paquete en el portal. Se agachó y lo recogió. La caja tenía el logo de New Hampshire Post. El remite rezaba: «Bobby Dodd, residencia geriátrica asistida Starshine».
Eran las carpetas de Bob Dodd.
40
Wade Larue estaba sentado al lado de su abogada, Sandra Koval.
Toda la ropa que llevaba era nueva. La sala no olía a cárcel, esa espantosa mezcla de descomposición y desinfectante, de celadores gordos y orina, de manchas que no se quitan nunca, y eso de por sí era un cambio extraño. La cárcel se convierte en tu mundo, y salir de ella es un sueño imposible, como imaginar la vida en otro planeta. A Wade Larue lo habían encerrado a los veintidós años. Ahora tenía treinta y siete. Eso significaba que se había pasado casi toda su vida de adulto entre rejas. Ese olor, ese espantoso olor, era lo único que conocía. Sí, todavía era joven. Tenía, como repetía Sandra Koval como un mantra, toda una vida por delante.
Pero no era eso lo que sentía en ese momento.
La vida de Wade Larue se había ido al traste por culpa de una obra de teatro escolar. En el pueblo de Maine donde se crió, todo el mundo coincidía en que Wade tenía talento para la interpretación. Era un estudiante pésimo. No era muy buen atleta. Pero se le daba bien cantar y bailar y, sobre todo, tenía lo que un crítico local llamó -eso después de ver a Wade encarnar a Nathan Detroit en Ellos y ellas en el segundo curso del instituto- «un carisma sobrenatural». Wade poseía ese don especial, ese imponderable que distinguía a los aspirantes a actor con talento de los buenos de verdad.
Antes del último curso del instituto, el señor Pearson, el director de teatro de la escuela, llamó a Wade a su despacho para hablarle de su «sueño imposible». El señor Pearson siempre había querido representar El hombre de La Mancha, pero nunca había tenido un alumno, al menos hasta entonces, capaz de encarnar el papel de don Quijote. Ahora, por primera vez, quería intentarlo con Wade.
Pero al llegar septiembre el señor Pearson se fue del instituto y el señor Arnett ocupó su cargo. Hizo las pertinentes pruebas -lo que para Wade Larue era una simple formalidad-, pero el señor Arnett adoptó una actitud hostil con él. Para sorpresa de todo el pueblo, al final eligió a Kenny Thomas, que no tenía el menor talento, para el papel de don Quijote. El padre de Kenny era corredor de apuestas y se decía que el señor Arnett le debía veinte mil dólares. Eso lo explicaba todo. A Wade le ofrecieron el papel del barbero -¡una sola canción!- y al final abandonó la obra.
Prueba de la ingenuidad de Wade es que creyó que al abandonar la obra el pueblo se escandalizaría. Cada instituto tiene sus estereotipos. El delantero de fútbol guapo. El capitán de baloncesto. El presidente de la escuela. El actor principal de todas las obras de teatro de la escuela. Creyó que los habitantes del pueblo protestarían contra la injusticia cometida. Pero nadie dijo nada. Al principio, Wade pensó que era porque le tenían miedo al padre de Kenny y sus posibles relaciones con la mafia, pero la verdad era mucho más sencilla: les daba igual. ¿Por qué habría de importarles?
Es muy fácil entrar poco a poco en un territorio peligroso. La línea es muy delgada, muy frágil. Basta con pisarla, aunque sólo sea un segundo, y a veces, en fin, a veces ya no se puede dar marcha atrás. Tres semanas más tarde Wade Larue se emborrachó, entró en la escuela y destrozó los decorados de la obra. La policía lo cogió y lo expulsaron de la escuela.
Y así empezó la caída.
Wade acabó consumiendo demasiada droga, se fue a vivir a Boston para ayudar a vender y distribuir, se volvió paranoico, empezó a ir armado. Y ahora allí estaba, sentado en ese estrado, un criminal famoso acusado de la muerte de dieciocho personas.
Recordaba aquellas caras iracundas; las había visto durante el juicio, quince años antes. Wade conocía casi todos los nombres. En el juicio lo miraban con una mezcla de dolor y desconcierto, todavía aturdido por el golpe repentino. Entonces Wade los había entendido, incluso se había compadecido de ellos. Ahora, quince años después, las miradas eran más hostiles. Su dolor y desconcierto habían cristalizado en una forma más pura de ira y odio. En el juicio, Wade Larue había eludido las miradas. Pero ya no. Ahora mantenía la cabeza erguida. Los miraba a los ojos. Su compasión, su comprensión, habían sido diezmadas por la incapacidad de esa gente para el perdón. Él nunca había pretendido hacer daño a nadie. Ellos lo sabían. Él había pedido perdón. Había pagado un precio muy alto. Ellos, esas familias, preferían seguir odiando.
Al diablo con ellos.
Sandra Koval peroraba con elocuencia desde el asiento a su lado. Habló de las disculpas y el perdón, de pasar la página y de los cambios, de la comprensión y el deseo humano de una segunda oportunidad. Larue dejó de escucharla. Vio a Grace Lawson sentada al lado de Carl Vespa. Tendría que haberse asustado al ver a Vespa en carne y hueso, pero no, estaba ya más allá de eso. En cuanto entró en la cárcel, Wade recibió varias palizas, propinadas primero por hombres que trabajaban para Vespa y después por quienes querían congraciarse con él. Celadores incluidos. Le había sido imposible huir del constante miedo. El miedo, como el olor, se había convertido en una parte natural de él, en su mundo. Tal vez eso explicaba por qué ahora era inmune a él.
Larue hizo amigos en Walden, pero la cárcel no ayuda a formar el carácter, pese a lo que contaba Sandra Koval a su público en esos momentos. La cárcel lo despoja a uno hasta dejarlo en su estado más escueto, el estado de la naturaleza, y lo que se hace para sobrevivir nunca es bonito. Da igual. Ya estaba fuera. Eso formaba parte del pasado. Ahora había que seguir adelante.