– Entonces te sugiero que busques la manera de convencer a la damisela en cuestión de que acepte un matrimonio a distancia, hermanito.
Aquello sí que era un reto, pensó Roman. Charlotte no estaba preparada para oír las palabras «matrimonio» o «hijos» de sus labios. Cielos, tampoco él estaba seguro de estar preparado para pronunciarlas. Pero tenía que empezar por algún sitio.
– ¿Qué me dijiste cuando quise hacer mi primera entrevista y escogí al alcalde? -Había sido cuando tenía dieciséis años y estaba convencido de que iba a comerse el mundo como reportero.
– Empieza lentamente y ya irás aprendiendo. Lo mismo que me dijo papá. Estoy impresionado. Me cuesta creer que esas palabras se te quedaran grabadas en esa cabecita tan dura que tienes. -Chase soltó una carcajada.
– ¿Te refieres a que aparqué delante de la oficina del alcalde y no me moví hasta que respondió a mis preguntas en vez de ir al presidente de la asociación de padres y maestros como sugeriste? -Roman se rió al recordarlo.
– Con respecto a Charlotte, voy a seguir tu viejo consejo -le dijo a Chase-. Pero no te lo tengas muy creído.
Roman empezaría poco a poco. Pasar tiempo con ella y volver a conocerla mejor sería un placer. No tenía que preocuparse de seducirla. La atracción surgía por sí sola siempre que él y Charlotte estaban juntos. Si la cosa funcionaba, él tendría la carrera que le gustaba y la mujer que siempre había querido, no sólo en la cama sino en la vida.
Se dirigió hacia la puerta.
– ¿Adónde vas?
Se volvió hacia Chase.
– A asegurarme de convencer a Charlotte de que me deje formar parte de su vida, hasta el punto de quererme para siempre.
Charlotte cerró la tienda a las cinco. Tenía la noche del sábado por delante. Se frotó los ojos y miró a Beth, que jugueteaba con un lápiz entre los dedos.
– ¿En qué estás pensando? -preguntó Charlotte a su amiga.
– En nada.
– Tonterías. Llevas las dos últimas semanas evitando hablar en serio conmigo. Necesitas a una amiga y aquí me tienes. Así que déjame ayudarte, por favor.
Beth meneó la cabeza.
– Ojalá pudiera, Charlotte, pero no lo entenderías.
Charlotte no sabía si debía ofenderse.
– ¿Tan insensible te parezco?
– No, pero eres de ideas fijas. Cualquier relación que se parezca a la de tus padres recibe inmediatamente tu desaprobación. No me apetece oírlo.
A Charlotte se le formó un nudo en la garganta mientras se acercaba a su amiga.
– Nunca he pretendido juzgarte. Siento que lo digas. Si he hecho o dicho algo que te ha dolido, perdóname. Pero Beth, eres una mujer hermosa, prometida al hombre que quieres y aun así te sientes desgraciada. ¿Por qué? -Charlotte tragó saliva porque no quería sonar reprobatoria-. ¿Porque tú estás aquí y él en la ciudad?
Beth negó con la cabeza.
– No es sólo eso.
– Por favor, explícamelo. Te prometo que te escucharé sin juzgarte. -Charlotte tiró de la mano de Beth y la condujo a los sillones de la zona de espera-. Iré a buscar algo para beber y me lo cuentas, ¿de acuerdo?
Al cabo de unos segundos, con una lata de refresco para cada una, Charlotte volvió junto a Beth. Se sentó con las piernas recogidas bajo el cuerpo.
– ¿Os conocisteis en Navidades? -Hizo que Beth empezara por el principio.
– Sí. Norman celebró su fiesta anual y David estaba en el pueblo, visitando a los Ramsey, Joanne es su tía materna. Bueno, da igual, nos presentaron, empezamos a hablar… y esa noche me enamoré. Supe que era el hombre de mi vida.
– ¿De qué hablasteis? ¿Cómo supiste que era el hombre de tu vida? -Charlotte se inclinó hacia adelante, ansiosa por oír que sus sospechas sobre David eran injustificadas, que él y Beth tenían realmente más objetivos e intereses en común de lo que ella había visto hasta el momento.
– Sobre todo de su trabajo. Tiene clientes famosos, pero también mujeres normales y corrientes que necesitan un cambio para aprovechar al máximo su potencial.
– Suena interesante -mintió Charlotte-. Y cuando te acompañó a casa, ¿te besó bajo las estrellas? -Charlotte quería para Beth la historia con final feliz que ella todavía no había vivido.
– No, de hecho se portó como un caballero. Me dio un beso en la mejilla y…
Charlotte colocó la mano encima de la de Beth.
– ¿Y qué?
– Me dio su tarjeta y me dijo que si alguna vez iba a Nueva York le hiciera una visita. Que estaba seguro de poder maximizar mi belleza.
A Charlotte se le cayó el alma a los pies al entender que sus peores temores se confirmaban.
– Beth, no quisiera equivocarme, así que corrígeme si es necesario, ¿por qué pensaste que tenías que maximizar lo que era hermoso de por sí? Nadie es perfecto, querida.
– Pues tal como era no atraía al hombre adecuado -repuso ella a la defensiva.
– Es que no puede decirse que en Yorkshire Falls abunden los hombres «adecuados». -Aparte de Roman.
Charlotte se quitó esa idea de la cabeza inmediatamente. Era el hombre equivocado, adecuado sólo para unas cuantas semanas, se recordó con crueldad. Acto seguido, volvió a centrarse en Beth.
– ¿Qué pasó a continuación?
– Fui de viaje a Nueva York. Siempre había querido ver un espectáculo de Broadway, así que convencí a mi madre para que fuéramos a pasar un fin de semana. Nos alojamos en un hotel, fuimos a ver un espectáculo, invité yo, y pasamos un buen fin de semana. -Se mordió el labio inferior-. Mandé a mamá a casa el domingo, y el lunes visité a David en su consulta. A partir de ahí, todo fue muy rápido. Al cabo de un mes estábamos prometidos.
– ¿Después de ponerte los implantes?
Beth apartó la mirada rápidamente.
– Se portó fenomenal. Totalmente centrado en mí y en mis necesidades.
En lo que quería crear, pensó Charlotte. Al hombre no le interesaba la mujer increíble que Beth ya era. Dio un sorbo al refresco.
– ¿Fuiste muchas veces a Nueva York?
Beth asintió.
– Y él vino aquí la mayoría de los fines de semana a partir de entonces. Teníamos unos planes increíbles -dijo, al tiempo que los ojos le brillaban por el recuerdo, pero sin perder el atisbo de tristeza y realidad-. Tiene un ático precioso, con vistas al East River y en una zona con muchos comercios. Hay montones de tiendas de niños. Estábamos de acuerdo en tener hijos pronto y él me dijo que quería que yo me quedara en casa a criarlos.
– ¿Puedo hacerte una pregunta personal? -Charlotte sabía que sonaría sentenciosa y sesgada, basada en la experiencia de su madre, pero, en el caso de Beth, Charlotte tenía el presentimiento de no estar equivocada.
– Adelante -dijo Beth con recelo.
– Un hombre con tanto dinero y con el que compartías los mismos sueños… ¿por qué no te propuso que te fueras a vivir con él de inmediato? Sin duda podía costeárselo, así que ¿por qué estar separados?
– ¡Porque cree en el noviazgo tradicional! ¿Qué tiene eso de malo? No todos los hombres que no se quedan en Yorkshire Falls son unos crápulas como tu padre. -Beth abrió mucho los ojos y en seguida se le empañaron de lágrimas-. Oh, cielos, lo siento. He dicho una cosa horrible.
– No, has sido sincera -repuso Charlotte con voz queda-. Te hago preguntas legítimas y estás a la defensiva. ¿De qué tienes miedo, Beth?
– De que haya encontrado a otra que le interese más. -Su amiga se secó los ojos-. Ya había estado prometido con una paciente -reconoció Beth.
– ¿Con una paciente? -Charlotte tenía la impresión de que el doctor Implante era de los que se enamoraban de sus creaciones, no de las mujeres cuyos cuerpos retocaba, y que dejaban de interesarle en cuanto descubría otro proyecto.
En Beth había encontrado a la mujer ideal, porque, a pesar de su buena presencia natural, nunca se había sentido perfecta, algo que Charlotte sabía desde que eran adolescentes, aunque nunca había alcanzado a entenderlo.