– O sea, que no le interesaste hasta que decidiste materializar sus sugerencias de cirugía estética, ¿no? -Charlotte esperaba haber logrado que Beth fuera comprendiendo la dolorosa verdad poco a poco para que llegara a esa conclusión por sí misma.
– No -repuso con voz queda-. Y hace tiempo que intuía la verdad. Incluso estando aquí se mostraba distante. Si hablábamos de algo, era sobre cambiarme. -A Beth se le volvieron a llenar los ojos de lágrimas-. ¿Cómo he podido ser tan imbécil? ¿Estar tan desesperada?
Charlotte tomó la mano de su amiga.
– No eres imbécil ni estás desesperada. A veces vemos lo que queremos ver porque lo deseamos con todas nuestras fuerzas. Tú querías que un hombre te amara. -Bajó la mirada hacia el refresco de cola que tenía en la mano-. Eso es lo que queremos todas.
– ¿Tú también?
Charlotte soltó una carcajada.
– Sobre todo yo. Sólo que soy más consciente de los riesgos que la mayoría, por lo mucho que he visto sufrir a mi madre al intentar retener a un hombre que no quería estar atado. -Le dio vueltas a la lata entre las palmas-. ¿Por qué piensas que no espero más de la vida? ¿Alguien que me quiera, por ejemplo? -Al notar el calor de la mirada de Beth, Charlotte alzó la vista.
– Porque eres muy independiente. Te marchaste, fuiste en busca de tus sueños, volviste y los materializaste. Yo me quedé aquí, en un trabajo sin porvenir, hasta que me introdujiste en el mundo de la moda, algo que siempre me había gustado. Pero necesité tus agallas para atreverme a dar un paso en la dirección correcta.
– Tenías motivos para quedarte y para ti eran válidos. -Charlotte miró a su alrededor y contempló la tienda, decorada con encaje blanco de fantasía-. No habría podido hacer todo esto yo sola. Tú también tienes parte del mérito por el éxito. Mira este lugar y siéntete orgullosa. Yo lo estoy. -Volvió a mirar a Beth en espera de que su amiga reconociera la verdad con un asentimiento de cabeza-. No sé de dónde procede tu inseguridad, pero ahora que eres consciente de ella, puedes intentar reforzar tu autoestima.
– La inseguridad siempre ha estado ahí. Dudo que tú sepas lo que es…
Charlotte negó con la cabeza. ¿Cómo era posible que Beth estuviera tan ciega como para creer que la vida de Charlotte era poco menos que perfecta?
– No sabes lo equivocada que estás. Por supuesto que entiendo la inseguridad. Lo que pasa es que creo que hay que trabajársela de dentro a fuera, no viceversa. ¡Eso explica la filosofía que hay detrás de esta tienda!
– Supongo que debería aprender. -Beth esbozó una sonrisa forzada-. ¿Roman forma parte de eso que llamas «trabajárselo»? No quieres comprometerte. ¿Eso se debe a que sabes qué es lo que te conviene?
Charlotte exhaló un suspiro. ¿Cómo explicarle a Beth los cambios con respecto a Roman?
– Roman es distinto. Nuestra relación es distinta.
– Aja. O sea que hay una relación.
– Breve -puntualizó Charlotte-. Los dos conocemos las reglas del juego.
– Siempre supe que había algo entre vosotros. ¿Eres consciente de que sólo quiso salir conmigo cuando se dio cuenta de que lo vuestro no funcionaba?
Charlotte negó con la cabeza. No era el momento de agravar las inseguridades de su amiga. Además, nunca había pensado que Roman recurriera a Beth para compensar su decepción amorosa. Charlotte no había querido pensar que su amiga hubiera significado gran cosa para él. Pero al planteárselo ahora, el estómago empezó a revolvérsele ante la posibilidad.
Sin embargo, en esos momentos Beth era quien necesitaba una inyección de confianza, no Charlotte.
– Venga ya. Tú eras la animadora principal más marchosa. Eras irresistible para él -dijo, transmitiéndole lo que había creído de corazón en aquel entonces.
Beth puso los ojos en blanco, recuperando por fin el sentido del humor y disfrutando de la situación.
– Lo pasamos bien, pero eso fue todo. No fue nada serio o irresistible. Yo intentaba olvidar a Johnny Davis y Roman olvidarte a ti.
– Beth…
– Charlotte… -la imitó su amiga, con los brazos en jarras-. Ahora me toca a mí explicarte algunas cosas de la vida. Hay distintos tipos de hombres y de relaciones. Está el hombre que es para siempre y el que está superando un desengaño amoroso, también llamado «hombre de transición». Con el que te lo pasas bien y luego sigues tu vida. Eso es lo que Roman fue para mí, y yo para él. -Hizo una pausa para pensar-. Creo que ha llegado el momento de que te plantees qué es Roman para ti.
– ¿Cómo te las has apañado para desviar la conversación hacia mí? -preguntó Charlotte.
– Porque somos amigas, como has dicho. Tú me necesitas tanto como yo a ti.
– Bueno, prometo explicarte lo que es Roman algún día. -Cuando consiguiera explicárselo a sí misma.
Beth consultó su reloj.
– Tengo que irme. Rick llegará de un momento a otro.
– ¡Ese playboy es el último hombre con el que deberías relacionarte! Sobre todo mientras estés prometida.
Beth se echó a reír.
– Rick y yo somos amigos. A-M-I-G-O-S.
Charlotte exhaló un fuerte suspiro de alivio.
– Rick me escucha y me hace reír. Las dos cosas que necesito ahora mismo. De hecho, hablar con un hombre me está dando la confianza necesaria para enfrentarme a David… y a mis temores. -Su sonrisa se apagó-. Luego tendré que plantearme la vida en solitario y descubrir quién soy y qué necesito.
– ¿Y si hemos subestimado a David? -Charlotte se sintió obligada a preguntar-. ¿Y si te quiere y…?
Beth negó con la cabeza.
– Nunca sabré si se enamoró de mí o de la mujer en que creyó convertirme. ¿Te he dicho que quiere arreglarme la nariz?
Charlotte dio un respingo en el asiento.
– Ni se te ocurra…
– No voy a hacerle caso, gracias a ti y a Rick. -Dio un fuerte abrazo a Charlotte-. Eres una buena amiga.
– Lo mismo digo. -Le devolvió el abrazo.
Llamaron a la puerta y Charlotte corrió a abrir.
Samson estaba en el exterior con el pelo encanecido mojado y una pila de cartas en la mano.
– ¿No coges el correo? -farfulló-. Si dejas las cartas fuera se las llevará el viento o se mojarán con la lluvia. Toma. -Le entregó el puñado de cartas.
– Gracias, Sam. -Las cogió y buscó en el bolsillo el dinero que recordaba haber metido allí por la mañana-. Ya sabes que nunca me acuerdo de recoger el correo. -Le tendió la mano con unos billetes arrugados en el puño-. ¿Puedes ir a buscar un refresco, traerlo y quedarte con el cambio?
Refunfuñó pero cogió el dinero con un destello de agradecimiento en sus ojos oscuros.
– ¿Hay algo más que no seas capaz de recordar tú sólita? -preguntó.
Charlotte reprimió una carcajada.
– Pásate por aquí el lunes por la mañana, tendré un paquete o dos para llevar a correos. -Entre otras cosas, para entonces habría acabado de empaquetar algunas bragas para sus cuentas.
Como suplemento especial del servicio, cuando acababa los pedidos antes de lo estipulado a Charlotte le gustaba sorprender a las clientas enviándoselos en vez de llamarlas y hacerlas ir a la tienda a recogerlos.
– ¿Qué te parece? -le preguntó a Sam.
– Que eres perezosa. Hasta entonces.
Charlotte sonrió y cerró la puerta con llave otra vez. El pobre hombre incomprendido. Negó con la cabeza. Cuando empezaba a revisar el correo sonó el teléfono.
– Ya respondo yo -le dijo a Beth.
Descolgó el auricular.
– El Desván de Charlotte, Charlotte al habla.
– Soy Roman.
Su voz profunda la envolvió de calidez y anhelo.
– Hola.
– Hola. ¿Qué tal? -preguntó él.
– He tenido un día muy ajetreado. Tendrías que haber visto las colas que se han formado en la tienda.
– Las he visto. Pero te he echado de menos. -Bajó la voz y adoptó un tono grave.