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Ya estaba casi amaneciendo.

Los efectos del tequila se habían evaporado de su sistema, y tenía que afrontar los hechos. Le gustase o no, había chantajeado a Roanna para hacer esto. Lo infernal era, que no era necesario que lo hiciera. Habría estado dispuesta a entregarse a él sin la condición de su regreso.

Algo le había pasado, algo que le había arrebatado su entusiasmo, su espontaneidad. Era como si finalmente se hubiese visto sobrepasada por todos los esfuerzos de querer obligarla a encajar en un cierto molde, y hubiese sucumbido.

No le gustó. Lo puso furioso.

Le gustaría patearse a si mismo por convertirse en uno más en larga lista de personas que la habían obligado a hacer algo que no quería. Daba igual que ella le hubiese correspondido. Tenia que dejarle bien claro que su regreso no dependía de si ella le dejaba usar su cuerpo. La deseaba, -maldición, si, la deseaba- pero sin ninguna condición o amenaza entre ellos dos, y era por su propia y maldita culpa, el encontrarse metido en esta situación.

Quería hacer las paces con Lucinda. Ya era hora, y el pensar en su muerte le hacía lamentar los años perdidos. Davencourt y el dinero no importaban, ahora no. Arreglar vallas importaba. Averiguar qué había provocado la extinción del brillo en los ojos de Roanna, importaba.

Se preguntaba si estarían preparados para el hombre en el que se había convertido.

Sí, tenía que regresar.

Capítulo 10

Roanna rara vez dormía bien, pero estaba tan agotada tras el duro viaje y el estrés emocional que cuando Webb la dejo por fin dormir, se hundió rápidamente en un profundo sueño. Cuando se despertó se sintió un poco aturdida, incapaz, por un momento, de recordar donde estaba, pero a través de los años se había acostumbrado a despertar en lugares donde no se había ido a dormir, así que no sintió pánico.

En cambio se quedó relajada mientras la realidad se entrometía en su mente. Fue consciente de algunas cosas inusuales: Una, esto no era Davencourt. Dos, estaba desnuda. Tres, estaba muy dolorida en todas sus zonas delicadas.

Entonces todo encajó, y se sentó de golpe en la cama, buscando a Webb. Enseguida supo que él no estaba ahí.

Se había levantado y vestido, dejándola sola en este horroroso motel. Durante la noche su ardor había derretido algo del hielo que la había mantenido encerrada durante tantos años, pero mientras permanecía allí sentada y desnuda entre una maraña de sucias sábanas, sintió de nuevo como la fría capa se solidificaba lentamente.

La historia de su vida, al parecer. Siempre se había sentido como si pudiera ofrecerle su cuerpo y alma, y aún así no quisiera amarla. Ahora lo sabía seguro. Junto a su cuerpo, le había dado su corazón, mientras que él solamente se la había estado follando.

¿De verdad había sido tan tonta como para creer que ella le importaba? ¿Por qué iba hacerlo? Ella no había hecho otra cosa que causarle problemas. Probablemente ni siguiera se sentía particularmente atraído por ella. Webb siempre tuvo la posibilidad de tener a cualquier mujer que quisiese, incluso las más guapas. No se podía comparar con el tipo al que él estaba acostumbrado, ni de cara ni de cuerpo; sencillamente estaba a mano, y él estaba cachondo. Vio la oportunidad de desfogarse y la tomó. Caso cerrado.

Su cara permanecía inexpresiva mientras que lentamente se bajaba de la cama, ignorando la incomodidad entre sus piernas. Entonces se percato de la nota en la otra almohada, garabateado sobre un bloc con el membrete del motel. Lo tomó, reconociendo de inmediato la escritura de Webb.

– Estaré de vuelta a la diez,- leyó. La nota no estaba firmada, pero tampoco era necesario. Roanna pasó los dedos sobre la escritura, entonces arrancó la nota del bloc y cuidadosamente la dobló y la metió en su bolso.

Miró su reloj: las ocho y media. Una hora y media para matar. Una hora y media de gracia antes de que tuviera que escucharle decirle que la pasada noche había sido un error, uno que no se volvería a repetir.

Lo único que podía hacer era volver a meterse en su severa y estilosa concha, así no tendría un aspecto lamentable cuando le diera pasaporte. Podía aguantar mucho, pero no creía que pudiese soportar que sintiese lástima de ella.

Su ropa estaba tan mustia y arrugada como ella. Primero lavó la ropa interior y la colgó sobre el ruidoso climatizador para que se secase, entonces giró el mando de la temperatura a caliente y puso en marcha la ventilación a toda potencia. Se llevó los pantalones y la blusa al pequeño cuarto de baño, y los tendió por encima de la puerta mientras se duchaba en el minúsculo cubículo que mostraba un suelo rajado y manchas amarillentas de agua.

El cubículo se lleno de vapor rápidamente, y para cuando al fin terminó, ambos, blusa y pantalones se veían más frescos.

El aparato de aire acondicionado era más ruidoso que eficiente, pero aún así la habitación rápidamente caldeó. Lo apagó e inspeccionó sus bragas; estaban secas excepto por un poco de humedad en la cinturilla. De todas formas se las puso y después se vistió antes de que llegase Webb. No era como si no hubiese visto ya todo lo que había que ver de ella, pensó, incluso también lo tocó, pero eso fue la noche anterior. Al irse de la forma que en que se había ido, había dejado bien claro que la pasada noche no significó nada para él, más allá del desahogo físico.

Peinó su lisa y densa melena hacia atrás y la dejo secar. Eso era lo mejor de un buen corte: que no necesitaba muchos cuidados. El poco equipaje que trajo estaba en el maletero de su coche de alquiler, que posiblemente seguía aparcado aún delante del pequeño, y mugriento bar, junto a la autopista, pero no sabía exactamente a que distancia se encontraba de él. El único maquillaje que tenía en su bolso era unos polvos compactos y un pintalabios de color neutro. Lo usó rápidamente, mirando lo justo su reflejo en el espejo para pintarse los labios.

Abrió la puerta para que entrara el aire fresco de la seca mañana del desierto, encendió la pequeña televisión atornillada a la pared, y se sentó sobre la única silla de la habitación, un artilugio incomodo con el sillín de vinilo desgarrado, que daba la impresión de haber sido robado de la sala de espera de un hospital.

No le estaba prestando demasiada atención a lo que emitían, alguna tertulia matinal. Era ruidoso, y eso era todo lo que necesitaba. Cuando a veces no podía dormir, encendía su propia televisión para que las voces la hicieran sentir no estar completamente sola en la noche.

Aún seguía allí sentada cuando un coche se detuvo justo en la puerta. Se apagó el motor al mismo tiempo que una nube de polvo se colaba dentro. Entonces se oyó una puerta abriéndose seguido de un portazo, el sonido de unas botas sobre el camino de cemento, y Webb llenó el marco la puerta. Su silueta destacaba contra la brillante luz del día, sus anchos hombros casi ocupando por completo el vano de la puerta de lado a lado.

No entró más. Todo lo que dijo, fue, -¿Estás lista?- y en silencio, ella se levantó, apagó la luz y la televisión, y recogió su bolso.

Le abrió la puerta de la furgoneta, su educación sureña saliendo a flote a pesar de una década de auto-exilio. Roanna se metió dentro, concentrándose en no estremecerse, en no traicionar su incomodidad física, y se sentó. Ahora que era de día, pudo ver que la furgoneta era de color gris oscuro metalizado, con el interior tapizado en gris, y que era bastante nueva. En el suelo había otra palanca de marcha, indicando que era con tracción a las cuatro ruedas, posiblemente necesaria para conducir a través del pasto.

Mientras Webb se deslizaba detrás del volante, la atravesó con una mirada indescriptible. Se preguntaba qué esperaba, que estuviese planeando una boda o por el contrario, un arranque de ira por haberla dejado sola esta mañana. No hizo ninguna de las dos cosas. Se quedó sentada en silencio.