– ¿Tienes hambre?- Ella negó con la cabeza, y entonces recordó que a él le gustaba respuestas verbales. -No, gracias.-
Hizo un gesto de disgusto con la boca mientras encendía el motor y daba marcha atrás, saliendo del aparcamiento. -Vas a comer. Has cogido algo de peso, y te sienta bien. No voy a dejar que tomes tu vuelo sin haber comido.
Ella no había reservado un vuelo de regreso, ya que no sabía el tiempo que iba a estar. Abrió la boca para comentárselo, pero entonces captó la dura expresión de sus ojos, dándose cuenta que le había reservado uno.
– ¿A qué hora me voy?-
A la una. Te conseguí un vuelo directo desde Tucson a Dallas. Tu conexión en Dallas está muy ajustada, cuarenta cinco minutos, pero llegarás a una hora razonable a Huntsville. Estarás en casa esta noche, sobre las diez, diez y media. ¿Tienes que llamar a alguien para que te vaya a recoger a Huntsville?
No.- Ella misma había conducido al aeropuerto, ya que nadie estaba dispuesto a levantarse a las tres y media de la mañana para hacerle ese favor. No, eso no era justo. No le había pedido a nadie que lo hiciese. Nunca le pedía a nadie que hiciesen nada por ella.
Para cuando hubiese terminado de comer, y parecía decidido a que ella así lo hiciese, tendría que marcharse casi de inmediato para poder devolver el coche de alquiler en el aeropuerto y conseguir llegar a tiempo a la puerta de embarque de su vuelo de regreso. No le había dejado tiempo ni para respirar, posiblemente adrede. El no quería hablar con ella, no quería pasar más tiempo de lo necesario en su compañía
– No muy lejos de aquí hay un sitio pequeño que sirven desayunos hasta las once. La comida es sencilla, pero buena.
– Déjame en el bar para que pueda recoger mi coche, dijo ella mientras miraba a través de la ventanilla, a cualquier sitio menos a él. -Pararé en un sitio de comida rápida.
– Lo dudo,- dijo él adusto. -Voy a vigilar cada bocado que te metas en la boca.
– Como de vez en cuando,- contestó ella en tono quedo. -Ya aprendí.
– Entonces no te importará si miro.
Ella reconoció ese tono de voz, el mismo que utilizaba cuando se le metía en la cabeza que tenías que hacer algo, así que era mejor no discutir. Cuando era más joven, ese tono era de un inmenso consuelo, simbolizaba la firmeza y la seguridad de una roca que tan desesperadamente necesitó después de la muerte de sus padres. Por una extraña razón aún seguía siendo un consuelo; puede que no le gustara, puede que no la deseara, pero al menos no quería que se muriese de hambre.
El pequeño restaurante al que la llevó no era mucho más grande que la cocina de Davencourt, con un par de reservados, un par de diminutas mesas, y cuatro taburetes alineados delante de la barra. El fuerte olor del bacon frito y las salchichas flotaba en el aire, entremezclándose con el del café y el del chile en polvo. Dos ancianos, curtidos por el sol, estaban sentados en el reservado de atrás, y ambos levantaron la mirada con interés cuando Webb escoltó a Roanna hacía el otro reservado.
Una delgada mujer de incalculable edad, su piel tan curtida y bronceada como la de los dos viejos, se aproximó al reservado. Sacó un bloc verde de notas del bolsillo de de los vaqueros y sujeto en alto el lápiz.
Evidentemente no había menú. Roanna miró a Webb interrogante.-Tomaré el desayuno básico, jamón y huevos a la plancha, con la yema cruda,-dijo él, -y ella tomará un revuelto simple, con tostada, bacon, y croquetas de patatas y cebolla. Café para ambos.
– Ya no podemos hacer huevos con la yema cruda. Normativa del departamento de salud,- dijo la camarera.
Entonces hecho por los dos lados, pero poco.
– De acuerdo. La camarera rasgó la hoja superior del bloc mientras se dirigía hacía el hueco abierto en la pared. Depositó la nota sobre la repisa. Betts! Tengo un pedido.
– Debes de comer aquí muy a menudo,- dijo Roanna.
– Normalmente paro aquí cuando estoy en la ciudad.
– ¿Qué significa revuelto simple?
– Sin chile.
Tenía en la punta de la lengua preguntarle si lo llamaban revuelto caprichoso pero se tragó el comentario. Sería muy fácil volver a caer en los viejos hábitos con él, pensó con tristeza. Pero había aprendido a dominar sus bromas, ya que mucha gente no apreciaba ni siguiera las más suaves. Antes Webb sí lo hacía, pero posiblemente porque quería ser amable.
La camarera puso dos humeantes tazas de café frente a ellos.
– ¿Crema?- preguntó, y Webb dijo, -No,- contestando por ambos.
– Me llevará al menos una semana, puede que dos, dejar las cosas arregladas por aquí,- dijo él de repente. -Me quedaré con el rancho, así que estaré yendo y viniendo. Davencourt no será mi única preocupación.-
Ella tomó un sorbo de café para ocultar su alivio. ¡A pesar de todo volvía a casa! Dijo que lo haría si ella se acostaba con él, pero hasta este momento no había estado segura si lo decía en serio. No habría supuesto una gran diferencia que ella supiese con certeza que le estaba mintiendo; sin importar lo que el día trajera, la pasada noche había sido un sueño hecho realidad, y se aferró a él con ambas manos.
– Lucinda no esperaba que vendieras el rancho, dijo ella.
– Y una mierda. Ella piensa que el universo gira alrededor de Davencourt. No hay nada que no hiciese para salvaguardarlo.- Se reclinó y estiró sus largas piernas, evitando cuidadosamente el contacto con las de ella. -Cuéntame lo que ha estado ocurriendo por allí. Mi madre me cuenta algunos acontecimientos, y también la tía Sandra, pero ninguna de ellas conoce el día a día. Lo que sí sé es que Gloria ha conseguido traerse toda la familia a Davencourt,
– No a todos. Baron y su familia aún viven en Charlotte.
– Vivir bajo el mismo techo que Lanette y Corliss es suficiente para que me plantee buscarme una casa para mí en la ciudad.”
Roanna no manifestó su conformidad, pero sabía exactamente a lo que se refería.
– ¿Y tú qué? Continúo él. -Sé que fuiste facultad en Tuscaloosa. ¿Qué te hizo cambiar de parecer? Pensé que querías asistir una universidad local.
Se marchó porque durante mucho tiempo le resulto más fácil que quedarse en casa. Mientras estuvo fuera, sus problemas de sueño no fueron tan graves, los recuerdos no fueron tan agudos. Pero empezó la universidad un año después de que él se marchara, y fue un año en el infierno.
No le contó nada de eso. En su lugar, se encogió de hombros y dijo, -Ya sabes cómo son las cosas. Una persona puede pasar sin ello, pero para tener los contactos adecuados tienes que ir a la Universidad.- No tuvo que explicar porqué, ya que Webb había pasado por lo mismo.
– ¿Hiciste el rollo de la hermandad femenina?
– Era lo que se esperaba.
Una reluctante sonrisa bailoteó en sus labios.
– No te puedo imaginar como una Pi Alfa. ¿Cómo te las arreglaste con esa pequeña sociedad de esnobs?
– Bien.- De hecho, habían sido muy amables con ella. Fueron ellas quienes le enseñaron a vestirse, cómo aplicarse el maquillaje, cómo mantener una conversación de sociedad. Pensaba que la habían visto como un reto y la habían adoptado como un proyecto.
La camarera se aproximó con tres platos humeantes de comida. Deslizó dos de ellos delante de Webb y el otro frente a Roanna.
– Grita si necesitas que te rellene la taza,- dijo con familiaridad, y los dejó solos.
Webb se dedicó a su comida, untando sus panqueques con mantequilla y empapándolos con sirope, para después condimentar generosamente con sal y pimienta los huevos. La rodaja de jamón cubría medio plato. Roanna miró la montaña de comida y después a su acerado cuerpo. Trató de imaginar la cantidad de trabajo físico que requería de tantas calorías, y sintió aún mucho más respeto hacía él.
– Come,- gruño él.
Obedeció y cogió su tenedor. Antes no hubiese podido con ello, pero el mantener sus emociones bajo control permitió que se asentara su estómago. El truco era tomarse todo el tiempo necesario y comer a pequeños bocados. Normalmente, para cuando todos los demás habían acabado, ella había conseguido comerse al menos la mitad de la suya, y era suficiente.