Lo mismo haría esta vez. Cuando Webb se reclinó hacia atrás, lleno, Roanna puso a un lado su tenedor. El se fijó en su plato con una larga y severa mirada, como calculando exactamente cuánto había comido, pero para su alivio, decidió no decir nada.
Una vez terminado el desayuno, la condujo al bar. El coche de alquiler permanecía solitario en el aparcamiento, se veía abandonado y fuera de lugar. Un cartel de CERRADO colgaba ladeado sobre la puerta de entrada del bar. A la luz del día, el edificio se veía todavía más destartalado que la noche anterior.
Cuando frenó para detenerse, el polvo se arremolinó alrededor de la camioneta, y Roanna permitió que la nube arenosa se asentara mientras sacaba la llave de contacto de su bolso.-Gracias por el desayuno,- dijo mientras abría la puerta y se deslizaba afuera. -Le diré a Lucinda que te espere.
El salió de la camioneta y caminó con ella hacía el coche de alquiler, deteniéndose justo al lado de la puerta para que ella no pudiese abrirla.-Sobre anoche,- dijo él.
El pánico la invadió. Dios, no podía escuchar esto. Metió la llave en la cerradura y la giró, esperando que captase la indirecta y se moviese. No lo hizo.
– ¿Qué pasa con anoche?- consiguió decir ella sin la más mínima entonación en la voz.
– No debería haber ocurrido.
Ella inclinó la cabeza. Había sido lo mejor que le había ocurrido jamás, y él deseaba que no hubiese pasado.
– ¡Maldita sea, mírame!- Al igual que había hecho la noche anterior, ahuecó su barbilla en su mano y le levantó la cabeza para que lo mirase a la cara. Su sombrero estaba calado sobre su frente, sombreando sus ojos, pero aún así ella pudo ver la severidad en ellos y en la apretada línea de su boca. Muy suavemente él le rozó los labios con el pulgar.-No estaba exactamente borracho, pero sí que había bebido mucho. Tú eras virgen. No debía haber puesto eso como condición para volver, y lamento lo que te hice.
Roanna mantuvo la espalda muy derecha y erguida. -Soy tan responsable como tú.
– No exactamente. No sabías en realidad en lo que te estabas metiendo. Por otro lado, yo sí sabía que no me ibas a rechazar.
No pudo escapar de su inflexible y verde mirada. Era igual que la noche pasada cuando se desnudó delante de él, excepto que ahora su desnudo era emocional. Le tembló el labio y rápidamente lo controló. No tenía sentido negar lo que estaba diciendo, ya que las acciones le habían mostrado la verdad. Cuando le ofreció la oportunidad de parar lo que estaba sucediendo, le había suplicado que continuara.
– Nunca fue un secreto lo que sentía por ti, dijo finalmente. -En cualquier momento, único que tenías que haber hecho era chasquear los dedos y yo hubiese ido a ti y te hubiese dejado hacer cualquier cosa conmigo, lo que quisieras.- Trató de sonreír. No le salió demasiado bien, pero era mucho mejor que echarse a llorar. -Eso no ha cambiado.
Él examinó su cara, tratando de ver más allá de la frialdad de su expresión. Un destello de amarga frustración iluminó sus ojos. -Sólo quería que supieses que mi regreso no depende de que te hayas acostado conmigo. No tienes que convertirte en una puta para asegurarte de que Lucinda consigue lo que quiere.
Esta vez no pudo controlar el temblor. Se apartó de él y le regaló otra sonrisa, esta aún más forzada que la primera.-Entiendo,- se obligó a contestar, con frágil calma. -No te molestaré.
– Y un cuerno que no lo harás,- gruño él. -Me has estado molestando durante gran parte de tu vida.- Se inclinó hacía adelante, mirándola con el ceño fruncido. -Me molestas sólo al estar en la misma habitación que yo. Me molestas con sólo respirar.- Furiosamente la arrastró hacia él y aplastó su boca sobre la de ella.
Roanna se encontraba demasiado asombrada para reaccionar. Lo único que pudo hacer fue permitir que la abrazara con fuerza, abriendo la boca ante la demanda de la suya. Fue un beso profundo e íntimo, su lengua moviéndose contra la de ella, y pudo sentir la rígida protuberancia de su erección presionando contra su vientre.
La apartó de él tan repentinamente como la había agarrado.
– Ahora corre de vuelta junto a Lucinda y dile que la misión está cumplida. Si le quieres contar o no cómo lo conseguiste, eso es cosa tuya.- Abrió la puerta del coche y la instó a entrar. Entonces se quedó mirándola un breve momento. -Y no entiendes ni una puñetera cosa,- le dijo sin alterarse, antes de cerrar la puerta y regresar a su furgoneta.
Capítulo 11
Cuando Roanna recorrió la larga calzada de Davencourt esa noche, estaba tan exhausta del segundo día de viaje ininterrumpido como lo había estado el primero, y gimió en voz alta al ver que las luces todavía brillan como un faro en la casa principal. Esperaba que todos se hubieran acostado, y así ella podría juntar fuerzas para hacer frente al interrogatorio que sabía inevitable. Esperaba incluso poder dormir un poco más que la noche anterior, aunque sabía que era improbable. Y si no podía dormir, entonces al menos podría revivir aquellas horas tumultuosas, saborear los recuerdos de su cuerpo desnudo contra el suyo, los besos, las caricias, los asombrosos e infinitos momentos en los que él realmente había estado dentro de ella. Y cuando se sintiera más tranquila, pensaría en el resto de lo sucedido, las cosas hirientes que él había dicho y en el hecho de que no la deseara más… Pero ¿entonces por qué la había besado? Estaba demasiado cansada para pensar coherentemente, así que el análisis tendría que esperar.
Utilizó el mando a distancia para abrir el garaje, y frenó cuando los faros toparon con un coche ya aparcado en su plaza. Suspiró. Corliss otra vez, aprovechándose de la ausencia de Roanna para aparcar su coche dentro. El garaje tenía sólo cinco plazas, y éstas eran de Lucinda, aunque ya no conducía, de Roanna, de Gloria y Harlan, y Lanette y Greg, quienes sólo tenían un coche. Brock y Corliss, se suponía que aparcaban sus coches fuera, pero Corliss tenía la costumbre de ignorar esto y aparcar su coche en cualquier espacio que estuviera vacío.
Roanna aparcó su coche junto al de Brock y agotada salió de él, arrastrando su pequeña maleta con ella. Pensó en escabullirse por la escalera exterior y rodear la casa por la terraza superior hasta su habitación en la parte de atrás, pero había cerrado las puertaventanas antes de marcharse y no podía entrar por este camino. En cambio entraría por la cocina y con la esperanza de llegar hasta la escalera principal sin que nadie lo notara.
La suerte no estaba de su parte. Cuando empujó la puerta de cocina y se abrió, Harlan y Gloria estaban sentados en la mesa, devorando un par de gruesas rebanadas del pastel de coco de Tansy. Ninguno de ellos iba en pijama aún, que lo que quería decir que habían estado viendo la televisión en la enorme pantalla de la salita.
Gloria tragó a toda prisa.- ¡No has podido encontrarlo! – exclamó, mostrando abiertamente lo feliz que la hacía el que Roanna estuviera sola. Y a continuación le dirigió a Roanna una astuta mirada de complicidad. -No es que lo hayas intentado con todas tus fuerzas, ¿verdad? Bueno, no diré nada. De todas formas estaba convencida de que era una locura por parte de Lucinda. ¿Por qué demonios iba a quererlo aquí de vuelta? Sé que Booley no lo detuvo, pero todo el mundo sabía que era culpable, solo que no había modo de demostrarlo…
– Lo encontré,- la interrumpió Roanna. Tenía la cabeza embotada de la fatiga, y quiso interrumpir el interrogatorio. -Tenía negocios de los que ocuparse, pero vendrá a casa dentro de un par de semanas.
El color de Gloria se evaporó, y se quedó mirando boquiabierta a Roanna. El trozo de pastel a media masticar que quedó al descubierto resultaba poco apetitoso. Entonces dijo, Roanna, ¿cómo has podido ser tan estúpida? – En cada palabra fue elevando más el tono hasta finalizar chillando. -¿No eres consciente de todo lo que vas a perder? ¡Todo esto podría haber sido tuyo, pero Lucinda se lo devolverá todo a él, recuerda mis palabras! ¿Y qué pasa con nosotros? Por qué, podríamos acabar todos asesinados en nuestras camas, al igual que la pobre Jessie…