– Jessie no fue asesinada en su cama,- dijo Roanna, con cansancio.
– ¡No hiles tan fino conmigo, sabes lo que quería decir!
– Webb no la mató.
– ¡Bueno, pues el sheriff pensó que él lo había hecho, y estoy segura de que sabe más sobre ello que tú! Lo escuchamos decir que haría lo que fuera para deshacerse de ella.
– También lo oímos decirle que pidiera el divorcio.
Gloria tiene razón,-intervino Harlan, frunciendo sus pobladas cejas con preocupación. -No sabemos lo que es capaz de hacer.
Normalmente Roanna no discutía, pero estaba agotada, y tenía aún los nervios en carne viva de su encuentro con Webb. -Lo que realmente os preocupa,- dijo, con voz átona, -es que él recuerde cómo le distéis la espalda cuando necesitaba vuestro apoyo, y os diga que os busquéis otro lugar donde vivir.
– ¡Roanna! -jadeó Gloria, ultrajada. -¿Cómo puedes decirnos algo así? Qué se suponía que teníamos que hacer, ¿ocultar a un asesino de la ley?
No había nada que ella pudiera decirles que cambiara su posición, y estaba demasiado cansada para intentarlo más tiempo. Que Webb se ocupara de esto cuando regresara. Le quedaba la energía justa para sentir tan sólo una leve punzada de interés ante la perspectiva. Si pensaban que antes era intimidatorio, que esperaran a ver con lo que iban a tener que tratar ahora. Él era mucho más despiadado y poderoso.
Dejando a Gloria y Harlan descargando su rabia en el pastel de coco, Roanna se arrastró hasta arriba. Lucinda estaba ya en la cama; últimamente se cansaba con facilidad, otro síntoma de su mala salud, y a menudo estaba dormida a las nueve. Podía esperar a mañana para contarle que Webb regresaba a casa.
Roanna esperó ser capaz de dormir algo ella misma.
“Si los deseos fueran monedas…” Varias horas más tarde, echó un vistazo a la esfera luminiscente de su reloj y vio la manecilla de las horas arrastrarse hacia el dos. Sentía los ojos arenosos por la falta de sueño, y su mente estaba tan embotada por la fatiga que apenas podía pensar, pero el sueño seguía tan inalcanzable como siempre.
Ella había soportado muchas noches como ésta, esperando en la interminable oscuridad a que llegara la mañana. Todos los libros sobre insomnio aconsejaban a la víctima salir de cama, para no convertirla en el símbolo de su frustración. Roanna ya había desarrollado ese hábito, pero el libro tampoco había resultado de ayuda. A veces leyó para pasar las horas, a veces emprendía interminables solitarios, pero lo más común es que permaneciera sentada en la oscuridad, esperando.
Eso era lo que hacía ahora, porque estaba demasiado cansada para nada más. Se acurrucó en un enorme sillón, bien mullido y lo bastante grande para dos. El sillón había sido un regalo de Navidad de hacía cinco años, y ella no sabía lo que haría sin él. Cuando conseguía quedarse dormida, aunque lo normal era justo lo contrario, era en el sillón. En invierno se envolvía en una de sus mantas afganas, la más suave y gruesa y contemplaba cómo la noche se arrastraba lentamente por delante de sus ventanas, pero ahora era verano y sólo un fino camisón, sin mangas, aunque tenía el dobladillo remetido sobre sus pies desnudos. Había abierto las puertaventanas y ella podría escuchar los consoladores sonidos de la cálida noche. Una tormenta descargaba en la distancia; veía los relámpagos, que iluminaban purpúreos nubarrones, pero la tormenta estaban más lejos que los truenos, y cuando podía oírlos, sonaban tan sólo un débil retumbar.
Si tenía que estar despierta, las noches de verano eran lo mejor. Y entre insomnio y lo otro, prefería el insomnio. Cuando dormía, nunca sabía dónde se despertaría.
No creía haber abandonado nunca la casa. Siempre permanecía dentro, y sus pies nunca aparecieron sucios, pero de todos modos la asustaba pensar en ella misma vagando por todo el edificio sin ser consciente de ello. Había leído sobre los sonámbulos. Ellos podían evidentemente subir y bajar escaleras, pasear e incluso mantener una conversación mientras seguían dormidos. No era de mucho consuelo, porque ella no quería hacer nada de esto. Lo que ella quería era despertarse exactamente en el mismo sitio donde se había ido a dormir.
Si alguien la había visto alguna vez en sus paseos nocturnos, no lo había mencionado. No creía que lo hiciera cada vez que dormía, pero lo cierto es que no tenía modo de saberlo y no quería alertar a la familia de su problema. Sabían que sufría de insomnio, así que tal vez si alguien la había visto vagando fuera de su habitación en medio de la noche, aparentemente despierta, tal vez asumió que no podía dormir y se olvidó de ello.
Si se supiera que caminaba en sueños… No le gustaba pensara mal de nadie sin pruebas, pero no podía confiar en ciertos habitantes de la casa si supieran que era así de vulnerable. La posibilidad de que le hicieran alguna jugarreta era demasiado grande, sobre todo por parte de Corliss. En cierto modo Corliss le recordaba a Roanna mucho a Jessie, aunque ambas sólo eran primas segundas, lo que significaba que no compartían demasiados genes. Jessie actuaba con la mente fría, pero tenía un carácter más volcánico. Corliss no planeaba nada, actuaba a impulsos, y no era propensa a las rabietas. Sobre todo parecía impaciente e infeliz, y le gustaba hacer infelices a los demás. Fuera lo que fuera lo que quería de la vida, no parecía haberlo conseguido.
Roanna no creyó que Webb se fuera a llevar bien con Corliss en absoluto.
Pensar en Webb la llevo a completar de nuevo el círculo de sus pensamientos, sobre cómo había empezado el día, aunque estos no se habían apartado de él demasiado, en primer lugar.
No sabía qué pensar. No era nada buena analizando una relación hombre-mujer, porque nunca había tenido una. Todo lo que sabía era que Webb había estado enojado, y un poco achispado. Si él no hubiera estado bebido probablemente no la habría presionado de la forma en que lo había hecho, pero lo que estaba claro es que ella se había ido a la cama con él sin ofrecer la menor resistencia. Las circunstancias habían sido humillantes, aquella parte oculta de de ella se había deleitado con la oportunidad.
No se arrepentía de haberlo hecho. Si no le volvía a suceder nada bueno durante el resto de su vida, al menos había yacido en los brazos de Webb y sabía lo que se sentía al hacer el amor con él. El dolor había sido más intenso de lo que había imaginado, pero no había podido ensombrecer la alegría que había sentido, y por último la satisfacción.
El tequila podía justificar la primera, y puede que la segunda vez que hicieron el amor, pero ¿y las otras veces? Seguramente él estaba ya sobrio antes de la tercera vez que la tomó, en medio de la noche, y la cuarta, justo antes de alba. Todavía se sentía tiernamente magullada en su interior de hacer el amor, aunque lo atesoraba porque esa leve incomodidad le recordaba aquellos momentos.
Él no había sido un amante egoísta. Puede que estuviera enfadado, pero aún así la había satisfecho, a veces más de una vez, antes de permitirse él mismo la liberación. Sus manos y su boca habían sido tiernas sobre su cuerpo, cuidándose de no añadir dolor al ella había experimentado ya cuando se introdujo por primera vez en ella.
Pero después él se había escabullido de la cama y la había dejado sola en el motel, como si fuera un polvo de consolación. ¿No era así cómo en aquella región salvaje, los borrachos llamaban a una mujer que era tan fea que, cuando el hombre se despertaba y la veía dormida en sus brazos, prefería arrancarse los brazos antes que despertarla? Al menos Webb había dejado una nota. Al menos había vuelto, y no la había obligado a regresar a su coche de alquiler como pudiera.