Sin embargo, la suite de Lucinda era la única que la igualaba en tamaño. Gloria y Harlan ocupaban un juego más pequeño de habitaciones, al igual que Lanette y Greg. El cuarto de Roanna era una sola habitación, espaciosa, pero no una suite. El cuarto de Brock era igual. Había cuatro dormitorios más, pero de una sola habitación también. Era un problema insignificante, pero el estatus era la cuestión subyacente. Roanna sabía que Webb no le daría importancia, pero comprendería las implicaciones de cómo se usaban los símbolos de estatus para dominar.
– Incluso si él no lo quiere, no creo que le guste que nadie más duerma allí,- dijo Lanette, mirando a su hija con expresión preocupada.
– Corliss frunció el ceño. ¡No pienso abandonar mi suite!
– Lo harás si Webb lo dice,- dijo Lucinda, terminante.-Dudo que a él le importe, pero me parece que no entiendes que lo que él diga es ley, sin excepción. ¿Está claro?
¡No! – dijo Corliss, petulante, arrojando su servilleta sobre la mesa. -¡Él mató a su esposa! No es justo que simplemente regrese y asuma…
La voz de Lucinda restalló como una fusta. -Otra cosa que quiero que quede muy clara es que Webb no mató a Jessie. Si oigo tal afirmación de nuevo, le ordenaré a quien lo dijo que abandone esta casa de inmediato. No lo apoyamos cuando más lo necesitaba, y estoy profundamente arrepentida. Será bienvenido por todos de vuelta a casa, o lo sabré.
El silencio siguió a esta terminante declaración. Por lo que Roanna sabía, esta era la primera vez que Lucinda había dicho algo sobre desahuciar a cualquiera de los residentes habituales de Davencourt. La familia era tan importante para ella que su amenaza evidenciaba lo importante que era para ella el regreso de Webb. Por culpa o por amor, o por ambos, Webb tenía su apoyo incondicional.
Satisfecha de haber dejado clara su posición, Lucinda se limpió delicadamente la boca con la servilleta. -El asunto de los dormitorios es difícil. ¿Qué opinas tú, Roanna?
– Deja que Webb decida cuando esté aquí,- contestó Roanna. -No podemos saber lo que querrá.
– Eso es verdad. Es sólo que quiero que todo esté perfecto para él.
– No creo que eso sea posible. Probablemente preferiría que actuemos como de costumbre y no montemos alboroto.
– No es que vayamos a celebrar una fiesta,- espetó Gloria.-No quiero ni pensar en lo que van a decir todos en la ciudad.
– Nada, si saben lo que les conviene,- dijo Lucinda. -Comenzaré de inmediato a aclarar a nuestros amigos y socios que si valoran la continuidad de nuestra amistad, se asegurarán de que Webb es tratado con cortesía.
– Webb, Webb, Webb,- dijo Corliss violentamente. -¿Qué lo hace tan especial? ¿Y nosotros? ¿Por qué no se lo dejas todo a Brock, si estás tan segura de que Roanna no puede manejar las cosas? ¡Somos tan parientes tuyos como Webb!
Se puso en pie de un salto y salió corriendo, dejándolos a todos en silencio. Incluso Gloria, que por lo general tenía la sensibilidad de un rinoceronte, parecía incómoda ante un arrebato tan descaradamente materialista.
Roanna se obligó a tomar un último bocado antes de rendirse al esfuerzo. Al parecer la “bienvenida” de Webb iba a ser aún más tensa de lo que había sido su despedida.
Capítulo 12
Diez días después, Webb estaba parado frente a la puerta principal como si fuera el dueño del lugar, lo que a efectos prácticos era cierto.
Eran las ocho de la mañana, y la luz del sol se colaba, ya intensa, a través de las ventanas, dando a las baldosas color terracota del vestíbulo un suave brillo dorado. Roanna bajaba las escaleras. A las nueve tenía una reunión con su agente de bolsa, que venía desde Huntsville, y quería revisar los detalles con Lucinda antes de su llegada. Ya estaba vestida para la reunión, con un ligero traje de verano de seda color melocotón y chaqueta a juego, ya que después tenía programada una reunión con el comisario del condado. Calzaba zapatos de corte salón beige de piel de serpiente, y se adornaba las orejas con unas sencillas perlas. Raras veces lucia otra joya que no fuera el reloj de pulsera, pero sus compañeras de la Hermandad Universitaria le habían enseñado el valor de ir bien vestida para las reuniones de negocios.
La puerta de calle se abrió, y ella hizo una pausa en la escalera, momentáneamente cegada por la deslumbrante luz del sol reflejada sobre el pulido suelo. Parpadeó ante la oscura figura cuyos amplios hombros y sombrero de ala ancha llenaban la mayor parte del vano de la puerta. Entonces él se adentró y la cerró, dejando caer su bolsa de viaje de piel al suelo, y su corazón casi se detuvo cuando lo reconoció.
Habían pasado diez días desde que él la había mandado de regreso a casa y no había enviado ni una palabra para avisar de su llegada. Comenzó a temer que después de todo no vendría, aunque antes Webb siempre había sido fiel a su palabra. Tal vez había decidido que los Davenport no merecían la molestia; no lo habría culpado por hacerlo.
Pero aquí estaba, quitándose el sombrero y mirando alrededor con ojos entrecerrados, como si estuviera evaluando los cambios ocurridos durante sus diez años de ausencia. Habían sido pocos, pero Roanna tuvo la sensación de que noto cada uno de ellos. Su mirada se había detenido brevemente sobre la alfombra que cubría la escalera. Cuando él se había marchado era beige; ahora era de color tostado, más espesa y menos delicada.
El impacto físico de su presencia casi la hizo tambalearse. Verlo allí parado asumiendo con naturalidad el mismo aire de autoridad de siempre, como si nunca se hubiera marchado, la sumió en una sensación de irrealidad, como si el tiempo no hubiera transcurrido.
Sin embargo, los cambios en él eran muy acusados. No era solamente que fuera diez años mayor o que vistiera vaqueros y botas en vez de pantalones de lino y mocasines. Antes, él atemperaba la fuerza de su personalidad con la cortesía y los modales de un educado caballero sureño, así era como se hacían allí los negocios. Ahora, en cambio, no la atenuaba con nada. Estaba allí, áspero y duro, y al infierno si a alguien no le gustaba.
Sus pulmones parecían haberse encogido, y luchó por respirar. Lo había visto desnudo, había yacido desnuda en sus brazos. Él le había succionado los pezones, había penetrado en ella. La sensación de irrealidad la hizo sentir mareada de nuevo. En la semana y media transcurrida desde la última vez que lo vio, su relación sexual había comenzado a parecerle un sueño, pero al verlo de nuevo, su cuerpo comenzó a palpitar otra vez, como si él acabara de retirarse de su interior y su carne todavía se estremeciera por su contacto.
Logró encontrar la voz.- ¿Por qué no has llamado? Alguien habría ido a recogerte al aeropuerto. Has venido en avión, ¿no?
– Llegué ayer. Alquilé un coche en el aeropuerto. Mamá y yo pasamos la noche en Huntsville con la tía Sandra, y esta mañana he conducido hasta aquí.
Su intensa y verde mirada estaba clavada en ella ahora, haciendo inventario del traje y las perlas, comparando, quizás, la sencilla elegancia de su ropa con la desgarbada y poco elegante adolescente que ella había sido. O quizás la comparaba con la mujer desnuda que se había retorcido bajo él, gritando mientras la llevaba al clímax. La había despachado bastante rápido, así que la visión no debía haber sido demasiado atractiva.
Ella se ruborizó violentamente y de inmediato el rubor desapareció tan rápido como había venido.
No podía continuar allí, de pie, como una idiota. Controlando cuidadosamente su respiración, bajó los pocos escalones que le quedaban y se detuvo a su lado.-Lucinda está en el estudio. Íbamos a repasar algunos documentos, pero estoy segura de que preferirá hablar contigo antes.