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La reunión concluyó más rápido que de costumbre. Apenas se había marchado el señor Whitten cuando Lanette entró despreocupadamente en el estudio. -Tía Lucinda, hay una especie de bolsa de viaje en el vestíbulo. ¿Es que el señor Whitten…?- Enmudeció completamente, mirando a Webb sentado tras el escritorio.

– Es mía.- Apenas levantó la vista de la pantalla del ordenador, donde examinaba el historial de los dividendos de un deposito.-La quitaré más tarde.

Las mejillas de Lanette palidecieron, pero se repuso con una risa forzada. -¡Webb! No sabía que habías llegado. Nadie dijo que te esperábamos hoy.

– No lo sabían.

– Oh. Bueno, bienvenido a casa. Su tono era tan falso como su risa. Se lo diré a mamá y papá. Acaban de terminar de desayunar, y sé que querrán darte la bienvenida en persona.

Webb alzó las cejas sardónicamente. -¿De verdad?

– Los traeré,- dijo ella, y huyó.

– Y sobre mi bolsa. Webb se reclinó contra el respaldo y se giró para quedar frente a Lucinda, quien seguía sentada en el sofá. -¿Dónde la pongo?

– Donde tú quieras, contestó Lucinda, con firmeza. -Tu antigua suite ha sido redecorada por completo. Corliss se ha instalado en ella, pero si tú la quieres, ella puede trasladarse a otro cuarto.

Él rechazó la oferta con una leve sacudida de cabeza. -Supongo que Gloria y Harlan habrán ocupado la otra suite, y Lanette y Greg la última. Dedicó una ilegible mirada a Roanna. Y tú, por supuesto, seguirás en tu vieja habitación de la parte de atrás.

Parecía desaprobarlo, pero Roanna no podía imaginar por qué. Sin saber qué contestar, prefirió no decir nada.

– Y Brock utiliza una de las habitaciones sencillas del ala izquierda, -dijo Lucinda, confirmando su suposición. -Sin embargo, no es un problema. He estado pensando sobre lo que se podría hacer, y sería muy sencillo abrir una puerta entre dos de los restantes dormitorios, comunicándolos, y convirtiéndolos así en una suite, con salón. Podría hacerse en una semana.

– No es necesario. Me instalaré en uno de los dormitorios de la parte de atrás. El de al lado de Roanna bastará. Sigue teniendo cama de matrimonio, ¿no?

– Todas las habitaciones la tienen ahora, excepto la de Roanna.

Él la miró con los ojos entrecerrados. -¿No te gustan las camas grandes?

La cama de motel donde habían hecho el amor era solo de cuerpo y medio. Debería haber sido demasiado pequeña para los dos, pero cuando una persona dormía prácticamente encima de la otra, eso reducía la necesidad de espacio. Roanna apenas pudo evitar el rubor.

– No necesito una más grande.- Ella echó un vistazo a su reloj y aliviada se puso en pie cuando vio la hora. -Tengo que irme a una reunión con el comisionado, y después tengo un almuerzo con el administrador del hospital en Florence. Estaré de vuelta sobre las tres.

Se inclinó para besar la arrugada mejilla que Lucinda le ofrecía. Conduce con cuidado,- le dijo Lucinda, como siempre hacía.

– Lo haré.- Había un matiz de fuga en su salida, y por la forma en que Webb la miraba, estaba segura de que él lo había notado perfectamente.

Después del almuerzo, Webb y Lucinda regresaron al estudio. Él había soportado la efusiva y embarazosamente falsa bienvenida de Gloria y Harlan, ignorando los malhumorados modales de Corliss, y había sido excesivamente mimado por Tansy y Bessie. Estaba claro como el infierno que sólo Roanna y Lucinda habían deseado su vuelta; el resto de su familia lamentaba obviamente que no se hubiera quedado en Arizona. La razón de esto estaba también bastante clara: se habían estado aprovechando de Lucinda durante años y tenían miedo de que él los echara de una patada en el culo. Y era para pensárselo. Oh, a Gloria y Harlan no. A pesar de lo mucho que le disgustaba tenerlos cerca, ambos frisaban los setenta, y las razones que diez años antes él mismo dio a Roanna para su traslado allí eran ahora incluso más validas. Pero en cuanto a los demás…

No tenía intención de hacer nada de inmediato. Desconocía los detalles de la situación individual de cada uno, y era más sencillo ponerse al corriente de todo antes de hacer nada que reparar las consecuencias de una decisión precipitada.

– Supongo que ansías decir lo que piensas,- dijo Lucinda, con sequedad, ocupando su asiento en el sofá. -Sabe Dios que te lo mereces. Esta es tu oportunidad para sacártelo de dentro, así que venga. Me quedaré aquí sentada, te escucharé, y mantendré la boca cerrada.

Seguía siendo tan indomable de espíritu como antes, pensó él, pero su cuerpo estaba peligrosamente débil. Cuando lo había abrazado, había notado la fragilidad de sus delicados huesos y había visto la apergaminada delgadez de su piel. No tenía buen color y su energía había disminuido. Sabía, por las cartas de Yvonne, que la salud de Lucinda no era buena últimamente, pero no se había percatado de la inminencia de su muerte. Era cuestión de meses; dudaba que llegara a la primavera.

Ella había sido la piedra angular de su vida. Lo había defraudado cuando la necesitó, pero ahora deseaba hacer frente a su ira. Era una medida de su fuerza de carácter, que antes él hubiese probado su virilidad en ciernes contra ella, y medido su crecimiento por cómo le hacía frente. Maldita fuera, aún no estaba preparado para dejarla ir.

Apoyó una cadera en el borde del escritorio. – Ya lo haré,- dijo calmadamente, y prosiguió con contenida violencia: -Pero primero quiero saber qué demonios le habéis hecho a Roanna.

Lucinda permaneció sentada en silencio un largo momento, con la acusación de Webb cerniéndose en el aire entre ellos. Miró fijamente por la ventana, contemplando la extensión de tierra bañada por el sol, punteada aquí y allá por las sombras de las esponjosas y mullidas nubes que flotaban a la deriva por el cielo. Todo era tierra de los Davenport, tan lejos como alcanzaba su vista. Siempre había encontrado gran placer en contemplarla, y todavía le gustaba hacerlo, pero ahora que su vida se acercaba a su final había descubierto otras cosas que tenían muchísima más importancia.

– Al principio no me di cuenta,- dijo ella, finalmente, con la mirada aún perdida en la lejanía. -La muerte de Jessie…bueno, hablaremos de eso más tarde. Estaba tan concentrada en mi propia pena que no lo noté hasta que casi perdimos a Roanna.

– ¿Perdido cómo?- Su tono era duro y áspero.

– Hasta que casi murió,- dijo Lucinda, con franqueza. Le tembló la barbilla, y se controló con severidad. -Siempre creí que Jessie era quién necesitaba desesperadamente ser amada, para compensar su situación… No me di cuenta de que Roanna lo necesitaba incluso más, pero es que ella no lo exigía del modo en que Jessie lo hacía. Qué extraño, ¿verdad? Amé a Jessie desde que nació, pero ella nunca fue para mí el apoyo que Roanna ha sido, ni se convirtió en algo tan importante como ella. Roanna es más que mi mano derecha; en estos últimos años, no habría podido arreglármelas sin ella.

Webb desechó todo eso, concentrándose en la única declaración que había capturado su atención. -¿Cómo que casi murió?- El solo hecho de pensar en Roanna muerta le sobrecogió hasta los huesos, y sintió un helado estremecimiento de temor cuando recordó su expresión culpable y atormentada el día del entierro de Jessie. No habría intentado matarse, ¿verdad?

– Dejó de comer. Bueno, nunca había comido demasiado, así que durante mucho tiempo no me di cuenta, casi demasiado tiempo. Todo estaba tan alborotado, no existía ningún horario para las comidas, y supongo que pensé que ella comía a deshoras, como hacíamos todos. También pasaba mucho tiempo en su habitación. No lo hizo deliberadamente,- le explicó Lucinda, suavemente. -Sólo… perdió el interés. Cuando te marchaste, se encerró en si misma. Se culpa de todo lo que pasó.

– ¿Por qué?- preguntó Webb. Roanna le había dicho que no había causado problemas deliberadamente, pero tal vez si lo había hecho, y lo admitió ante Lucinda.