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– Paso mucho tiempo antes de que ella pudiera hablar de ello, pero varios años después me contó lo que sucedió en la cocina, que te pilló por sorpresa cuando te besó impulsivamente. No sabía que Jessie estaba bajando, y, por supuesto, fue típico de Jessie el montar una enorme escena, pero para la forma de pensar de Roanna ella fue la causante de todo el problema con aquel beso. Si no te hubiera besado, tú y Jessie no habríais discutido, tú no hubieras sido culpado de la muerte de Jessie, y no te habrías marchado de la ciudad. Contigo lejos…- Lucinda sacudió la cabeza. -Siempre te ha querido tanto. Nos reíamos de ello cuando era más joven, creyendo que era adoración por su héroe y un enamoramiento infantil, pero no lo era ¿verdad?

– No sé. -Pero sí sabía, pensó. Roanna jamás se había autoprotegido en lo que a él respectaba. Demonios, nunca había sido buena con ninguna clase de subterfugios. Sus sentimientos siempre habían estado al descubierto, su orgullo tan vulnerable como su corazón. Su adoración por él había estado presente siempre, como un rayo de sol en su vida, y él se había limitado a aceptarlo aunque raras veces le prestara atención. Como la luz del sol, era algo que daba por sentado. Por eso se había puesto tan malditamente furioso cuando creyó que lo había engañado sólo para devolverle la pelota a Jessie.

Lucinda le dirigió una astuta mirada que le dio a entender que no se había tragado su negativa. -Después de que David y Karen murieran, tú y yo nos convertimos en los pilares de la vida de Roanna. Necesitaba nuestro amor y nuestro apoyo, pero la mayor parte del tiempo, no se lo dimos. No, déjame decirlo de otra forma, porque la mayor parte de la culpa es mía: yo no le di mi amor y mi apoyo. Sin embargo, mientras tú estabas aquí para quererla, se las arregló. Cuando te marchaste, se quedó sola, y se rindió. Casi la perdí antes de darme cuenta,- dijo Lucinda, con tristeza. Una lágrima rodó por su arrugada mejilla y se la secó. – Se quedó en treinta y seis kilos de peso. ¡Treinta y seis! Ella mide uno sesenta así que al menos debería pesar cincuenta y siete o cincuenta y ocho. No puedo describirte el aspecto tan lamentable que tenía. Pero un día la vi, la miré de verdad, y comprendí que tenía que hacer algo o la perdería también.

Webb no podía decir nada. Se levantó y se acercó a la ventana, con los puños profundamente hundidos en los bolsillos. Sus hombros estaban rígidos mientras permanecía de espaldas a Lucinda, y le costaba respirar. Oleadas de pánico recorrían su cuerpo. Dios santo, ella casi había muerto, y él no se había enterado.

– Sólo con decirle “tienes que comer” no habría servido de nada,- continuó Lucinda, las palabras salían de su boca como si se las hubiera guardado dentro demasiado tiempo, y necesitara compartir la pena. -Lo que necesitaba era una razón para vivir, algo a lo que aferrarse. Así que le dije que necesitaba su ayuda.

Se paró y tragó con dificultad antes de proseguir. -Nadie le había dicho nunca que la necesitaba. No comprendí… En cualquier caso, le dije que no podría arreglármelas sin ella, que esto era demasiado para mi y no podía ocuparme yo sola. Y no comprendí lo cierto que era, – dijo Lucinda, con ironía. -Se había encerrado en si misma. Fue una larga lucha, y durante un tiempo me sentí aterrorizada, creyendo que había llegado demasiado tarde, pero lo consiguió. Pasó un año antes de que su salud se restableciera lo bastante para poder ir a la universidad, un año antes de que dejara de despertarnos por la noche con sus gritos.

– ¿Gritos?- preguntó Webb. -¿Tenía pesadillas?

– Con Jessie.- La voz de Lucinda era grave y torturada por la pena. -Ya sabes que fue ella quien la encontró. Y esa era la forma en que gritaba por la noche, el mismo sonido, como si acabara de encontrarla y… y estuviera pisando la sangre de Jessie.- Las palabras comenzaron a salir temblorosas y luego se hicieron firmes, como si Lucinda no se permitiera esa debilidad. -Las pesadillas la llevaron al insomnio, como si el mantenerse despierta fuera la única forma en que podía evitarlas. Todavía lo sufre, y la mayoría de las noches no duerme nada en absoluto. Se las arregla con pequeñas siestas, principalmente. Si la encuentras dormida durante el día, no la despiertes por ninguna razón, porque probablemente ese sea el único descanso que consiga. Lo he convertido en una orden, que nadie la despierte por ningún motivo. Corliss es la única que lo hace. Deja caer algo o cierra de golpe una puerta y siempre finge que es un accidente.

Webb se giró, de espaldas a la ventana. Sus ojos parecían hielo esmeralda. -Puede que lo haga una vez más, pero será la última,- dijo con rotundidad.

Lucinda le dedicó una débil sonrisa. -Bien. Odio tener que decirlo de mi propia familia, pero Corliss posee una vena mezquina y ruin. Será bueno para Roanna tenerte aquí de nuevo.

Pero no había estado allí cuando ella más lo había necesitado, pensó Webb. Se había marchado, abandonándola para que se enfrentara sola al horror y a las pesadillas. ¿Qué era lo que Lucinda había dicho? Que Roanna había caminado sobre la sangre de Jessie. No lo sabía, no había pensado en la tensión que ella debía haber soportado. Habían asesinado a su esposa y él había sido acusado del crimen; estaba inmerso en su propia crisis, y había achacado la tensión de ella al sentimiento de culpabilidad. Debería haberla conocido mejor, porque él era el más cercano a Roanna de todos ellos.

Recordó la forma en que ella había hecho caso omiso de la condena unilateral de toda la ciudad y había deslizado su pequeña mano en la suya durante el funeral de Jessie, para darle apoyo y consuelo. Considerando los desenfrenados chismorreos que circulaba sobre que Jessie lo había pillado abrazando y besando a Roanna, había tenido que juntar mucho coraje para acercarse a él. Pero lo había hecho, sin importarle la perdida de su reputación, porque pensó que él la necesitaba. Y en vez de devolverle el apretón, o tener cualquier otro pequeño gesto para demostrarle su confianza en ella, la había rechazado.

Ella había estado allí para él, pero él no lo había estado para ella.

Ella había sobrevivido, pero ¿a qué precio?

– No la reconocí al principio,- reflexionó él, distraídamente, en voz alta. Su mirada no se apartó de Lucinda. -Y no fue sólo porque haya crecido. Es que sigue encerrada en si misma.

– Así fue cómo sobrevivió. Ahora es más fuerte; creo que se asustó muchísimo cuando comprendió lo débil y enferma que estaba. Nunca se ha permitido a si misma caer en eso otra vez. Pero lo logró encerrándose en su interior, y volviéndose impenetrable. Es como si tuviera miedo de sentir demasiado, así que no se permite sentir nada. No puedo llegar hasta ella, y Dios sabe que lo he intentado, pero esto también es culpa mía.

Lucinda enderezó los hombros como si recolocara una pesada carga, una que se hubiera vuelto tan familiar que ahora raras veces la notaba. -Cuando encontró a Jessie y comenzó a gritar, entramos todos corriendo en la habitación y la vimos parada de pie, junto al cuerpo. Gloria creyó de inmediato que Roanna había matado a Jessie, y eso fue lo que ella y Harlan le dijeron al sheriff. Booley puso a un ayudante a custodiarla mientras lo comprobaba. Estábamos todos juntos de pie, en un extremo de la habitación, y Roanna en el otro, completamente sola, excepto por el ayudante del sheriff. Nunca olvidaré la forma en que nos miraba, como si la hubiéramos apuñalado por la espalda. Yo debería haberme puesto de su parte, del mismo modo en que debería haberlo hecho contigo, pero no lo hice. No me ha llamado abuela desde entonces,- dijo Lucinda suavemente. -No puedo llegar a ella. Se ha cerrado a las emociones, y ni siquiera le importa el apellido Davencourt. Cuando le dije que iba a cambiar mi testamento a tu favor, si conseguía traerte de vuelta a casa, ni siquiera parpadeó. Quise que discutiera conmigo, que se enfadara, que se preocupara, pero no lo hizo.- La incomprensión vibraba en la voz de Lucinda, pues ¿cómo era posible que a alguien le resultara indiferente su amado Davencourt?