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Suspiró. -¿Recuerdas cómo era de pequeña, como una diminuta dinamo que jamás paraba quieta? Bajando las escaleras a la carrera, golpeando las puertas, gritando… Te juro que no poseía el menor sentido del decoro. Bien, ahora daría lo que fuera por verla dar brincos, aunque solo fuera una vez. Siempre decía lo incorrecto en el momento más inoportuno, y ahora apenas habla en absoluto. Es imposible saber lo que piensa.

– ¿Se ríe alguna vez?- preguntó él, en tono áspero. Había echado de menos sus risas, la contagiosa risita que se le escapaba cuando tramaba alguna travesura, sus profundas carcajadas cuando él le gastaba bromas, su alegre sonrisita cuando contemplaba a los potros retozando en los pastos.

Los ojos de Lucinda estaban tristes. -No. Apenas sonríe, y ya no ríe nunca. No se ha reído en diez años.

Capítulo 13

Roanna echó un vistazo a su reloj. La reunión con el Comisionado del condado estaba durando más que de costumbre, y tenía que marcharse pronto o llegaría tarde a su almuerzo en Florence. Los Davenport no tenían, oficialmente, ninguna autoridad con respecto a los asuntos del condado, pero era casi una tradición que un representante de la familia asistiera a las reuniones. El apoyo de los Davenport o la carencia del mismo, a menudo significaba la vida o la muerte para los proyectos del condado.

Al principio, cuando Roanna había comenzado a asistir a las reuniones en lugar de Lucinda, la mayor parte del tiempo había sido ignorada, o tratada con amable condescendencia. Se había limitado a escuchar y a informar a Lucinda; durante largo tiempo, eso fue todo lo que hizo. Pero después Lucinda, cuando tomó parte en los asuntos que la interesaron, se había encargado de decir, “Roanna piensa” o “la impresión de Roanna es,” y pronto los comisionados comprendieron que debían prestar atención a solemne joven que raras veces hablaba. Lucinda no había mentido; Roanna le transmitía sus ideas e impresiones. Siempre había sido observadora, pero tan activa que a menudo se le escapaban los detalles, como un fanático de la velocidad que es capaz de ver las señales de tráfico, pero circula demasiado rápido para poder leer el mensaje. Ahora Roanna era calmada y silenciosa, y sus ojos oscuros vagaban de rostro en rostro, absorbiendo los matices de las expresiones, del tono y de las reacciones. Todo esto se lo hacía llegar a Lucinda, quien entonces tomaba sus decisiones basándose en las impresiones de Roanna.

Ahora que Webb había regresado, él se ocuparía de asistir a las reuniones tal y como solía hacer. Esta era probablemente la última vez que se sentaría allí, escuchando y evaluando, otro lugar donde su utilidad había llegado a su fin. En algún recoveco, en las profundidades de su mente era consciente del dolor y el temor, pero se negó a dejarlos emerger.

Finalmente, la reunión llegaba a su final. Comprobó la hora una vez más y vio que disponía aproximadamente de unos cinco minutos antes de tener que marcharse o llegaría tarde. Por lo general, se tomaba un tiempo para charlar con cada uno de los presentes, pero hoy sólo tenía tiempo para intercambiar unas rápidas palabras con el Comisionado.

Ya venia hacia ella, un hombre corpulento y achaparrado, parcialmente calvo y con el rostro surcado de profundas líneas de expresión. Los pliegues se reorganizaron en una sonrisa cuando llegó hasta donde ella estaba, en su lugar de costumbre, al fondo del salón. -¿Cómo está, Roanna?

– Bien, gracias, Chet, contestó Roanna, pensando si debería informarle de la vuelta de Webb. -¿Y usted?

– No puedo quejarme. Bueno, podría, pero mi esposa me dice que nadie está interesado en escucharme. Se rió de su propia broma con ojos centelleantes. -¿Y cómo se encuentra la señorita Lucinda?

– Mucho mejor ahora que Webb está en casa,- dijo ella tranquilamente.

Él se la quedó mirando fijamente, boquiabierto, y durante un segundo la consternación fue evidente en su cara. Balbuceó,- “Santo Dios, ¿qué vamos a hacer?- antes de que el resto de su discurso se apagara al darse cuenta de que lamentarse no era lo apropiado. Se puso rojo como una remolacha y comenzó a tartamudear en su intento de dar marcha atrás. “Yo…ah… eso es… “

Roanna levantó la mano para detener su lapsus verbal. -Tomará de nuevo las riendas, por supuesto,- dijo, como si la vuelta de Webb fuera lo más natural del mundo. -Le llevará unas cuantas semanas ponerse al corriente de todo, pero estoy segura de que se pondrá en contacto con usted pronto.

El Comisionado inspiró profundamente. Parecía ligeramente trastornado, pero había recuperado la calma. -Roanna, no creo que eso sea una buena idea. Usted se ha estado ocupando de dirigirlo todo por la señorita Lucinda bastante bien, y la gente de por aquí se sentirá más cómoda con usted…

La mirada de Roanna era muy clara y directa. -Webb se ocupará de todo de nuevo,- dijo suavemente. -A Lucinda le apenaría mucho si alguien decidiera no seguir haciendo negocios con nosotros, pero, por supuesto, cada uno puede hacer lo que le parezca mejor.

La nuez del comisionado subió y bajo cuando tragó en seco. Roanna acababa de dejar muy claro que si alguien no aceptaba a Webb se encontraría sin el apoyo o el patrocinio de los Davenport. Ella nunca se enfadaba, ni alzaba la voz, jamás insistía en un punto, e incluso raras veces expresaba una opinión, pero la gente del condado había aprendido a no menospreciar la influencia que esta jovencita de mirada sobria ejercía sobre Lucinda Davenport. Además, a la mayor parte de las personas les gustaba Roanna; era así de simple. Nadie quería abrir una brecha en su relación con los Davenport.

– Esta será probablemente la última reunión mensual a la cual asistiré,- continuó ella.

– No estés tan segura de eso,- dijo una voz profunda, con tono perezoso desde la entrada justo detrás de ella.

Asustada, Roanna se giró para quedar frente a Webb mientras éste entraba en la habitación. -¿Qué? – dijo ella. ¿Qué hacía él aquí? Ni siquiera se había cambiado de ropa. ¿Tanto temía que ella estropeara algo que se había apresurado a unirse a la reunión con el Comisionado sin tomarse ni siquiera tiempo para deshacer el equipaje?

– ¡Hola Chet!,- estaba diciendo Webb tranquilamente, tendiendo su mano al hombre.

La cara de éste se congestionó. Vaciló, pero entonces el instinto de político prevaleció y estrechó la mano de Webb.- ¡Webb! ¡Hablando del diablo! Justamente Roanna me estaba diciendo que habías regresado a Davencourt. Tienes buen aspecto, verdadero bueno.

– Gracias. Tú también tienes un aspecto bastante próspero.

Chet se acarició el vientre y soltó una cordial carcajada. -¡Demasiado próspero! ¡Willadean dice que sigo una dieta de marisco… me como todo el que veo!

La gente que abarrotaba la habitación había notado la presencia de Webb, y un zumbido de inquietud crecía de volumen. Roanna echó un vistazo a Webb, y el destello de sus ojos verdes le dijo que era muy consciente del revuelo que su presencia estaba causando y no se sentía afectado por ello en lo más mínimo.

– No te creas que te has librado,- le dijo a Roana, dirigiéndole una sonrisa. -Solamente porque estoy en casa otra vez no significa que tú vayas a poder gandulear de ahora en adelante. Probablemente asistiremos juntos a las reuniones.

A pesar de su sorpresa, Roana asintió gravemente.

Webb miró el reloj. -¿No tenías un compromiso para almorzar en Florence? Vas a llegar tarde si no te das prisa.

– Ya me marchaba. ¡Adiós, Chet!.

– La veré en la próxima reunión,- dijo el Comisionado, usando todavía un aquel tono falsamente jovial, cuando ella paso por delante de él y salió de la habitación.

– Te acompaño al coche, – Webb saludó con la cabeza al Comisionado y se giró para caminar junto a Roanna.

Ella era intensamente consciente de su presencia, pegado a su codo, mientras salían cruzando el vestíbulo. Su alta figura dominándola con facilidad, aunque ella llevara tacones. No sabía que pensar sobre lo que acababa de ocurrir, así que no se permitió llegar a ninguna conclusión. Tal vez él verdaderamente quería que trabajaran juntos, tal vez solo lo había dicho para allanar el camino. El tiempo lo diría y no quería albergar falsas esperanzas. Si no esperaba nada, no se sentiría decepcionada.