Un rastro de cabezas girándose los siguió por el vestíbulo, cuando la gente reconocía a Webb y se daba la vuelta para mirarlo fijamente. Roanna apresuro el paso, queriendo salir del edificio antes de que pudiera desarrollarse alguna confrontación. Llegó al otro extremo, y el brazo de Webb apareció extendido delante de ella para abrir la puerta. Sintió el roce de su cuerpo contra su espalda.
Salieron a la deslumbrante luz y la pegajosa humedad de la mañana veraniega. Roanna sacó las llaves del bolso y deslizo las gafas de sol sobre su nariz. -¿Qué te hizo venir a la ciudad?- le preguntó. -No te esperaba.
– Pensé que hoy era tan buen momento como cualquier otro para romper el hielo.- Sus largas piernas mantuvieron con facilidad el rápido paso de ella. -Reduce la velocidad, hace demasiado calor para una carrera.
Obedientemente ella redujo su paso. Su coche estaba aparcado al final, y si recorría la distancia a toda prisa, estaría empapada en sudor cuando llegara a él. -¿Decías en serio lo de las reuniones?- preguntó.
– Mortalmente serio.- Él también se había puesto las gafas de sol, y los cristales oscuros le impedían leer su expresión. -Lucinda ha estado cantando tus alabanzas. Ya debes saberlo, así que sería un estúpido si no te utilizara.
Una cosa que Webb no era, especialmente en lo referido a los negocios, era tonto. Roanna se sintió mareada al pensar en trabajar con él. Había creído sentirse preparada para cualquier cosa, desde ser ignorada hasta que la despidiera, pero ni se le había pasado por la cabeza que querría su ayuda.
Alcanzaron el coche y Webb le quitó las llaves de la mano. Las giró en la cerradura, le abrió la puerta, y luego se las devolvió. Ella esperó un momento para que el calor acumulado en el interior se disipara un poco y después se acomodó tras el volante. -Lleva cuidado,- le dijo él, y cerró la puerta.
Roanna echó un vistazo por el retrovisor mientras salía del aparcamiento. Él caminaba a zancadas de vuelta al edificio; quizás había aparcado por aquella zona o tal vez regresaba adentro. Dejó que su mirada resbalara ávidamente sobre su prieto y musculoso trasero y sus largas piernas, solo durante un placentero segundo, y entonces se obligó a devolver su atención al vehiculo para internarse en el trafico.
Webb abrió su propio coche y se metió dentro. El impulso que lo había llevado a la ciudad había sido uno simple, pero poderoso. Quería ver a Roanna. Eso era todo, solamente verla. Después de las inquietantes revelaciones de Lucinda, los viejos instintos protectores habían asumido el control y quiso comprobar por si mismo que ella estaba bien.
Desde luego, estaba más que bien. Vio con qué habilidad había manejado a Chet Forrister, su compostura no se alteró ante la oposición del Comisionado…ni ante su inesperada aparición. Ahora entendía exactamente lo que Lucinda había tratado de explicarle cuando le dijo que ahora Roanna era más fuerte, que había cambiado. Roanna no lo necesitaba para librar sus batallas.
Comprenderlo, lo hizo sentir extrañamente privado de algo.
Debería haberse alegrado por ella. La Roanna niña había sido dolorosamente vulnerable, un blanco fácil para cualquiera que quisiera utilizar sus tiernas emociones como diana. Él la protegía constantemente, y su recompensa había sido su eterna y constante adoración Ahora ella se había forjado su propia armadura. Era fría y autosuficiente, una persona casi sin emociones, manteniendo al resto de la gente a una distancia tal que sus dardos apenas podían rozarla. Había pagado por aquella coraza con dolor y desesperación, casi con su propia vida, pero era de acero templado. Todavía sufría, en forma de insomnio y pesadillas cuando conseguía dormir, pero ella solucionaba sus propios problemas ahora.
Cuando había entrado en Davencourt hoy y la había visto allí, en la escalera, elegantemente vestida de seda, adornada con cremosas perlas y con el oscuro cabello peinado en un sofisticado e impecable estilo, casi había enmudecido por el contraste entre la alborotadora y desaliñada chiquilla que había sido y la elegante y estilosa mujer que era ahora.
Seguía siendo Roanna, pero era diferente. Cuando la había visto hoy, no vio a la pilluela deslenguada, a la torpe adolescente. La miró y pensó en el esbelto cuerpo bajo el vestido de seda, en la textura de su piel que rivalizaba en sedosidad con el lujoso vestido, en cómo sus pezones se habían erguido hasta su punto máximo ante su roce más leve durante aquellas largas horas en el motel de Nogales.
Había cubierto su cuerpo desnudo con el suyo, había extendido sus piernas abiertas de par en par, y tomado su virginidad. Incluso ahora, sentado dentro del coche, asándose de calor, tembló con el poder de los recuerdos. Dios, recordaba cada pequeño detalle, cómo se había sentido al penetrar en ella, la suave y calida estrechez de su cuerpo cuando se envainó en su interior. Recordaba lo delicada que la había sentido bajo él, dominando su pequeño cuerpo con su tamaño, su peso y su fuerza. Había deseado acunarla en sus brazos, protegerla, calmarla, darle placer; cualquier cosa, excepto detenerse. No había habido nada que lo hubiera podido detener
Aquellos recuerdos lo habían estado volviendo loco durante los diez últimos días, privándolo del sueño, interrumpiendo su trabajo. Cuando la había visto hoy, de nuevo, se había sentido sacudido por una oleada de pura posesividad. Era suya. Suya y la deseaba. La deseaba tanto que sus manos habían comenzado a temblarle. Había necesitado echar mano de todo su autocontrol para no subir las escaleras hasta donde ella permanecía en pie, tomarla del brazo y arrastrarla escaleras arriba a su dormitorio, a cualquier dormitorio, donde pudiera levantarle la falda y sepultarse dentro de ella una vez más.
Se había contenido por una sola razón. Roanna había construido con minucioso cuidado su coraza interior, pero toda defensa tenía un punto débil, y él sabía exactamente cuál era el suyo.
Él.
Ella podía protegerse contra todos, excepto de él.
No había tratado de esconderlo, o de negarlo. Ella misma le había confesado con devastadora honestidad que lo único que tenía que hacer era chasquear los dedos y ella acudiría corriendo. Habría subido las escaleras con él y lo habría dejado hacerle lo que quisiera.
Webb tamborileó con los dedos sobre el volante recalentado. Parecía que había más de un dragón contra el que Roanna lo necesitaba para luchar, y era su propio deseo sexual por ella.
Él le había dicho que regresaría a casa si la dejaba usarla sexualmente, y ella no había vacilado. Si eso era lo que él quería, entonces ella lo haría. Si él necesitaba un desahogo sexual, ella estaría disponible. Lo haría por Lucinda, por Davencourt, por él, pero… ¿qué pasaba con ella misma?
Era consciente de que podía entrar en la habitación de Roanna en cualquier momento y tenerla, y la tentación se lo comía vivo. Pero no quería que Roanna se entregara a él por un sentimiento de culpa, o de deber, o incluso por su desacertada adoración a su héroe. Él no era ningún héroe, maldición, era un hombre. La deseaba como un hombre desea a una mujer, un macho a su hembra. Si se metía en su cama simplemente porque estaba caliente y deseaba el alivio que él podía proporcionarle, estaría encantado por ello, porque era algo mucho más sencillo y simple que los motivos de otras personas, incluso que los de ella misma
Dios, ¿y qué pasaba con sus propios motivos?
El sudor caía sobre sus ojos, escociéndolos y con un giro de muñeca puso el motor en marcha y encendió el aire acondicionado para que le brindara un soplo de vida. Se iba a causar un infarto a si mismo, sentado en un coche cerrado en pleno verano, tratando de desenredar sus emociones.