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Amaba a Roanna; la había amado toda su vida, pero como a una hermana, con una divertida y protectora indulgencia.

No había estado preparado para la fuerza y el ardor del deseo físico que se había desencadenado cuando ella había enredado sus brazos alrededor de su cuello y lo había besado, diez largos años antes. Había surgido de la nada, como gases que se hubieran arremolinado y comprimido hasta alcanzar una masa crítica, y entonces explotar en una llamarada de deslumbrante ardor. Eso lo había noqueado, haciéndolo sentir culpable. Toda la situación parecía equivocada. Ella era demasiado joven; él siempre había pensado en ella como una hermana; estaba casado, por Dios. La culpa de aquella situación había sido toda suya. Incluso aunque su matrimonio se estuviese yendo al infierno, todavía estaba casado. Él había sido el experimentado; debería haber convertido el beso, con suavidad, en un impulsivo gesto de afecto, algo que no la hubiese avergonzado. En cambio, la había estrechado más contra él y convirtió el beso en algo diferente, en un beso más profundo, adulto, cargado de sexualidad. Lo que había pasado había sido por su culpa, no por la de Roanna, pero ella intentaba todavía pagar el precio.

La mayor parte de las barreras para una relación sexual entre ellos habían desaparecido. Roanna era ahora una mujer adulta, él no estaba casado, y no se sentía, en absoluto, fraternal con respecto a ella. Pero otras barreras permanecían: la presión familiar, el propio sentido del deber de Roanna, su orgullo.

Resoplo para si mientras ponía el coche en marcha. Dios, sí, y no había que olvidar su propio orgullo masculino. No quería que ella se le entregara por Davencourt, la familia o cualquiera de aquellos otros motivos sin importancia. La quería yaciendo bajo él, excitada y jadeante porque lo deseaba. Ninguna otra razón serviría.

* * *

El bastardo había regresado. Las noticias corría por el condado como la pólvora y llegó a los bares esa misma noche. Harper Neeley se estremecía de rabia cada vez que el nombre de Webb Tallant era mencionado. Tallant se había librado del asesinato de Jessie, y ahora estaba de vuelta para dominarlos a todos despóticamente otra vez como si nada hubiera pasado. Ah, aquel estúpido sheriff, culo gordo, no lo había detenido, dijo que no había pruebas suficientes para efectuar una acusación, pero todo el mundo sabía que lo habían sobornado. Los Davenport y los Tallants de este mundo nunca tenían que pagar por su mierda. Era la gente ordinaria quien lo hacia, no la gente rica que vivía en sus enormes casas de fantasía y estaba convencida de que las normas no se aplicaban a ellos.

Webb Tallant había machacado la cabeza a Jessie con el hierro de la chimenea. Todavía lloraba cuando pensaba en ello, su hermosa Jessie con su cabello enmarañado de sangre y sesos y un lado de la cabeza aplastado. De alguna manera el bastardo había averiguado lo de Jessie y él, y la había matado por ello. O tal vez Tallant averiguó que el pequeño panecillo que se cocía en el horno no era suyo. Jessie había dicho que ella se encargaría, y estaba tan plana que parecía mentira que estuviera preñada, aunque tal vez no lo bastante plana.

Nunca nadie le había pertenecido como Jessie. Era salvaje aquella muchacha, salvaje y perversa, y eso lo había excitado tanto que casi eyaculó en sus pantalones la primera vez que se había corrido para él. Ella también estaba excitada, sus ojos estaban brillantes y ardientes. Le había gustado el peligro de ello, la emoción de hacer lo prohibido. Aquella primera vez se había comportado como una fiera, arañándolo y corcoveando contra él, pero no se había corrido. Le había llevado un rato entenderlo. A Jessie le gustaba follar por un montón de razones, pero el placer no había sido una de ellas. Usaba su cuerpo para confundir y enloquecer a los hombres, para afirmar su poder sobre ellos. Se lo había follado para devolvérsela al hijoputa de su marido, para darle en los morros a todo el mundo y demostrarles que no le importaban nada. Ella no significaba nada para los demás, pero lo sabía, y así era cómo se tomaba la revancha.

Pero una vez que él lo entendió, no la dejo salirse con la suya. Nadie lo usaba, ni siquiera Jessie. Especialmente no ella. La conocía como nadie más hacía o podría hacerlo, porque, por dentro, era igual que él.

Comenzó a trabajársela, con jueguecitos perversos, sin empujarla nunca demasiado lejos al principio. Se había hecho adicta, como el gato a la crema, algo prohibido sobre lo que regodearse cuando estaba en la mansión, sentada como una perfecta señora y riéndose por dentro de todos porque acababa de pasar la tarde revolcándose como una perra con un hombre que haría que todos se mearan encima si se enteraban.

Habían tenido que llevar cuidado; no podían ir a ningún motel de por allí y no siempre era posible para ella encontrar una excusa que le permitiera ausentarse y estar ilocalizable varias horas seguidas. Por lo general, se encontraban en algún punto de los bosques. Allí estaban cuando él había decidido que ya tenía suficiente de sus jueguecitos y le había enseñado quién era el jefe.

Cuando por fin la había dejado marchar, estaba cubierta de contusiones y mordeduras, pero se había corrido tantas veces que apenas fue capaz de sentarse en su caballo. Se había quejado amargamente de la necesidad de tener cuidado y no dejar que nadie viera las señales sobre su cuerpo, pero sus ojos brillaban. Él la había jodido tantas veces y tan fuerte que se había quedado seco y ella estaba en carne viva, y encantada. Todas sus mujeres anteriores habían gemido y llorado a lágrima viva cuando él se había puesto rudo con ellas, pero Jessie no. Ella volvió a por más, y repartió su propia medicina. Él había regresado a casa con la espalda marcada y sangrando más de una vez y cada ardiente cicatriz le recordaba a ella y alimentaba su hambre de Jessie.

Nunca había habido otra mujer como su muchacha. Había vuelto a por más y más y había insistido en juegos cada vez más rudos y perversos. Habían empezado con el sexo anal, y esto le había dado a ella una autentica emoción, lo más vedado que podía hacer con el hombre más tabú. Maldita, maldita Jess. La había amado tanto.

No pasaba un día desde que se había ido en que no pensara en ella, en que no la echara de menos. Ninguna otra mujer podía encenderlo como ella lo hacía.

Ese maldito Webb Tallant la había asesinado. Los había asesinado a los dos, a ella y al bebé. Y entonces se había largado libre como un pájaro y abandonó la ciudad antes de que él pudiera hacérselo pagar.

Pero había regresado.

Y esta vez sí lo iba a pagar.

Había procurado ser cuidadoso y no ser visto, pero había rondado bastante alrededor de Davencourt cuando se encontraba con Jess, así que conocía la propiedad. Era bastante grande, cientos de acres, así que podía acercarse a la casa desde cualquier lado que quisiera. Había pasado bastante tiempo desde la última vez que estuvo allí; diez años, de hecho. Tendría que asegurarse de que ahora la vieja no tuviera perros guardianes y de que no se hubiera instalado ninguna alarma. Sabía que antes no había ninguna, porque Jess había tratado de convencerlo varias veces para que se colara en su habitación mientras su marido estaba de viaje de negocios. A ella le gustaba la idea de follárselo bajo el techo de su abuela y en la cama de su marido. El había tenido el suficiente sentido común como para negarse pero, maldición, se había sentido tentado.

Asumiendo que no hubiera ningún sistema de alarma, había cien maneras de introducirse en la casa. Todas esas puertas y ventanas…Sería un juego de niños. Había entrado en un montón de casas mejor protegidas que Davencourt. Los tontos, probablemente, se sentían seguros a pesar de lo lejos de la ciudad que se encontraban. La gente del campo no tenía arraigado el hábito de tomar precauciones para proteger su hogar, como lo hacían los de la ciudad, en quienes era algo automático