Oh, sí. Webb Tallant iba a pagar.
Capítulo 14
– Creo que daremos una fiesta de bienvenida a casa para Webb,- reflexionó Lucinda al día siguiente, dándose toquecitos con una uña en los dientes. -Nadie se atreverá a excusarse, porque entonces yo sabré exactamente quiénes son. De esta manera se verán obligados a se educados con él y nos quitaremos de en medio todos esos incómodos primeros encuentros al mismo tiempo.
había momentos en los que Roanna se veía obligada a recordar que aunque hacia más de sesenta años que Lucinda se había casado, había entrado a formar parte de la familia y se consideraba una Davenport de mente y corazón, si arañabas la superficie encontrabas una Tallant. Los Tallant eran, sobre todos, tenaces y audaces. Puede que no siempre fueran correctos, pero eso no siempre tenía importancia, de todas formas. Una vez decidido el objetivo y la forma de alcanzarlo, derribaban todos los obstáculos que se interpusieran en su camino. El objetivo de Lucinda era rehabilitar a Webb y restaurarlo de nuevo en su posición en el condado y no le importaba sacar la artillería pesada para conseguir su objetivo.
La pertenencia a los mejores círculos en las Quad Cities no dependía necesariamente de cuanto dinero tuvieras, aunque ayudaba. Algunas familias de modestos ingresos pertenecían a este selecto estrato social, por tener entre sus antepasados a un combatiente de la Guerra y no se refería a ninguna de las Guerras Mundiales. Algunos de la joven generación se referían a ella como la Guerra Civil, pero los más refinados la llamaban la Guerra de la Agresión Norteña, y los más refinados de todos como la Pasada Desavenencia.
Los socios de negocios inmediatamente se darían cuenta de cómo estaban las cosas con respecto a los Davenport y tratarían a Webb como si nada hubiera pasado. Después de todo, no había sido detenido ni acusado, así que ¿por qué la muerte de su esposa iba a ser un impedimento para continuar con su asociación?
Sin embargo, aquellos que dirigían el cotarro social, se adherían a unos estándares más estrictos. Webb no sería invitado a las comidas y actos sociales donde tantos negocios eran discutidos y quedaban cerrados, lo cual resultaría una desventaja para los intereses de los Davenport. Lucinda se preocupaba por el dinero, pero se preocupaba aún más por Webb y estaba determinada a que no le dieran de lado. Los invitaría a todos a su casa y todos acudirían porque eran sus amigos. Estaba enferma y puede que esta fuera la ultima fiesta que celebrara. Típico de Lucinda utilizar su inminente fallecimiento como un medio para conseguir sus propósitos. Puede que esto no les gustara a sus amigos, pero vendrían. Incluso serían corteses con Webb bajo su propio techo; aunque técnicamente seguía siendo el techo de Lucinda, todo el mundo asumiría que Webb había regresado a casa para reclamar su herencia, lo cual había hecho, así que pronto sería suya. Y habiendo aceptado su hospitalidad, se verían obligados a brindarle la suya.
Una vez que esto ocurriera, fingirían no haber dudado nunca de él, y sería bienvenido en todas partes. Después de todo, no puedes vilipendiar a alguien tras haberlo invitado a tu casa. Eso era algo que, simplemente, no se hacía
– ¿Has perdido la cabeza? – exigió Gloria. -No vendrá nadie. Seremos humillados.
– No seas tonta. Por supuesto que la gente asistirá, no se atreverán a no hacerlo. Ayer fue todo bien con el señor Whitten ¿verdad Roanna?
– El señor Whitten vive en Huntsville,- replicó Gloria, salvando a Roanna de la necesidad de dar una respuesta. -¿Qué sabrá él?
– Sabía lo que había pasado, eso era obvio en su cara. Pero al ser un hombre inteligente, decidió que si nosotros tenemos fe en Webb, entonces aquellas horribles acusaciones no podían ser ciertas. Que no lo eran,- dijo Lucinda, con firmeza.
– Yo estoy de acuerdo con Mama,- dijo Lanette. -Piensa en la vergüenza.
– Tu siempre estás de acuerdo con ella,- contestó Lucinda, con un brillo de batalla en los ojos. Ya había tomado una decisión y no estaba dispuesta a dejarse desviar de ella. -Si alguna vez discreparas, entonces tu opinión tendría más peso, querida. Ahora bien, si hubiera sido Roanna quien me dijera que mi fiesta era una mala idea, me sentiría mucho más inclinada a escuchar.
Gloria resopló. -Como si Roanna alguna vez discrepara contigo.
– Bien, lo hace bastante a menudo. Raras veces vemos de la misma forma los detalles de una decisión de negocios. Y me duele confesar que ella tiene razón más a menudo que no.
Puede que no fuera una completa mentira, pensó Roanna, pero tampoco era exactamente la verdad. Ella nunca discutía con Lucinda; de vez en cuando veía las cosas de forma diferente, pero simplemente daba su opinión y era Lucinda quien tomaba la decisión final. Esto estaba muy lejos de estar abiertamente en desacuerdo.
Las tres se giraron hacia ella, Lucinda abiertamente triunfal, y Gloria y Lanette disgustadas por que su opinión fuera a prevalecer sobre la de ellas.
– Creo que esto debería ser decisión de Webb,- dijo ella, calmadamente. -Él es quién tendrá que soportar el escrutinio.
Lucinda frunció el ceño. -Cierto. Si no esta de acuerdo, no hay ni siquiera razón para hablar de ello. ¿Por qué no se lo preguntas querida? Tal vez tú puedas conseguir que despegue su atención de la pantalla del ordenador durante cinco minutos.
Habían hecho una pausa para el almuerzo y ya habían terminado de comer, pero ahora disfrutaban de un té frío. Webb había pedido que le llevaran un par de sándwiches y café mientras seguía trabajando. Se había quedado en el estudio hasta las once la noche anterior y se había levantado a las seis para retomar su lectura de los informes. Roanna lo sabía porque había estado despierta en ambas ocasiones, silenciosamente acurrucada en su sillón y viendo las horas pasar. Había sido una noche particularmente mala; no había dormido en absoluto y ahora estaba tan cansado que se temía que caería en un profundo sueño cuando se acostara. Era en esas ocasiones cuando con mayor probabilidad se despertaría en otra parte en la casa sin recordar cómo había llegado allí.
Era la presencia de Webb la que la había perturbado hasta el punto de que no había podido dar ni una cabezada. Tanto ella como Lucinda habían trabajado junto a él la noche anterior, repasando informes, hasta que Lucinda estuvo demasiado cansada y se fue a acostar. Después de eso, a solas con él en el estudio, Roanna se había sentido cada vez más incomoda. ¿Preferiría él no estar a solas con ella después de lo que había pasado? ¿Pensaría que se estaba ofreciendo a si misma al quedarse allí sin la amortiguadora presencia de Lucinda?
Menos de una hora después se había disculpado y se había marchado a su habitación. Se dio un baño para calmar sus agotados nervios y luego se acomodó en su sillón para leer. Las palabras del libro parecían no tener sentido, no podía concentrarse en ellas. Webb estaba en la casa. Había trasladado sus cosas al cuarto contiguo al suyo. ¿Por qué lo habría hecho? Él se lo había dejado muy claro en Nogales, no estaba interesado en mantener una relación con ella. Había otros tres dormitorios que podría haber usado, pero había elegido aquel. La única explicación que se le ocurría era que simplemente no le importara tenerla al lado; su proximidad no tenía interés para él de ninguna manera.
Trataría de no cruzarse en su camino en la medida que le fuera posible, pensó. Le mostraría todos los expedientes en curso, contestaría a cualquier pregunta o duda que tuviera, pero, aparte de eso, no lo molestaría.
A las once lo oyó en el cuarto de al lado y vio la franja de luz que se filtró hacia la galería. Se había estirado y había apagado su lámpara para que él no viera su propia luz y supiera que todavía estaba despierta después de haber alegado estar muy cansada para poder marcharse una hora y media antes. En la oscuridad, se recostó, cerró los ojos, y lo escuchó moverse por la habitación, imaginando en su mente lo que hacía.