Oyó la ducha, y supo que estaba desnudo. Su corazón comenzó a palpitar ante el recuerdo de su alto, duro y musculoso cuerpo y sus senos se estremecieron. Apenas podía creer que realmente hubiera hecho el amor con él, que había perdido su virginidad en una habitación de un motel barato cerca de la frontera mejicana, y que esto fuera, probablemente lo más cerca del cielo que fuera a estar nunca. Pensó en el rizado vello que cubría su pecho y en la esbeltez de sus nalgas. Recordó cómo sus poderosos muslos, ásperos por el vello, habían mantenido los suyos abiertos de par en par, cómo ella había clavado sus dedos en el profundo valle de músculos de la parte baja de su espalda. Durante una maravillosa noche había yacido en sus brazos y conoció tanto el deseo como la culminación.
La ducha se apagó, y unos diez minutos después el charco de luz sobre la galería se extinguió. A través de las puertas-ventanas abiertas de su habitación había oído el chasquido cuando él abrió las suyas para dejar entrar el aire fresco de la noche. ¿Estaría todavía desnudo? ¿Dormiría desnudo o en ropa interior? Tal vez llevaba puestos los pantalones del pijama. La sorprendió la idea de que hubiera vivido en la misma casa con él desde los siete a los diecisiete años, y no supiera si se ponía algo para dormir.
Entonces se hizo el silencio. ¿Estaría en la cama, o permanecía allí de pie contemplando la tranquila noche? ¿Habría salido a la galería? Posiblemente fuera descalzo; no habría podido oírlo. ¿Estaría allí ahora mismo? ¿Había mirado hacia la derecha y notado que sus puertas estaban abiertas?
Finalmente, con los nervios de punta, Roanna se había deslizado hasta las puertas y echado un vistazo al exterior. Nadie, ni desnudo ni vestido, estaba en la galería disfrutando de la noche. Tan silenciosamente como le fue posible había cerrado sus puertas y había regresado al sillón. Sin embargo, el sueño la eludió, y de nuevo había soportado el lento paso del tiempo.
– ¿Roanna?- la trajo de vuelta Lucinda, y Roanna se percató de que había estado allí sentada, soñando despierta.
Murmurando una vaga disculpa, empujó atrás su silla. Tenía una la reunión a las dos con los organizadores de este año del Festival W.C. Handy de Agosto, así que asomaría la cabeza por la puerta del estudio, le preguntaría a Webb su opinión sobre el plan de Lucinda, y escaparía escaleras arriba para cambiarse de ropa. Quizás, para cuando regresara, él se habría cansado del papeleo y no tendría que soportar otra tarde de exquisita tortura, sentados codo con codo, escuchando su voz profunda, maravillándose de la velocidad con la que él asimilaba la información; en resumen, deleitándose con su presencia y preguntándose al mismo tiempo si pensaba que ella se sentaba demasiado cerca o que se aprovechaba demasiado de cualquier oportunidad de inclinarse sobre él. Incluso peor, ¿deseaba él que ella simplemente se marchara y desapareciera de su vista?
Cuando abrió la puerta, él alzó inquisitivamente la mirada de los papeles que tenía en su mano. Estaba recostado en su sillón, dueño de su espacio, con las botas cómodamente apoyadas sobre el escritorio.
– Lo siento,- balbució ella. -Debería haber llamado.
Él la contempló en silencio durante un largo momento, sus oscuras cejas se fruncieron sobre su nariz. -¿Por qué?- preguntó finalmente.
– Esto es tuyo ahora.- Su respuesta fue formulada con sencillez, sin inflexión.
Él bajó los pies del escritorio. -Entra y cierra la puerta.
Ella entró, pero permaneció de pie junto a la puerta cerrada. Webb se puso en pie y rodeó el escritorio, después se apoyó contra el borde con los brazos cruzados sobre el pecho y las piernas estiradas. Era una postura negligente, pero aunque su cuerpo estaba relajado, su mirada era aguda mientras la escudriñaba.
– Tú no necesitas llamar nunca a esta puerta,- dijo finalmente. -Y vamos a dejar clara una cosa ahora mismo: no te estoy sustituyendo a ti, sustituyo a Lucinda. Has hecho un buen trabajo, Ro. Ya te dije ayer que seria un idiota si te dejara fuera de la toma de decisiones. Tal vez pensaste que podrías pasarte todo el día con los caballos ahora que estoy de vuelta, y sí que tendrás más tiempo para ti, te lo prometo, pero sigues siendo necesaria aquí también.
Roanna parpadeó, aturdida por este giro de los acontecimientos. A pesar de que él le había dicho después de la reunión con el Comisionado, ella no creyó que lo hubiera dicho realmente en serio. Una parte de ella lo había catalogado automáticamente como el tipo de cosas que Webb solía hacer cuando ella era pequeña, tranquilizándola para impedir que se apenara, fingiendo que ella era importante para alguien o algo. Había dejado de creer en cuentos de hadas la noche la noche en que se había deslizado sobre un charco de sangre. Probablemente, había creído que podría poner a Webb al día, y luego su utilidad llegaría al final. Él se había ocupado sólo de todo antes de…
Su mente se detuvo en seco, con un respingo. No, eso no era cierto. Él había asumido la mayor parte de las responsabilidades, pero Lucinda había seguido implicada. Y eso fue antes de que también tuviera que ocuparse de su propiedad en Arizona. Un silencioso regocijo la recorrió, caldeando los rincones de su corazón, que ya había comenzado a helarse mientras se preparaba interiormente para asumir la idea de ser sustituida. Realmente la necesitaba.
Dijo que había hecho un buen trabajo. Y la había llamado Ro.
Seguía contemplándola con penetrante concentración. -Si no sonríes,- dijo suavemente, -no podré saber si estás contenta o no.
Ella se lo quedó mirando perpleja, buscando en su rostro alguna pista de lo que realmente había querido decir. ¿Sonreír? ¿Por qué iba a querer él que ella sonriera?
– Sonríe,- la incitó. -Recuerdas lo que es una sonrisa ¿no? Las comisuras de la boca se curvan así.- Alzó las comisuras de su propia boca con los dedos para demostrárselo. -Es lo que hace la gente cuando se siente feliz. Odias el papeleo ¿es eso? ¿No quieres ayudarme?
Vacilando ella estiró los extremos de la boca, curvándolos hacia arriba. Fue una pequeña sonrisa, breve y dubitativa, apenas esbozada antes de desaparecer y se quedó mirándolo solemnemente una vez más.
Pero evidentemente eso era lo que él deseaba, -Bien,- dijo él, enderezando su relajada posición. -¿Estás lista para volver al trabajo?
– Tengo una reunión a las dos. Lo siento.
– ¿Qué clase de reunión?
– Con los organizadores del Festival Handy.
Él se encogió de hombros, perdiendo el interés. Webb no era fan del jazz.
Roanna recordó por qué estaba allí. -Lucinda me ha enviado para preguntarte que opinas sobre celebrar una fiesta de bienvenida.
Él soltó una breve carcajada, comprendiendo de inmediato las implicaciones. -Continúa al ataque, ¿eh? ¿Están Gloria y Lanette tratando de disuadirla?
No pareció necesitar una respuesta, o su silencio fue la respuesta suficiente. Lo meditó durante unos cinco segundos. -Adelante, ¿por qué demonios no? Me importa un carajo si eso hace sentir incómodo a todo el mundo. Dejé de preocuparme hace diez años por lo que la gente pensara de mí. Si alguien cree que no soy lo bastante bueno para tratar con ellos, entonces me llevaré los negocios de los Davencourt a otra parte; se lo tendrían merecido.
Ella asintió y asiendo el picaporte, se escabulló antes de que él pudiera hacerle más peticiones extrañas, como la de que sonriera.
Webb regresó a su asiento, pero no retomó de inmediato el informe que había estado estudiando antes de la entrada de Roanna. Se quedó contemplando el lugar donde había estado parada, suspendida como un cervatillo a punto de de huir. Todavía le dolía el pecho al recordar su patético remedo de una sonrisa y el atisbo de temor que hubo en sus ojos. Era difícil leer su expresión ahora, se mantenía escondida en su interior y apenas respondía al mundo exterior. Esto lo crispaba, porque la Roanna que recordaba era una de las personas más extrovertidas que había conocido. Si ahora quería saber como se sentía respecto a cualquier cosa, tenía que estar profundamente pendiente de cada matiz de su expresión y de su lenguaje corporal, antes de que ella pudiera sofocarlos.