Se había quedado atónita cuando le había dicho que seguía necesitando su ayuda. Dio las gracias mentalmente a Lucinda por darle la clave para manipular a Roanna. La idea de que alguien la necesitara llegaba a su interior como ninguna otra cosa y no podía evitar responder. Durante una fracción de segundo había vislumbrado la asombrada y pura felicidad que había brillado en lo más profundo de sus ojos, y luego había sido tan velozmente escondida que si deliberadamente no hubiera estado mirándola con fijeza, le habría pasado desapercibida.
Había mentido. Podía manejarlo todo sin su ayuda. Incluso con la carga añadida de su propiedad en Arizona. Se crecía con la presión, su nivel de energía parecía aumentar al ritmo que su tiempo decrecía. Pero ella necesitaba sentirse necesaria, y él necesitaba estar cerca de ella.
La deseaba.
La frase palpitó como una reverberación en su mente, por sus venas, por cada una de las células de su cuerpo. Deseo. No la había tomado en Nogales por venganza o debido a aquel maldito trato que había hecho con ella, ni siquiera por no herir sus sentimientos echándose atrás después ir tan lejos. La simple verdad era que la había tomado porque la deseaba y era lo bastante despiadado para usar cualquier medio necesario para conseguirla. El tequila no era excusa, aunque hubiera aflojado el control que mantenía sobre sus instintos más incivilizados.
Había permanecido tumbado en su cama la noche anterior, sin poder dormir, pensando en ella en la habitación de al lado, preguntándose si estaría despierta, su maldita imaginación volviéndolo loco.
Saber que podía tener Roanna en el momento que quisiera era un afrodisíaco más poderoso que cualquier otro que se hubiera descubierto o inventado. Todo lo que tenía que hacer era dejar la cama y salir a la galería, para deslizarse después a través de las puertas de su habitación. Ella tenía insomnio; estaría despierta, viendo como se acercaba a ella. Podría simplemente meterse en la cama y ella lo recibiría en sus brazos, en su cuerpo, sin preguntas ni vacilaciones.
Sueños eróticos sobre aquel beso que habían compartido hacía tanto tiempo habían atormentado sus noches durante años. Eso había sido bastante malo, pero los sueños eran sólo imaginación. Ahora que sabía exactamente lo que se sentía al hacer el amor con ella, ahora que la realidad había desplazado a la imaginación, la tentación era constante, un hambre que crecía incesantemente y amenazaba con despedazar su autocontrol.
Dios, ella había sido tan dulce, tan tímida, y tan malditamente estrecha que quedaba empapado en sudor recordando cómo se había sentido al entrar en ella. No había dejado de mirarla mientras le hacía el amor y vio la expresión de su rostro, cómo el delicado rosado de sus pezones se oscurecía por la excitación. Incluso a pesar de que le había hecho daño, se había aferrado a él, arqueando las caderas para tomarlo más profundamente aún. Había sido tan fácil llevarla al climax que se había sentido cautivado, deseando hacerlo muchísimas veces más y así podría mirar su cara mientras se estremecía, sentir su cuerpo contrayéndose y palpitando alrededor de él.
La noche había resultado una exquisita tortura, y él sabía que libraría la misma batalla cada noche, con su frustración aumentando por minutos. No sabía cuanto tiempo podría soportar antes de que su autocontrol se quebrara, pero por el bien de Roanna tenía que intentarlo.
Llevaba de regreso en Davencourt poco más de veinticuatro horas, y la había tenido dura durante lo que parecía la mayor parte de ese tiempo, sobre todo el tiempo que había pasado en compañía de ella. Si hubiera mostrado la más mínima inclinación a coquetear con él, dado la más somera señal de que también lo deseaba, probablemente no podría haber resistido la tentación. Pero Roanna había parecido totalmente inconsciente de él como hombre, a pesar de las horas que habían pasado juntos en la cama. La idea lo enfurecía, pero lo que le parecía más probable es que se hubiera acostado con él solamente para conseguir que regresara a Davencourt.
Pero esa idea, en vez de disipar su ardor, sólo lo intensificó. Deseó echársela al hombro y llevársela para una sesión de ardiente y perezoso sexo, en una cama bañada por la luz del sol demostrándole que ella lo deseaba a él, y que Davencourt y Lucinda no tenían nada que ver con ello. El hecho era, que en lo que respectaba a Roanna, sus instintos sexuales se tornaban tan malditamente primitivos que no le extrañaría empezar a gruñir y a golpearse el pecho con los puños en cualquier momento.
Y eso tan solo después de un día.
El rencor que había sentido por ella durante todos esos años había desaparecido. Tal vez quedó destruido durante la noche que habían pasado juntos y simplemente no se dio cuenta en el momento. El hábito era algo poderoso; estabas tan acostumbrado a algo, que esperabas que siguiera estando allí incluso cuando ya había desaparecido. Si hubiera quedado algún vestigio, ella lo demolió a la mañana siguiente con su serena dignidad y la completa impotencia con la que le había dicho, -Lo único que tenías que hacer era chasquear los dedos y yo habría acudido corriendo.- No muchas mujeres se habrían entregado así a si mismas; ninguna que él conociera, de hecho, excepto Roanna. Se había quedado asombrado por el coraje que habría necesitado ella para decir algo así, sabiendo que era un arma que depositaba en sus manos y tal vez se sintiera inclinado a usarla.
No lo estaba. Levantó la mano y chasqueó los dedos, observando el gesto. Así. Podría tenerla así de fácil. La deseaba, Dios sabía que la deseaba tanto que le dolía. Pero lo que más deseaba, incluso más de lo que ansiaba hacerle el amor, era verla sonreír otra vez.
Mientras conducía de regreso a casa aquella tarde, Roanna estaba agotada. Por lo general encontraba las reuniones de los comités terriblemente aburridas, y ésta, además, se había prolongado durante horas debatiendo los detalles más insignificantes. Como de costumbre, había permanecido silenciosamente sentada, aunque esta vez hubiera estado más concentrada en mantenerse erguida y con los ojos abiertos que en lo que la gente decía.
Cuando giró hacia el sur en la Autopista 43, el sol y el calor eran más de que lo que podía soportar. Parpadeó somnolienta, alegrándose de estar tan cerca de casa. Era casi la hora de cenar, sin embargo, lo que ella planeaba era descansar una siesta. Podía comer siempre que quisiera, pero el sueño era algo mucho más difícil de conseguir y mucho más valioso.
Giró hacia la derecha por una carretera secundaria, y aproximadamente una milla después giró a la izquierda por el camino privado que llevaba a Davencourt. Si no hubiera tenido tanto sueño, conduciría más rápido, y no se habría percatado del borroso movimiento que captó con el rabillo del ojo. Redujo la marcha aún más, girando la cabeza para ver lo que había llamado su atención.
Al principio sólo vio al caballo, encabritándose y desplomándose, y su primer pensamiento fue que había perdido a su jinete y se había escapado, y ahora las riendas se le habían enredado en algún matorral. Olvidó su cansancio mientras la urgencia invadía sus músculos. Frenó de golpe, puso la palanca en punto muerto, y saltó del coche, dejando el motor en marcha y la puerta abierta. Podía oír el dolor y el miedo en los relinchos del caballo cuando se encabritó otra vez.
Roanna no pensó en sus caros zapatos ni en su vestido de seda. No pensó en nada excepto en llegar hasta el caballo antes de que se hiriera a sí mismo. Saltó por encima de la zanja poco profunda del otro lado del camino, y corrió torpemente a través del pequeño campo hacia los árboles, los tacones de sus zapatos hundiéndose en la tierra a cada paso. Se sumergió hasta las rodillas en los hierbajos que le arañaron las piernas, se enganchó las medias en unas zarzas, y se torció un tobillo al pisar un agujero. Hizo caso omiso de todo esto mientras corría tan rápido como podía, toda su atención centrada en llegar junto al animal.