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Entonces el caballo se deslizo a un lado, y vio al hombre. No lo había visto antes porque estaba al otro lado del animal, y la maleza había bloqueado parcialmente su visión.

Las riendas del caballo no estaban enredadas en nada. El hombre las agarraba con un puño, y en el otro sostenía una rama de árbol con la que esta golpeando al caballo.

La furia retumbó en su interior, bombeando adrenalina a sus músculos. Se oyó gritar a sí misma, vio al hombre mirar en su dirección con expresión de susto, y entonces surgió sobre la maleza y lanzó todo su peso contra él, golpeándolo de costado. No podría haberlo hecho si él la hubiera visto y se hubiera preparado, pero lo pilló desprevenido. -¡Basta!- gritó furiosa, colocándose entre él y el asustado caballo. -¡No se atreva a golpear a este animal otra vez!

Él recobró el equilibrio y se giró hacia ella, agarrando la rama como si fuera a usarla contra ella. Roanna registró el peligro en su rostro, la venenosa cólera en sus ojos, pero se mantuvo firme. Su retraimiento emocional no incluía quedarse cruzada de brazos mientras cualquier animal, en especial un caballo, era maltratado. Se preparó a si misma para resistir, esperando a que él la atacara. Si lo embestía, podría asestarle un golpe y tal vez hacerle perder el equilibrio de nuevo. En ese caso, no tardaría ni un segundo en montar al caballo y largarse tan rápido como pudiera.

Sus ojos eran de un ardiente azul eléctrico cuando dio un paso hacia ella, con el brazo levantado y listo para golpear. Su rostro estaba congestionado y sus labios retraídos sobre sus dientes en un gruñido.- ¡Maldita putita…!

– ¿Quién es usted?- exigió Roanna, avanzando medio paso hacia él para demostrar que no le tenía miedo. Era un farol -estaba súbitamente aterrorizada- pero la furia en su interior era todavía tan fuerte que la mantuvo firme. -¿Qué hace en nuestra propiedad?

Tal vez él se pensó mejor lo de golpearla. Por lo que fuera, se detuvo, aunque fue lento en dejar caer el brazo. Retrocedió unos pasos, respirando con fuerza y fulminándola con la mirada. -¿Quién es usted?- exigió ella otra vez. Algo en él le era extrañamente familiar, como si hubiera visto aquella expresión antes. Pero sabía que no lo había visto en su vida, pensó que lo recordaría, porque aquellos ojos intensamente azules y el espeso cabello canoso eran muy distintivos. Era un hombre corpulento, probablemente en la cincuentena, cuyos amplios hombros y pecho como un barril daban la impresión de una fuerza casi brutal. Lo que más la perturbó, sin embargo, fue la sensación de maldad que emanaba de él. No, maldad no. Era más impersonal que eso, como una simple y total carencia de conciencia o moralidad. Eso era. Sus ojos, a pesar de su intenso colorido, eran fríos y vacíos.

– Quién soy no es asunto suyo,- se mofó él. -Y tampoco lo que estoy haciendo.

– Cuando lo hace en la tierra de los Davenport, lo es. No se atreva a golpear a este caballo otra vez, ¿me oye?

– Es mi caballo, y haré lo que me de la maldita gana. El bastardo me tiró.

– Entonces tal vez debiera aprender a montar mejor a caballo,- replicó ella, airadamente. Se dio la vuelta para agarrar las riendas que colgaban y murmurar dulcemente al caballo, después le acarició el cuello. Este resopló nerviosamente, pero se calmó cuando ella siguió acariciándolo suavemente. El caballo no era un valioso ejemplar de pura raza como los adorados ejemplares de Lucinda; era de raza indeterminada, sin rasgos sobresalientes, pero Roanna no veía ninguna razón para que fuera maltratado.

– Por qué no se ocupa de sus asuntos, señoritinga, y me olvidaré de enseñarle algunas maneras.

La amenaza en su voz la hizo girarse. Estaba más cerca, y en su mirada ahora había una expresión salvaje. Con rapidez, Roanna retrocedió, maniobrando de modo que el caballo quedara entre ella y el hombre.

– Márchese de nuestra tierra,- dijo, con frialdad. -O le haré detener.

Su boca perversamente sensual se retorció en una nueva mueca de desprecio. Apuesto a que sí. El sheriff es un lameculos, especialmente cuando se trata del trasero de un Davenport. No le supondrá ninguna diferencia que no supiera que estaba en su preciosa propiedad, ¿verdad?

– No cuando estaba maltratando a su caballo,- contestó Roanna, en tono aún helado. -Ahora márchese.

El sonrió desdeñosamente. -No puedo. Todavía tiene mi caballo.

Roanna dejo caer las riendas y retrocedió otro cauteloso paso. -Ya está. Ahora márchese de nuestra propiedad y si lo vuelvo a ver maltratando a otro animal, lo haré detener bajo la acusación de crueldad. Puede que no sepa su nombre, pero puedo describirlo, y no debe haber mucha gente con su aspecto.- Nadie que ella supiera; sus ojos eran muy característicos.

El volvió a adoptar una expresión furiosa y la violencia volvió a aparecer en aquellos ojos, pero evidentemente se lo pensó mejor y se limito a tomar las riendas. Se encaramó a la silla de montar con un mínimo esfuerzo, lo que lo reveló como un jinete experimentado. -Hasta la vista,-se burló, y clavó los talones en los flancos del caballo. El animal, sobresaltado, saltó hacia delante, pasando tan cerca de ella que la habría derribado si no se hubiera apartado de un salto.

Cabalgó en dirección a la carretera, inclinándose para evitar las ramas bajas que colgaban. Estuvo fuera de su vista en un momento, aunque le llevó mas tiempo dejar de oír el sordo sonido de los cascos del caballo.

Roanna se acercó a un robusto roble y se dejó caer contra él, cerrando los ojos y estremeciéndose.

Esa había sido una de las cosas más estúpida y temeraria que había hecho en su vida. Había tenido muchísima suerte y lo sabía. Aquel hombre podría haberla herido seriamente, violarla, o incluso matarla…cualquier cosa. Se había metido de cabeza en una situación peligrosa sin pararse a pensar. Esa impulsividad había sido la causa de la mayoría de sus problemas en la infancia y había sido el detonador de la trágica muerte de Jessie y de la marcha de Webb.

Creía que su vena imprudente había quedado destruida para siempre, pero ahora se encontró con que, para su consternación, seguía al acecho profundamente enterrada en su interior, pero lista para saltar a la superficie. Probablemente habría surgido antes, si algo la hubiese hecho enfadar. Pero los caballos no eran maltratados en Davencourt, y hacía muchísimo tiempo que no se permitía interesarse por casi nada en absoluto. Webb se había marchado, y una interminable procesión de días se habían sucedido insípida y monótonamente.

Seguía temblando por las secuelas del miedo y la furia, y las piernas casi no la sostenían. Respiró profundamente varias veces, tratando de obligarse a tranquilizarse. No podía irse a casa así, con su autocontrol pendiendo de un hilo. Cualquiera que la viera sabría que había pasado algo, y no tenía ganas de relatar todo el asunto y soportar las recriminaciones. Sabía que había sido una estúpida, y muy afortunada.

Pero sobre todo, no quería que nadie la viera alterada. Se sentía avergonzada y aterrorizada por esta inesperada vulnerabilidad. Tenía que protegerse mejor. No podía hacer nada acerca de su permanente debilidad en lo que se refería a Webb, pero ninguna otra de sus defensas internas podría soportar otra grieta.

Cuando sintió las piernas lo bastante firmes, abandonó el bosque y vadeó el campo de maleza, teniendo cuidado esta vez de evitar las zarzas. El tobillo derecho le palpitaba de dolor, recordándole que se lo había torcido.