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Quería criar y entrenar a caballos.

Cuando Lucinda muriera, la deuda de gratitud en la que había incurrido con ella, cuando a los siete años, aterrorizada y devastada por la pena, había oído decir a su abuela que podía irse a vivir con ella quedaría saldada. También era una deuda de amor, tan vinculante como la de gratitud. Eso fue lo que la mantuvo al lado de su abuela, convirtiéndose gradualmente en las piernas, ojos y oídos de Lucinda cuando su salud fue debilitándose por la edad. Pero cuando Lucinda ya no estuviera, y Davencourt estuviera a salvo en las capaces manos de Webb, Roanna sería libre.

Libre. La palabra susurró y se expandió a través de ella, como las alas de una mariposa cuando van surgiendo del capullo.

Podría tener su propia casa, una que fuera únicamente suya, y nunca más dependería de nadie para tener un techo sobre su cabeza. Gracias a las enseñanzas de Lucinda, ahora entendía de inversiones y finanzas; se sentía capaz de manejar su propio dinero, así que siempre estaría segura. Criaría sus propios caballos, pero eso sería sólo algo marginal. Quería entrar en el negocio como entrenadora; la gente le llevaría sus caballos para que los adiestrara. Incluso Loyal dijo que nunca había visto a nadie con tanta capacidad para calmar con un toque a un animal asustado o mal adiestrado, o incluso a uno que simplemente tuviera mal genio.

Podía hacerlo. Podía hacer de ello su profesión. Y por primera vez en su vida, viviría para sí misma.

El carillón del vestíbulo dio la hora suavemente, un sonido apenas audible allí, en la parte trasera de la enorme mansión. Asustada, echó un vistazo a su reloj y vio que era la hora de la cena, y todavía no estaba vestida. La siesta que había planeado echarse era imposible ahora, con la adrenalina corriendo por sus venas, así que bien podía comer.

Apresuradamente fue hasta su armario y sacó el primer conjunto que vio, unos pantalones de seda y una túnica sin mangas a juego. Los pantalones esconderían los arañazos de sus piernas, y eso era lo único que le importaba. Ahora sabía elegir ropa elegante y apropiada, pero nunca había aprendido a disfrutar de ello.

– Lo siento, llego tarde,- dijo, cuando entró en el comedor. Todos estaban ya sentados; Brock y Corliss eran los únicos ausentes, aunque ahora rara vez cenaban en casa. Brock se pasaba todo el tiempo con su novia, y sólo Dios sabía dónde pasaba el tiempo Corliss.

– ¿A qué hora has llegado a casa?- le preguntó Webb. -No te oí entrar.- Sus ojos entrecerrados se clavaron en ella, de la misma forma que cuando era una adolescente y la pillaba tratando escapar sin que lo notaran.

– A las cinco y media, más o menos.- No sabía la hora exacta, porque todavía estaba muy alterada cuando llegó. -Subí directamente a mi habitación a darme una ducha antes de la cena.

– Hace un calor tan pegajoso, que tengo que ducharme dos veces al día,- estuvo de acuerdo Lanette. -La empresa de Greg quiso trasladarlo a Tampa. ¿Te imaginas lo peor que es la humedad allí abajo? Simplemente no podría soportarlo.

Greg echó un breve vistazo a su esposa, luego devolvió su atención a su plato. Era un hombre alto y reservado que rara vez hablaba, con el cabello gris cortado a cepillo, y por lo que Roanna sabía, no hacía nada para relajarse o divertirse. Greg se marchaba a trabajar, volvía a casa con más trabajo en su abultado maletín, y empleaba el tiempo entre la cena y la hora de acostarse encorvado sobre sus papeles, trabajando. Por lo que ella sabía, era uno más entre la multitud de ejecutivos de mando intermedio, pero de repente se dio cuenta de que realmente no sabía en que consistía su trabajo. Greg nunca hablaba de su trabajo, nunca contaba anécdotas graciosas sobre sus compañeros. Estaba simplemente allí, una barca arrastrada por la estela de Lanette.

– ¿Un simple traslado?- preguntó Webb, su fría mirada verde alternando de Greg a Lanette. -¿O un ascenso?

– Ascenso,- dijo Greg, sucinto.

– Pero eso significaba trasladarnos,- explicó Lanette.-Y los gastos de mantenimiento serían más elevados, por lo que habríamos salido perdiendo dinero con ese supuesto ascenso. Lo rechazó, por supuesto.

Eso significaba que ella se había negado en redondo a trasladarse, fue lo que pensó Roanna mientras se aplicaba metódicamente a la tarea de comer. Viviendo en Davencourt, no tenían gasto ninguno de alojamiento, y Lanette usaba ese dinero para alternar en los círculos sociales más exclusivos. Si se hubieran trasladado, tendría que pagarse su propia casa y comida, y el nivel de vida de Lanette descendería.

Greg debería haberse ido y haber dejado a Lanette la decisión de seguirlo o no, pensó Roanna. Al igual que ella, él necesitaba desvincularse de Davencourt y buscar su propio lugar. Tal vez Davencourt era demasiado hermoso; era más que una simple casa para a la gente que vivía en ella, era casi como si tuviera existencia propia. Ellos querían poseerla, y en cambio eran ellos los poseídos, manteniéndolos cautivos con el conocimiento de que después de Davencourt, ninguna otra casa podría ser tan magnífica.

Pero ella escaparía, se prometió. Nunca pensó en poder poseer Davencourt, así que no estaba atada a ella por las cadenas de la envidia. El miedo era lo que la había mantenido en este lugar, y el deber, y el amor. La primera razón ya había desaparecido, las dos restantes desaparecerían pronto, y entonces sería libre.

Después de la cena, Webb dijo a Lucinda, -Si no estás demasiado cansada, me gustaría discutir contigo una inversión que he estado considerando.

– Desde luego,- dijo ella, y juntos se dirigieron hacia la puerta del comedor.

Roanna permaneció sentada a la mesa, con expresión neutra. Se llevó a la boca el último bocado de la tarta de fresa que Tansy había servido de postre, obligándose a comérselo, aunque no le apeteciera más que todos los demás bocados que habían precedido a este.

Webb hizo una pausa en la puerta y miró alrededor con un leve ceño, sus oscuras cejas fruncidas como si acabara de darse cuenta de que ella no los acompañaba.- ¿No vienes?

Silenciosamente ella se levantó y los siguió, preguntándose si él realmente esperaba que ella asumiera automáticamente que estaba incluida, o si el hacerlo fue una ocurrencia posterior. Probablemente esto último; Webb estaba acostumbrado desde siempre a discutir sus decisiones comerciales con Lucinda, pero, y a pesar de todo lo que había dicho de querer que Roanna continuara con sus actuales responsabilidades, no pensaba en ella como en alguien con autoridad.

Y tenía razón, pensó, afrontando despiadadamente la verdad. No tenía autoridad más allá de la que él o Lucinda le concedieran, lo cual no era verdadera autoridad. Cualquiera de ellos podría tirar de las riendas en cualquier momento, despojándola hasta de la mera apariencia de poder.

Entraron en el estudio y se acomodaron en sus sitios de costumbre: Webb en el escritorio que hasta hacia poco había sido el de ella, Roanna en un sillón y Lucinda en el sofá. Roanna tenía los nervios a flor de piel, como si se los hubieran vuelto del revés. El último par de horas había estado repleto de revelaciones sobre su propio carácter, nada enorme y dramático, y no obstante todos esos descubrimientos la habían dejado con la sensación de que nada era lo mismo y que nunca fue como ella creía que había sido.

Webb estaba hablando, pero por primera vez en su vida Roanna no estaba pendiente de cada una de sus palabras como si estas surgieran de la misma boca de Dios. Apenas lo oyó. Hoy se había enfrentado a un bruto, y descubierto que a la gente le gustaba por si misma. Había tomado una decisión con respecto al resto de su vida. Como un niño se había sentido indefensa para controlar su vida, y durante los últimos diez largos años había dejado que esta pasara, retirándose a un lugar seguro en su interior donde nadie pudiera herirla. Pero ahora podía tomar las riendas; no tenía por que permitir que las cosas ocurrieran como otra persona dictara, podía tomar sus propias decisiones, establecer sus propias reglas. La sensación de poder era a la vez embriagadora y aterradora, pero la excitación que le ocasionaba era indiscutible