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Y eso no era bastante. A Bram no le cabía duda de que el sexo con Flora sería ardiente y novedoso, pero ella seguiría escondiendo sus secretos.

Así que la cuestión era hasta dónde era capaz de llegar él. En qué medida estaba dispuesto a exponerse a la censura y la crítica de ella. Y la conclusión a la que había llegado era que correría el riesgo si con ello lograba que Flora confiara en él.

Bram se acercó a la mesa y se sentó frente a ella.

– No hay mucho que discutir -dijo-. Al parecer, nada va a impedir que vayas a la selva, conmigo o sin mí. Ya que estás tan empeñada en ir, supongo que tendré que acompañarte.

– ¿Qué? -Flora no parecía especialmente agradecida por su aparente cambio de actitud-. ¿Has dicho que vendrás conmigo?

– Alguien tiene que evitar que te metas en líos.

– Que caballeroso por tu parte, Bram. ¿Cómo iba a rechazar una oferta como ésa?

– No te molestes en intentarlo, es la mejor que vas i recibir. Pero ya que no sabemos cuál es el problema, habrá que tomar algunas precauciones razonables.

– Tengo comida y agua de sobra -dijo Flora.

– Algo es algo; pero necesitaremos algo más que comida. Y una brújula.

– También tengo una linterna -ofreció Flora.

Bram sonrió.

– ¿Tú también fuiste scout? -preguntó en tono burlón.

Flora se encogió de hombros, pero él vio que estaba a punto de sonreír. ¿Y por qué no? A fin de cuentas, se había salido con la suya. Y no había nada que hiciera sonreír más a una mujer que salirse con la suya. Y no había nada como la sonrisa de una mujer para lograr que un hombre deseara mover montañas por ella.

– Y tenemos dos mapas -dijo ella-. Nos vendrá bien si perdemos uno.

Al parecer, se sentía lo suficientemente confiada como para bromear al respecto.

– Eso está muy bien, aunque para evitamos problemas deberíamos decirle a alguien adonde vamos -al ver que Flora estaba a punto de protestar, Bram añadió-: Y si en algún momento llego a la conclusión de que es demasiado peligroso seguir adelante, me escucharás.

– De acuerdo -asintió ella con demasiada rapidez.

– ¿Cómo habrá averiguado la chica de la tienda dónde está la tumba? -preguntó Bram-. A fin de cuentas, se supone que es un gran secreto.

– Tú mismo dijiste que cuando dos personas saben algo ya ha dejado de ser un secreto.

– Tal vez estaba exagerando -admitió Bram-, pero supongo que hay más de dos personas enteradas del lugar en que se encuentra la tumba -frunció el ceño-. Por lo que me habían contado, había asumido que estaba en el interior de la isla, pero parece que se halla tan sólo a diez kilómetros de la costa.

– Hay que tener en cuenta que Saraminda es una isla pequeña. En algunas zonas, recorrer diez kilómetros desde la costa debe bastar para llegar al interior.

– ¿Estás segura de que el lugar señalado por la chica es el correcto? Puede que sólo te haya dicho lo que pensaba que querías oír.

– Es posible, pero le dije que estaba escribiendo sobre el tesoro y parecía saberlo todo al respecto.

– Sin embargo, te dijo que no era un buen lugar. Es una forma curiosa de describirlo, ¿no te parece?

– Puede que sea una cuestión de lenguaje. Hay mucha gente supersticiosa que cree que no deben perturbarse las tumbas.

– Pero tú le dijiste que no ibas a ir a ver la tumba, que sólo querías información para tu artículo.

– Veo que tuvisteis una conversación muy sustanciosa -la boca de Flora se curvó en un amago de sonrisa-. Lo cierto es que no estaba muy dispuesta a decirme dónde se encontró la tumba, pero la distraje ofreciéndome a firmar los ejemplares de mi libro que tenía en el escaparate.

– Eres muy hábil distrayendo a la gente, Flora Claibourne.

La mirada de Flora se suavizó al escuchar el tono ligeramente ronco de Bram.

– Tampoco puede decirse que tú seas un inútil en esa tarea, Bram Gifford.

Él se inclinó hacia a ella, la tomó con una mano por la barbilla y deslizó el pulgar por su boca.

– Si te estás refiriendo al beso que te di anoche…, no fue una distracción. Fue una promesa de algo mejor.

El rubor que tiñó al instante las mejillas de Flora provocó una respuesta inmediata en Bram, pero ella se puso en pie con tanta rapidez que este no tuvo más remedio que preguntarse si sus prisas se debían a su afán por ir a ver la tumba o a una repentina necesidad de apartarse de él.

– Si has terminado tu desayuno, ¿podemos irnos ya? -preguntó ella con ansiedad, como si le hubiera leído el pensamiento.

Bram no se quedó totalmente convencido, pero, al menos, Flora había dejado de pretender ser la auténtica «mujer de hielo»… y eso ya era bastante.

Hacía un calor increíble.

El trayecto por la costa fue una maravilla. A pesar del calor, prefirieron prescindir del aire acondicionado del Jeep y abrir las ventanillas para disfrutar de la brisa de la isla, cargada de intensos y deliciosos aromas a flores tropicales. A un lado se extendían enormes playas bañadas por un mar de un azul casi transparente. Al otro, el interior, espectacularmente montañoso, se alzaba por encima de una estrecha franja de tierras cultivadas.

Estuvieron de acuerdo en que era un lugar mágico, y en que iba a ser un destino sensacional para el turismo. El viaje transcurrió de un modo increíblemente educado y civilizado. Y cuando Bram detuvo el coche con el fin de que Flora pudiera sacar unas fotos para el departamento de viajes de Claibourne & Farraday, mantuvieron las distancias por una especie de acuerdo tácito.

A pesar de todo, la «promesa» mencionada por Bram no dejó de vibrar entre ellos, primitiva, ardiente, intensa…

Una vez que abandonaron la carretera principal, el calor se convirtió en una realidad palpable.

Al principio, el camino que tomaron los condujo a través de algunos pueblos típicos del país, donde los niños los miraban al pasar como si fueran de otro planeta y las gallinas se dispersaban a su paso. Pero su destino se hallaba mucho más arriba y, poco a poco, la civilización fue quedando atrás. Junto con la fresca brisa del mar.

Llegaron con el Jeep hasta donde pudieron y, cuando el camino se estrechó demasiado como para seguir en él, continuaron a pie, llevando consigo tan sólo el agua y algo de comida. El sendero había sido utilizado recientemente y no era difícil de seguir, pero la vegetación que se alzaba a ambos lados resultaba opresiva y el aire estaba cargado de humedad.

– Según el mapa, no puede estar mucho más lejos -dijo Bram cuando hicieron una pausa para beber en un lugar en que el terreno se hundía abruptamente-. Y si yo fuera a construir un monumento duradero para alguien importante, elegiría este sitio.

Flora desabrochó el tercer botón de su blusa y movió las solapas para que el aire circulara bajo la tela de algodón.

– Sería un lugar maravilloso para los planes de turismo ecológico de Tipi -asintió-. Mira esas orquídeas… -tomó la cámara de su bolso para tomar una foto-. Desde luego, está en lo cierto al decir que este lugar puede ser un paraíso para los naturalistas -añadió mientras sacaba el carrete de la cámara para cargar uno nuevo. Al ver que Bram no contestaba, miró a su alrededor.

– ¿Bram? -había desaparecido-. ¡Bram! -gritó.

– Aquí arriba.

Al oír su voz, Flora alzó la mirada. Por un momento no pudo verlo, pero enseguida captó un destello de su camisa a un par de metros por encima de ella y dedujo que había trepado por la ladera a través de la espesa vegetación.

Bram se inclinó hacia ella y le ofreció una mano para ayudarla a subir. A punto de recordarle que se suponía que aquel lugar era peligroso y que debían permanecer juntos, cosa un tanto irónica teniendo en cuenta que había pretendido ir allí sola, se interrumpió parpadeó, incapaz de asimilar la magnitud de lo que se hallaba ante ella. Entonces su vista se adaptó al tamaño de lo que estaba mirando.