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Fallon giró sobre sí mismo muy despacio, masajeándose la frente con la mano izquierda mientras apoyaba la derecha en la cadera.

– Se suicidó después de que me fuera -murmuró-. Eso significa que no supe satisfacer sus necesidades, ¿verdad? Su único hijo vivo…

– ¿Qué necesitaba? ¿Qué le dijo?

Kovac esperó mientras Neil Fallon reanudaba su paseo por la sala con los hombros encogidos como si intentara paliar un dolor de estómago. Tenía el rostro enrojecido y respiraba con dificultad. En un momento dado metió la mano en el bolsillo del mono y sacó un paquete de Marlboro.

– Lo siento, señor Fallon -se disculpó Elwood-, pero aquí no se puede fumar.

Fallon le lanzó una mirada fulminante y sacó un cigarrillo del paquete.

– Pues écheme.

Kovac se acercó a él lentamente.

– No creo que la conversación girara en torno a lo que necesitaba Mike, Neil -observó con suavidad, cambiando de táctica-. Creo que giró en torno a lo que necesitaba usted. Creo que estaba borracho y cabreado cuando lo llamó, que discutieron por el dinero que necesita. Y después de esa conversación, se fue enfureciendo usted cada vez más mientras pensaba en la pasta, en que su viejo no quería proporcionársela y en que se pasaba la vida cantando las alabanzas de Andy y pisoteándolo a usted. Y se cabreó de tal forma que subió a la camioneta y fue a darle su merecido.

– El viejo iba borracho y medio ciego por las pastillas -masculló Fallon-. Fue como hablar con la pared. Le importaba un huevo lo que le dijera, como siempre.

– ¿Y se negó a darle el dinero?

Fallon denegó con la cabeza y se echó a reír.

– Ni siquiera escuchó mi petición. Solo quería hablar de Andy, de cuánto lo quería, de que Andy lo había defraudado, de que Andy la había cagado removiendo las aguas.

Kovac se volvió hacia Liska, que se había erguido de repente.

– ¿Empleó esas palabras? ¿Remover las aguas? ¿Por qué diría una cosa así?

– No lo sé -espetó Fallon-. Supongo que porque Andy había decidido salir del armario. Si hubiera mantenido en secreto que era maricón, el viejo no habría tenido que afrontarlo. «Después de tantos años», repitió varias veces. Como si Andy hubiera cometido una injusticia al contárselo. Como si se lo hubiera tenido que contar cuando tenía diez años o esperar a que el viejo la palmara. Joder…

– Eso debió de cabrearlo mucho -comentó Kovac-. Había soportado usted muchas cosas y además acababa de pelearse con aquel cliente. Usted estaba ahí mismo, en su casa, y Andy había muerto, pero él venga a hablar de Andy esto y Andy lo otro.

– Eso es lo que le dije. «Andy ha muerto. ¿No podemos enterrarlo y seguir adelante?»

Dio una chupada al cigarrillo y exhaló el humo con fuerza. Su rostro se había teñido de rojo oscuro, y tenía los ojos entornados para recordar mejor… o para contener las lágrimas. Se quedó mirando el espejo sin verlo.

– Y entonces se lo grité a la cara: «¡Andy era un puto maricón, y me alegro de que haya muerto!».

Escupió las palabras dando rienda suelta a las emociones acumuladas. Acto seguido se cubrió los ojos con la mano izquierda mientras el cigarrillo ardía entre sus dedos.

– ¿Y qué hizo él?

Fallon emitía unos sollozos rotos y torturados.

– ¿Qué hizo Mike cuando le dijo usted eso, Neil?

– Me… me pegó.

– ¿Y usted qué hizo?

– Dios mío…

– ¿Qué hizo, Neil? -insistió Kovac, acercándose más a él.

– Pues también… también le pegué. ¡Dios mío! -Sin dejar de sollozar, se dobló sobre sí mismo y sepultó el rostro entre las manos-. Y ahora ha muerto. ¡Los dos han muerto! ¡Dios mío!

Kovac le quitó el cigarrillo y le dio una chupada, ansioso por fumarse uno entero. Con un suspiro lo dejó sobre la mesa, provocando una quemadura negra en la superficie de aglomerado.

– ¿Lo mató, Neil? -inquirió en voz baja-. ¿Mató a Mike?

Fallon meneó la cabeza sin apartarse las manos del rostro.

– No.

– Podemos comprobar si tiene residuos de pólvora en las manos -le advirtió Liska.

– Efectuaremos lo que se denomina un análisis de activación de neutrones -explicó Kovac-. No importa cuántas veces se haya lavado las manos, porque las partículas microscópicas quedan insertadas en la piel a partir del disparo y tardan semanas en desaparecer.

Era un farol, una carta destinada a asustarlo. Aquella prueba solo podía determinar si una persona había estado en contacto con bario y amoníaco, componentes de la pólvora y de miles de otras combinaciones tanto naturales como sintéticas. En términos prácticos, incluso un resultado positivo poseería escaso valor forense y aun menos validez ante un tribunal, porque habría transcurrido demasiado tiempo entre el incidente y la prueba. Los abogados defensores se ganaban la vida argumentando que el tiempo equivalía a la contaminación de las pruebas, y los expertos forenses remunerados por comparecer se lo pasarían bomba cuestionando los resultados. Sin embargo, lo más probable era que Neil Fallon no supiera todas esas cosas.

En aquel momento llamaron a la puerta, y Elwood se apartó de ella. Al poco, el teniente Leonard asomó la cabeza con expresión avinagrada.

– ¿Puedo hablar con usted un momento, sargento?

– Estoy ocupado, teniente -repuso Kovac, impaciente.

Leonard se lo quedó mirando en elocuente silencio. Kovac miró a Neil Fallon y contuvo un suspiro. Si Fallon iba a confesar, sería entonces, mientras se hallara débil emocionalmente, antes de tener oportunidad de erigir un muro de protección a su alrededor.

Kovac se sentía como un lanzador expulsado del partido cuando estaba machacando al adversario. Se volvió hacia Liska.

– Bueno, parece que queda en tus manos -masculló entre dientes.

– Sargento… -instó Leonard.

Kovac salió y siguió a Leonard hasta la habitación contigua, desde donde el teniente había observado el interrogatorio por el espejo. La estancia estaba a oscuras, una sala con una ventana por pantalla de cine. Ace Wyatt estaba ante ella con los brazos cruzados, mirando a Neil Fallon a través del vidrio sucio. Permaneció unos instantes más en aquella postura antes de volverse hacia Kovac con expresión de profunda preocupación, la misma que exhibía en las vallas publicitarias distribuidas por toda la ciudad para anunciar su programa televisivo.

– ¿Por qué haces esto, Sam? -inquirió-. ¿Acaso no ha sufrido ya bastante esta familia?

– Depende. Si resulta que este mató a los otros dos, la respuesta es no.

– ¿Ha pasado algo en la autopsia que no sepa?

– ¿Por qué ibas a saber lo que ha pasado en la autopsia? -replicó Kovac en tono desafiante-. Maggie Stone no tiene por costumbre difundir esa clase de información.

Wyatt hizo caso omiso del comentario, pues estaba por encima de la curiosidad propia del policía de a pie.

– Lo tratas como si supieras a ciencia cierta que Mike fue asesinado.

– Tenemos buenas razones para ello -repuso Kovac antes de sacar las Polaroid del bolsillo interior de la americana y alinearlas sobre la repisa de la ventana-. En primer lugar, se mató sentado en el retrete. Mucha gente lo hace, pero debió de ser un coñazo para él llegar hasta allí con la silla y marcha atrás, para más inri. Fue Liska quien reparó en ese detalle. En un principio creí que no quería dejarlo todo hecho un asco para cuando lo encontráramos, pero ¿cuánto hacía que a Mike no le importaba un comino el prójimo? El arma procedía del armario de su dormitorio. ¿Por qué no se pegó el tiro ahí mismo? No creo que le importara la porquería; al fin y al cabo, su casa era una pocilga. Además, tenemos los antecedentes de Neil Fallon, su historial de problemas con el viejo, el hecho de que nos mintiera respecto a su visita a la casa…