– No.
– Si alguien más aparte de médicos y enfermeras entran en esta habitación, quiero que lo notifique de inmediato.
– Vale.
– Si alguien entra en la habitación, me da igual quién sea, mueva el culo y vigile por la ventanilla. Podría haber matado al paciente cinco veces mientras usted leía acerca de las ventajas de la pesca marina sobre la fluvial.
Hess frunció los labios al oír aquello, disgustado por el hecho de que una mujer, sobre todo una mujer que podría ser su hija, le dijera cómo debía hacer su trabajo.
– Y ya que está aquí, ¿por qué no pide un trasplante de personalidad? -masculló Liska al alejarse.
Tomó el ascensor hasta la planta baja pensando en Ogden y Rubel, hasta dónde estarían dispuestos a llegar, si se atreverían a intentar algo en el hospital. Parecía un riesgo demasiado grande, pero si tenían algo que ver con el asesinato de Eric Curtis, si tenían algo que ver con la muerte de Andy Fallon, si estaban dispuestos a hacer a otro ser humano lo que le había sucedido a Ken Ibsen, entonces sus actos no conocerían límites.
Por otro lado, tal vez no quisieran verlo muerto. Ibsen constituía un símbolo más espeluznante vivo, si es que querían hacer entender a la gente que más valía no joderlos. Se preguntó por qué habrían esperado tanto. ¿Por qué no dar una paliza a Ibsen cuando la investigación estaba en marcha? Tal vez Ibsen no los preocupaba tanto como el interés de Liska por reabrir el caso. A fin de cuentas, nadie había apostado por Ken Ibsen hasta entonces.
Genial. Eso significaría que habían dejado a Ibsen hecho un cromo por su causa, de modo que era responsable de que estuviera en el hospital.
Tenían que estar vigilando a Ibsen para sorprenderlo en aquel callejón, pensó. Con toda probabilidad, también la vigilaban a ella. La omnisciencia parecía ocupar un lugar preponderante en la lista de prioridades de la pareja. Pero a renglón seguido recordó que no eran solo dos, sino que Springer había corroborado su coartada. Dungen, el enlace de la oficina de agentes homosexuales, le había comentado que en el departamento había muchas personas con actitudes homófobas. Pero ¿cuántos policías estarían dispuestos a llegar al asalto y el asesinato? ¿O cuántos estarían dispuestos a hacer la vista gorda? Esperaba no tener que averiguarlo.
Salió del ascensor con la cabeza baja, ensimismada, intentando establecer una lista de prioridades de lo que debía hacer.
Quería llamar al último compañero de patrulla de Eric Curtis. ¿Cómo se llamaba? Ah, sí, Engle. Y además, Castleton le había ordenado que fuera a Asuntos Internos para intentar descubrir de qué había hablado Ibsen con ellos. Asimismo, quería llamar a Kovac para ponerle al corriente del estado de Ibsen y saber cómo había ido el registro del establecimiento de Neil Fallon. Con toda probabilidad, en aquellos momentos estaría en el despacho del juez Lundquist.
Sacó el teléfono móvil del bolsillo y alzó la vista en busca de un lugar donde pudiera detenerse a llamar sin molestar. Rubel estaba a tres metros de distancia, vestido de paisano y con la mirada impávida clavada en ella. El instante se prolongó como una imagen congelada mientras Liska reparaba en algo que Rubel llevaba en la mano. De pronto, alguien chocó con ella por detrás. Rubel avanzó hacia ella, se encajó las gafas de espejo con una mano y escondió la otra en el bolsillo de la chaqueta.
– ¿Qué narices hace usted aquí? -estalló Liska al tiempo que lo interceptaba.
– Ponerme la vacuna contra la gripe.
– Ibsen está bajo vigilancia.
– ¿Y a mí qué? No tiene nada que ver conmigo.
– Ya -bufó Liska-, aunque sí tenía mucho que decir sobre su compañero.
– Ogden ha quedado limpio -replicó Rubel con un encogimiento de hombros-. Supongo que Asuntos Internos decidió que ese tipo no tenía nada interesante que decir.
– Pues alguien decidió lo contrario. Ibsen se pasará un par de meses hablando con los dientes que le queden.
– Como ya le dije a Castleton -dijo Rubel-, no sé nada de nada. Ogden, Springer y yo estuvimos jugando al billar en el sótano de mi casa.
– Suena a excusa barata.
– Las personas inocentes no se pasan la vida pensando en coartadas -señaló Rubel por encima del hombro mientras se alejaba-. Y ahora, si me disculpa, sargento…
– Ya, claro, usted, Ogden y sus demás colegas homófobos son unos santos -espetó Liska, deseando ser lo bastante alta para encararse con él, porque la mirada de Rubel quedaba muy por encima de su cabeza-. ¿Sabe una cosa? No son los Eric Curtis ni los Andy Fallon de este mundo los que traen la vergüenza al departamento -observó-, sino los gárrulos como ustedes, convencidos de que tienen plena libertad para machacar a cualquiera que no encaje en su mezquino ideal de perfección humana. Son ustedes los que deberían desaparecer del departamento. Y si encuentro aunque sea la prueba más insignificante contra ustedes, me encargaré de que así sea.
– Eso suena a amenaza, sargento.
– ¿Ah, sí? Pues llame a Asuntos Internos -sugirió Liska antes de alejarse por donde había venido Rubel, sintiendo su mirada clavada en ella hasta doblar la esquina.
– ¿Puedo ayudarla en algo, señorita? -le preguntó una recepcionista.
Liska miró a su alrededor. Se encontraba en una pequeña zona de espera en la que vanas personas de aspecto desgraciado aguardaban su turno.
– ¿Es aquí donde ponen las vacunas contra la gripe?
– No, señora, aquí se hacen los análisis de sangre. Las vacunas contra la gripe las ponen en Urgencias. Vuelva por ese mismo pasillo y…
Liska le dio las gracias en un murmullo y se alejó.
– ¡Voy a demandar al departamento de policía! -chilló Neil Fallon.
Sus pesadas botas chirriaban sobre la nieve dura mientras se paseaba frenético a la izquierda de Kovac. Llevaba la cabeza descubierta, y el viento que barría el lago le había alborotado el cabello. Entre eso, la mirada enloquecida y las venas prominentes, tenía aspecto de demente.
Kovac encendió un cigarrillo, dio una larga chupada y exhaló una columna de humo que el viento disipó de inmediato. Debían de estar a veinte bajo cero por lo menos.
– Como quiera, Neil -dijo-. Es tirar un dinero que no tiene, pero a mí me da igual.
– Detención improcedente…
– No está detenido.
– Acoso…
– Tenemos una orden de registro. Lo tiene jodido, Neil -comentó Kovac sin inmutarse.
El sol despedía unos rayos amarillo pálido por entre la bruma de la nieve barrida por el viento. Las cabañas de pesca que salpicaban la orilla más cercana del lago parecían unirse para entrar en calor.
Fallon se detuvo jadeante y observó a través de la ancha puerta a los policías que revolvían los trastos amontonados en el taller. En la casa no habían encontrado nada aparte de pruebas de que en ella no vivía ninguna mujer.
– No he matado a nadie -repitió Fallon por enésima vez.
Kovac lo miró de soslayo.
– Entonces no se preocupe, amigo. Vaya a tomar una cerveza.
Tippen, de la unidad de detectives de la oficina del sheriff, estaba de pie a la derecha de Kovac, también fumando y escudriñando la boca cavernosa del cobertizo. Llevaba el cuello de la parka subido hasta las orejas y una gorra de lana a rayas rojas y blancas calada hasta los ojos.
– Creía que habías dejado de fumar -comentó a Kovac.
– Y lo he dejado.
– Veo que estás en fase de negación absoluta, Sam.
– Qué se le va a hacer… ¿Te ha dicho alguien que tienes una pinta ridícula con ese gorro?
– ¿Te ha dicho alguien que tú tienes una pinta ridícula sin necesidad de llevar gorro? -replicó Tippen sin inmutarse-. ¿Dónde está Liska?
– Te mola, ¿eh?
– Permíteme que te contradiga. Me he limitado a preguntar por una colega.
– «Permíteme que te contradiga.» A Liska le encantará la frasecita… Pues está en un lugar donde hace más calor que aquí, trabajando en otra cosa.