– Incluso en el norte de Alaska hace más calor que aquí.
– ¿En qué otra cosa? -terció Fallon.
– No es de su incumbencia, Neil. La sargento Liska lleva otros casos.
– No maté a mi padre.
– Ya lo ha dicho cien veces -comentó Kovac sin apartar la mirada del cobertizo.
En aquel momento salió Elwood, sujetando un mono marrón de tela cruzada por los hombros. Fallon dio un respingo como si acabara de recibir una descarga eléctrica.
– No es lo que piensa.
– ¿Y qué es lo que pienso, Neil?
– Puedo explicarlo.
– ¿Qué te parece, Sam? -preguntó Elwood-. Yo creo que es sangre.
El mono estaba repugnante, y sobre la suciedad se veían salpicaduras de lo que parecía ser sangre y tejido resecos.
Kovac se volvió hacia Fallon.
– Lo que pienso es lo siguiente, Neiclass="underline" pienso que queda detenido. Tiene derecho a permanecer en silencio…
Cal Springer había llamado para avisar de que estaba enfermo y no acudiría a trabajar. Liska aparcó en el sendero de coches y se quedó mirando la casa del detective unos instantes antes de apagar el motor. Cal y la parienta vivían en una de las múltiples calles sin salida que había en el suburbio residencial de Eden Prairie. La edificación era lo que los agentes inmobiliarios denominaban «contemporánea discreta», lo que significaba que carecía de estilo. Cualquier persona que regresara al barrio tras una noche de bares correría el riesgo de acabar en casa de algún vecino y no reparar en la diferencia hasta que el despertador sonara a la mañana siguiente.
Aun así, era un lugar agradable, y a Liska le habría encantado poseer una vivienda comparable. Se preguntaba cómo podía permitirse Cal vivir en un sitio así. Sin duda cobraba un buen sueldo por puesto y veteranía, pero no tan bueno. Y además, Liska sabía de buena tinta que su hija estudiaba en una cara universidad privada que se encontraba en Northfield. Tal vez la señora Springer era la que llevaba el dinero a casa. Menudo concepto: Cal Springer, el mantenido.
Se dirigió a la puerta principal, tocó el timbre y cubrió la mirilla con el dedo.
– ¿Quién es? -preguntó Springer desde dentro como si el fisco esperara para llevárselo encadenado y a rastras por vivir por encima de sus posibilidades.
– Elana, del servicio de acompañantes Elite -replicó Liska en voz alta- ¡Vengo a darle la paliza de las cuatro, señor Springer!
– ¡Maldita sea, Liska! -masculló Springer al tiempo que abría la puerta con expresión enfurecida y miraba en derredor para comprobar si la había oído algún vecino-. ¿No podrías tener un poco de consideración? Vivo aquí, ¿sabes?
– ¿Y por qué voy a querer yo ponerte en evidencia delante de desconocidos?
Se agachó para pasar por debajo del brazo de Springer y entrar en el recibidor, un espacio de baldosas incoloras, pintura incolora y una barandilla de madera incolora que ascendía por la escalera hasta el piso superior.
– ¿Sabías que no es bueno que la escalera lleve directamente a la puerta? -preguntó-. Es fatal para el feng shui. Todo el chi bueno sale por la puerta para no volver.
– Estoy enfermo -declaró Springer.
– Podría ser por la falta de chi. Dicen que quizá fue eso lo que mató a Bruce Lee. Lo leí en la revista In Style.
Liska le lanzó una mirada de policía de arriba abajo, fijándose en el cabello despeinado, la tez grisácea y las ojeras bajo los ojos inyectados en sangre. Tenía un aspecto espantoso.
– O podría ser por pasarte la vida con tipos como Rubel y Ogden. Extrañas compañías para una persona como tú, ¿no te parece, Cal?
– Mis amistades no son de tu incumbencia.
– Lo son si estoy bastante convencida de que dejaron a un hombre en coma mientras tú supuestamente estabas jugando al billar con ellos.
– Es imposible que lo hicieran ellos -aseguró Cal sin mirarla a los ojos-. Estábamos los tres en casa de Rubel.
– ¿Es eso lo que me dirá tu mujer cuando se lo pregunte?
– No está en casa.
– Pero vendrá tarde o temprano.
Liska intentó pasar junto a él, pero Springer no paraba de bloquearle el paso. Llevaba unos pantalones marrones holgados que habían visto tiempos mejores, así como un suéter gris de St. Olaf arremangado que le quedaba fatal. Ni siquiera era capaz de vestirse como Dios manda.
– Además, ¿qué tiene que ver todo esto contigo? -preguntó con sequedad.
– Ayudo a Castleton en la investigación del asalto. La víctima había quedado conmigo para hablarme del asesinato de Curtis, y ahora que alguien se ha tomado la molestia de cerrarle la boca, aún siento más curiosidad por saber qué quería contarme. Ya sabes cómo soy cuando me pongo en serio, Cal, como un perro en pos de un gato. No me detengo hasta darle caza.
Springer emitió un sonido gutural y se llevó una mano al estómago mientras miraba de soslayo el aseo situado bajo la escalera.
– ¿Por qué te codeas con agentes, Cal? Eres detective, por el amor de Dios, y además, debes de llevarles unos quince años. No pretendo ofenderte, pero ¿por qué buscan tu compañía?
– Mira, Liska, ya te he dicho que no me encuentro bien -insistió Springer, mirando de nuevo hacia el aseo-. ¿No podemos continuar esta conversación en otro momento?
– ¿Después de tomarme la molestia de venir hasta aquí? -exclamó ella, ofendida-. Menudo anfitrión estás hecho. Aunque hay que reconocer que tienes una casa bonita
Avanzó hasta el final del recibidor para asomarse a un salón con chimenea de piedra y sofás sobrecargados de almohadones. El espigado árbol de Navidad estaba decorado con adornos artesanales y demasiada lama de plata.
– En este barrio te deben de pegar unos palos tremendos con los impuestos -comentó.
– ¿Y a ti qué te importa? -bufó Springer, exasperado.
– Nada, de todos modos, no podría permitirme vivir en un lugar como este. ¿Cómo te las arreglas tú?
Aquellas palabras lo cogieron desprevenido, y por un instante, Liska vio una expresión sombría en el rostro de Springer. Comprendió con claridad meridiana que Cal Springer debía de pasarse la vida intentando alcanzar unos objetivos que siempre quedaban fuera de su alcance.
En aquel instante se oyó el sonido de la puerta del garaje al abrirse, y Springer pareció arrugarse aún más ante sus ojos.
– Es mi mujer que vuelve del trabajo.
– ¿Ah, sí? ¿Y a qué se dedica, a la neurocirugía? Ay, no, qué tonta, si fuera neurocirujana ya habría hecho algo respecto a tu ausencia total de sentido común.
– Es maestra -explicó Springer mientras se masajeaba el estómago.
– Ah, bueno, eso explica vuestro extravagante tren de vida. Las maestras se forran, sin lugar a dudas.
– Entre los dos nos ganamos bien la vida -masculló Springer, a la defensiva.
Lo bastante bien para estar endeudado hasta las cejas, pensó Liska.
– Pero en cualquier caso, un ascenso no te vendría mal, ¿eh? Claro que después de la cagada con lo de Curtis, tienes pocas posibilidades. Por eso has decidido presentarte a delegado y demostrar a los peces gordos que eres un poli de altos vuelos, ¿verdad?
– Hola, Calvin, ya estoy en casa -llegó una voz suave y dulce desde la cocina-. Te he traído el antidiarreico.
– Estamos aquí, Patsy.
– ¿Estamos?
Se oyó el frufrú de varias bolsas de plástico, y al poco, la señora Springer apareció en el recibidor. Era el prototipo clásico de maestra de escuela de mediana edad, un poco rolliza, un poco desaliñada, con grandes gafas y cabello casi incoloro.
– Soy Nikki Liska, señora Springer -se presentó Liska con la mano extendida.
– Del trabajo -añadió Cal.
– Creo que nos conocimos en un acto del departamento -prosiguió Liska.
La señora Springer parecía desconcertada, o tal vez un poco aprensiva.
– ¿Ha venido para ver cómo está Calvin? El estómago lo ha estado matando.