– Así es la vida, Russ.
– Que les den a todos -espetó Russell antes de colgar.
Kovac rescató el paquete de cigarrillos de la papelera, lo dobló por la mitad y volvió a tirarlo. Luego encendió el ordenador y pasó la siguiente hora intentando averiguar cosas sobre Jocelyn Daring. Gracias a una fuente descubrió que se había licenciado cum laude por la Universidad Northwestern, donde también había destacado como jugadora de hockey sobre hierba. Era atlética y fuerte… eso ya lo sabía. También agresiva… como había tenido ocasión de comprobar. Fue cuarta de su promoción en la Facultad de Derecho de la Universidad de Minnesota. Ambiciosa. Trabajadora. En los archivos de Tráfico se enteró de que le gustaba conducir a toda pastilla y que no se le daba nada bien el manejo de los parquímetros. Eso podría indicar cierto desprecio por las normas… o al menos eso dirían John Quinn y sus demás colegas expertos en perfiles psicológicos.
No obstante, no encontró antecedentes ni artículos sobre escenas violentas en restaurantes ni nada parecido, aunque tampoco lo había esperado. Aun cuando Jocelyn tuviera un historial de comportamiento irracional, su familia tenía dinero suficiente para ocultarlo.
No era el caso del clan Fallon, constató Kovac al revisar el expediente que Elwood había compilado sobre Neil. Sus debilidades eran del dominio público. La condena por asalto, un par de detenciones por conducir ebrio, problemas fiscales, delitos contra la salud pública, altercados con agentes del Departamento de Recursos Naturales por pescar más de la cantidad permitida de casi todas las especies que habitaban en su zona…
Sus antecedentes señalaban que era un hombre ansioso por conseguir más de lo que le correspondía por derecho, un hombre resentido con la autoridad. Todo lo contrario de su hermano, algo de lo que, sin lugar a dudas, Neil culpaba a su hermano, si bien lo más probable es que fuera a la inversa. Tras ver a Neil fastidiarla y causar problemas, Andy había tomado la dirección opuesta para complacer a su padre. Y así había sido casi hasta el final, con la excepción imperdonable de haberle contado al viejo la verdad sobre su orientación sexual.
Pobre chico. Había llegado incluso al extremo de intentar comprender a Mike a través de sus experiencias pasadas. Pero ¿qué había que comprender? Los tipos como Mike no tenían muchas capas; en eso, Neil aventajaba a Andy, porque comprendía a su padre a la perfección.
– No tengo nada que decirle, Kovac, al menos hasta que llegue mi abogado.
Neil Fallon lo fulminó con la mirada y empezó a pasearse ante la puerta que daba a la sala de interrogatorios. Le sentaba a las mil maravillas el mono naranja de la cárcel, salvo por la ausencia de grasa y suciedad en la tela. Se había tenido que enrollar el dobladillo de los pantalones para no pisarse las perneras.
– No se trata de usted, Neil -aseguró Kovac, la personificación de la serenidad mientras se sentaba en la silla de plástico con el tobillo apoyado sobre la rodilla opuesta.
– Entonces, ¿a qué ha venido? No tengo nada que decirle.
– Eso ya me lo ha dicho. En fin, parece que no le interesa una oportunidad para salir de aquí.
– ¿Cómo puedo tener oportunidad para salir de aquí si no se trata de mí?
– Pues mostrando un poco de buena fe.
Fallon enarcó las cejas.
– ¿Buena fe? Que le den por el culo.
– Para ser un tipo que se pasa media vida reivindicando su heterosexualidad, se muere usted de ganas de que me metan algo por el culo -observó Kovac.
– ¡Que le den! -barbotó Fallon sin poder contenerse-. Voy a demandarlo, Kovac -aseguró tras lanzar un gruñido exasperado-. Voy a demandar al puto departamento de policía.
Kovac lanzó un suspiro de aburrimiento.
– Mire, Neil, dice usted que es inocente, que no mató a su padre.
– Es que no le maté.
– Pues ayúdeme a entender un par de cosas, es lo único que le pido. La comprensión es la clave de la sabiduría. Ya sabe, todo el rollo de que el policía es su amigo y tal -recitó como si se dirigiera a un niño de cuatro años-. Y si no lo es, pues está jodido. Venga, Neil, gánese mi amistad.
Fallon se apoyó contra la pared junto a la puerta y cruzó los brazos con aire pensativo.
– Mi abogado dice que no debo hablar con usted si él no está presente.
– Una vez haya contratado a un abogado, nada de lo que diga en su ausencia puede utilizarse en su contra. Esto no puede perjudicarlo, tan solo ayudarlo. En ningún momento he querido que fuéramos enemigos, Neil. Pero si hasta llegamos a compartir una botella, por el amor de Dios. Es usted un hombre decente y trabajador, como yo.
Fallon esperó con el labio inferior salido.
– Le he traído tabaco -prosiguió Kovac, alargándole el paquete.
Fallon se acercó a él, lo cogió e hizo una mueca.
– Están todos doblados.
– Bueno, pero todavía chutan.
– Joder -masculló Fallon, pero pese a todo cogió un cigarrillo e intentó enderezarlo.
Kovac le dio el encendedor.
– Me tienen intrigado algunos detalles sobre Andy… y no, no creo que usted lo matara. A decir verdad, no sé si lo mató alguien. Todo el mundo dice que estaba deprimido; solo pretendo formarme una idea más clara, nada más.
Tras la bruma de humo, Fallon entornó los ojos, pensando a todas luces que se trataba de una pregunta trampa.
– Mire, soy detective de Homicidios -explicó Kovac-. Siempre miro con suspicacia a todo el mundo cuando me topo con un cadáver. No es nada personal. Si mi padre apareciera muerto, miraría igual a mi madre. Pero aquí debemos tener en cuenta varios factores. ¿Y si Andy quería reconciliarse con su padre? A lo mejor buscaba una oportunidad para granjearse de nuevo su cariño, por así decirlo, así que empieza a hacer cosas por él, habla con él, pasa tiempo con él… Quizá incluso le compra ese pedazo de televisor que Mike tenía en el salón…
– Se lo compró Wyatt -atajó Fallon sin inmutarse mientras se sentaba y contemplaba el cigarrillo torcido.
– ¿Qué?
– Ace Wyatt, el ángel de la guardia del viejo -dijo Fallon con infinito sarcasmo-. Todo empezó con el tiroteo. Wyatt contribuyó al pago de las facturas del hospital, compraba cosas para la casa, para Andy y para mí… Mike siempre decía que así debía ser, que los policías se ayudaban unos a otros. De eso se trataba, repetía una y otra vez, del sentido del deber. Y así era, porque Wyatt nunca quería pasar tiempo con el viejo ni con nosotros. Cuando venía a casa parecía que le daba miedo que le picaran las pulgas o algo así. Qué cabrón.
– Sí, hay que ser un cabrón para comprar cosas a unos chicos.
– Siempre pensé que se sentía culpable porque Mike recibió aquel disparo. Al fin y al cabo, Wyatt vivía enfrente de la casa de Thorne, y fue a él a quien Thorne llamó para pedir ayuda. Él debería haber recibido el balazo, pero Mike llegó primero.
Kovac asimiló la teoría y llegó a la conclusión de que no era nada descabellada. Mike había recibido aquel balazo en lugar de Ace Wyatt y nunca había permitido que Wyatt lo olvidara. La imagen desvaída de la noble leyenda desaparecía a causa de la lluvia acida de la realidad.
– Cada vez que necesitaba algo, Mike llamaba a Wyatt -continuó Neil sin dejar de dar chupadas al cigarrillo en forma de L-. Y por supuesto, no dejaba de echármelo en cara cada vez que tenía ocasión. Que si tendría que cuidar de él porque era el hijo mayor, que si esto, que si lo otro. Bah, como si él hubiera hecho algo por mí alguna vez.
– ¿Cuántos años tenía Andy cuando dispararon a su padre?
– Siete u ocho, creo. ¿Por qué?
– Alguien me dijo que quería hablar con Mike de lo ocurrido, para intentar comprenderlo mejor.
Fallon lanzó una carcajada seguida de un ataque de tos y fumó otra calada.
– Típico de Andy, el rey de la sensibilidad. ¿Qué hay que entender? Mike no era más que un capullo amargado.