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¿Por qué preguntó eso, Pereira? ¿Porque creía de verdad que Marta pudiera acarrearle problemas a aquel joven, porque le había parecido demasiado listilla y demasiado impertinente, porque habría deseado que todo hubiera sido distinto, que hubieran estado en Francia o en Inglaterra, donde las chicas listillas e impertinentes podían decir todo lo que quisieran? Eso Pereira no se siente capaz de decirlo, pero el hecho es que preguntó: ¿A causa de Marta? En parte sí, contestó Monteiro Rossi en voz baja, pero no puedo echarle las culpas a ella, ella tiene sus ideas y son ideas muy sólidas. Pues ¿entonces?, preguntó Pereira. Pues que ha llegado mi primo, respondió Monteiro Rossi. No me parece tan grave, contestó Pereira, todos tenemos primos. Sí, dijo Monteiro Rossi casi susurrando, pero mi primo viene de España, está en una brigada, combate del lado de los republicanos, está en Portugal para reclutar voluntarios portugueses que quieran formar parte de una brigada internacional, en mi casa no puedo tenerle, tiene un pasaporte argentino y se ve a la legua que es falso, no sé dónde meterle, no sé dónde esconderle. Pereira comenzó a sentir una gota de sudor que le bajaba por la espalda, pero permaneció tranquilo. ¿Y qué?, preguntó mientras seguía comiéndose la omelette. Pues que lo que haría falta, dijo Monteiro Rossi, es que usted, señor Pereira, lo que haría falta es que se ocupara de él, que le buscara un alojamiento discreto, no importa que sea clandestino, basta con que sea, yo no le puedo tener en casa porque la policía podría sospechar de mí a causa de Marta, podrían vigilarme, incluso. ¿Y qué? preguntó otra vez Pereira. Pues que de usted no sospecha nadie, dijo Monteiro Rossi, él se quedará algunos días, lo suficiente para entrar en contacto con la resistencia, y después se volverá a España, debe usted ayudarme, señor Pereira, debe buscarle un alojamiento.

Pereira terminó de comerse su omelette, hizo un gesto al camarero y pidió otra limonada. Estoy asombrado de su descaro, dijo, no sé si se da cuenta de lo que me está pidiendo, y, además, ¿adonde podría llevarle? A una habitación de alquiler, dijo Monteiro Rossi, a una pensión, a cualquier lugar donde no se preocupen demasiado de la documentación, usted sabrá de sitios así, conoce a todo el mundo.

Conoce a todo el mundo, pensó Pereira. Pero si él de todos los que conocía no conocía a nadie, conocía al padre Antonio, al que no podía endosar un problema de ese tipo, conocía a su amigo Silva, que estaba en Coimbra y con el que no podía contar, y después a la portera de Rua Rodrigo da Fonseca, que tal vez fuera una confidente de la policía. Pero de repente le vino a la cabeza una pequeña pensión de la Graça, encima del Castillo, a la que iban las parejas clandestinas y donde no pedían el carnet a nadie. Pereira la conocía porque una vez su amigo Silva le había pedido que le reservara una habitación en un lugar discreto donde pasar una noche con una señora de Lisboa que no podía arriesgarse a un escándalo. De modo que dijo: Me ocuparé de ello mañana por la mañana, pero no me mande a su primo, o no lo lleve usted a la redacción, se lo digo por la portera, ya sabe, llévelo mañana por la mañana a las once a mi casa, ahora le doy la dirección, pero nada de llamadas por teléfono, por favor, e intente venir usted también, será lo mejor. ¿Por qué dijo eso Pereira? ¿Porque le daba pena Monteiro Rossi? ¿Porque había estado en las termas y había mantenido una conversación tan decepcionante con su amigo Silva? ¿Porque había conocido en el tren a la señora Delgado, que le había dicho que había que hacer algo fuera como fuere? Pereira no lo sabe, sostiene. Sabe solamente que se dio cuenta de que se había metido en un lío y que necesitaba hablar de ello con alguien. Pero no había ningún alguien por ahí y entonces pensó que hablaría de ello con el retrato de su esposa al volver a casa. Y así lo hizo, sostiene.

12

A las once en punto, sostiene Pereira, sonó el timbre. Pereira había desayunado ya, se había levantado temprano, y sobre la mesa del comedor estaba ya preparada una jarra de limonada con cubitos de hielo. Primero entró Monteiro Rossi con aire furtivo y susurró los buenos días. Pereira cerró la puerta un poco perplejo y le preguntó si su primo no venía. Ha venido, sí, respondió Monteiro Rossi, pero no quiere entrar así sin más, me ha mandado a mí por delante para ver. Para ver ¿qué?, preguntó Pereira con irritación, ¿están jugando a policías y ladrones o es que creen que les está esperando la policía? Oh, no, no se trata de eso, señor Pereira, se disculpó Monteiro Rossi, es sólo que mi primo es muy desconfiado, dése cuenta, la suya no es una situación nada fácil, se halla aquí para una misión delicada, tiene un pasaporte argentino y está que se sube por las paredes. Eso ya me lo explicó ayer por la noche, replicó Pereira, y ahora haga el favor de llamarle, basta ya de tonterías. Monteiro Rossi abrió la puerta e hizo un gesto que quería decir adelante. Ven, Bruno, dijo en italiano, todo en orden. Entró un hombrecillo pequeño y delgado. Llevaba el pelo cortado a cepillo, tenía un par de bigotitos rubios y vestía una chaqueta azul. Señor Pereira, dijo Monteiro Rossi, le presento a mi primo Bruno Rossi, aunque según el pasaporte se llama Bruno Lugones, lo mejor sería que usted le llamara siempre Lugones. ¿En qué idioma debemos hablar?, preguntó Pereira, ¿su primo sabe portugués? No, dijo Monteiro Rossi, pero sabe español.

Pereira los hizo pasar al comedor y sirvió la limonada. El señor Bruno Rossi no dijo nada, se limitó a mirar a su alrededor con aire desconfiado. A lo lejos se oyó la sirena de una ambulancia y el señor Bruno Rossi se puso rígido y se acercó a la ventana. Dígale que esté tranquilo, dijo Pereira a Monteiro Rossi, aquí no estamos en España, no hay ninguna guerra civil. El señor Bruno Rossi volvió a sentarse y dijo en españoclass="underline" Perdone la molestia, pero estoy aquí por la causa republicana. Escuche, señor Lugones, dijo Pereira en portugués, hablaré lentamente para que usted me entienda, a mí no me interesan ni la causa republicana ni la causa monárquica, yo dirijo la página cultural de un periódico de la tarde y esas cosas no forman parte de mi entorno, yo voy a buscarle un alojamiento tranquilo, más no puedo hacer, y a usted no se le ocurra venir a buscarme, porque yo no quiero tener nada que ver ni con usted ni con su causa. El señor Bruno Rossi se volvió hacia su primo y le dijo en italiano: No era así como me lo habías descrito, yo me esperaba un compañero. Pereira comprendió y replicó: Yo no soy compañero de nadie, vivo solo y me gusta estar solo, mi único compañero soy yo mismo, no sé si me explico, señor Lugones, visto que es ése el nombre de su pasaporte. Sí, sí, dijo casi balbuceando Monteiro Rossi, pero el caso es que, verá, necesitamos su ayuda y su comprensión, porque nos hace falta dinero. Explíquese mejor, dijo Pereira. Bueno, dijo Monteiro Rossi, él no tiene dinero y si nos piden el pago por adelantado en el hotel, no podremos hacerle frente por el momento, pero después ya me encargaré yo, mejor dicho, se encargará Marta, se trataría sólo de un préstamo.