Después se sentó a la mesa y empezó a traducir La última lección de Daudet. Se había llevado su Larousse, que le fue muy útil. Pero tradujo sólo una página, porque quería hacerlo con calma y porque aquel cuento le hacía compañía. Y, en efecto, durante toda la semana que Pereira permaneció en la clínica talasoterápica, pasó todas las tardes traduciendo el relato de Daudet, sostiene. Fue una semana estupenda, de dieta, terapia y reposo, animada por la presencia del doctor Cardoso, con quien mantuvo siempre conversaciones vivaces e interesantes, sobre todo de literatura. Fue una semana que pasó volando, el sábado apareció la primera entrega de Honorine de Balzac en el Lisboa y el doctor Cardoso le felicitó. El director no le llamó, lo que significaba que en el periódico todo marchaba bien. Ni siquiera Monteiro Rossi dio señales de vida, como tampoco Marta. En esos últimos días Pereira ya casi no pensaba en ellos. Y cuando abandonó la clínica para tomar el tren hacia Lisboa, se sentía tonificado y en forma, y había adelgazado cuatro kilos, sostiene Pereira.
18
Regresó a Lisboa y buena parte de agosto transcurrió como si nada, sostiene Pereira. Su asistenta todavía no había regresado, encontró una postal de Setúbal en su buzón que decía: «Volveré a mediados de septiembre porque mi hermana tiene que operarse de varices, muchos saludos, Piedade.»
Pereira tomó de nuevo posesión de su apartamento. Por suerte, el tiempo había cambiado y no hacía mucho calor. Por la tarde se levantaba una impetuosa brisa atlántica que obligaba a ponerse la chaqueta. Volvió a la redacción y no encontró novedades. La portera ya no le torcía el gesto y le saludaba con mayor cordialidad, aunque en el rellano continuaba flotando un terrible olor a frito. El correo era escaso. Encontró el recibo de la luz y lo envío a la redacción. También había una carta que venía de Chaves, de una señora cincuentona que escribía cuentos infantiles y que ofrecía uno de ellos para el Lisboa. Era un cuento de hadas y elfos, que nada tenía que ver con Portugal y que la señora debía de haber copiado de algún relato irlandés. Pereira le escribió una amable carta, invitándola a inspirarse en el folklore portugués porque, le dijo, el Lisboa se dirigía a lectores portugueses, no a lectores anglosajones. Hacia finales de mes llegó una carta procedente de España. Iba dirigida a Monteiro Rossi, en el destinatario decía en españoclass="underline" A la atención del señor Monteiro Rossi, y debajo: Señor Pereira, Rua Rodrigo de Fonseca, 66, Lisboa, Portugal. Pereira sintió la tentación de abrirla. Casi se había olvidado de Monteiro Rossi o, por lo menos, eso creía, y le pareció increíble que aquel joven se hiciera mandar correspondencia a la redacción cultural del Lisboa. Después la puso en la carpeta de «Necrológicas» sin abrirla. Por las mañanas almorzaba en el Café Orquídea, pero ya no tomaba omelettes a las finas hierbas porque el doctor Cardoso se las había prohibido, y tampoco bebía limonadas, tomaba ensalada de pescado y bebía agua mineral. Honorine de Balzac fue publicado por completo y obtuvo un gran éxito de público. Pereira sostiene que incluso recibió dos telegramas, uno de Tavira y otro de Estremoz, que decían, el primero, que el relato era extraordinario, y el otro que el arrepentimiento era algo en lo que todos deberíamos pensar, y ambos acababan con la palabra «gracias». Pereira pensó que quizá alguien había recogido el mensaje dentro de la botella, quién sabe, y se preparó a elaborar la versión definitiva del cuento de Alphonse Daudet. El director le telefoneó una mañana para felicitarle por el relato de Balzac porque, según dijo, en la redacción central habían recibido un aluvión de cartas de felicitación. Pereira pensó que el director no podía percibir el mensaje dentro de la botella, y se alegró en su interior. En el fondo, aquello era verdaderamente un mensaje en clave, y sólo quien pudiera escucharlo podría aprehenderlo. El director no podía ni escucharlo ni aprehenderlo. Y ahora, señor Pereira, dijo el director, ¿ahora qué nos está preparando? Acabo de terminar de traducir un cuento de Daudet, respondió Pereira, confío en que quedará bien. Espero que no sea L'Arlesienne, replicó el director revelando con satisfacción uno de sus pocos conocimientos literarios, es un cuento un poco osé, y no sé si será apropiado para nuestros lectores. No, se limitó a contestar Pereira, es un relato de los Cantes du lundi, se llama La última lección, no sé si usted lo conoce, es un cuento patriótico. No lo conozco, respondió el director, pero si es un cuento patriótico está bien, todos necesitamos patriotismo en los tiempos que corren, el patriotismo sienta bien. Pereira se despidió y colgó. Estaba cogiendo el texto mecanografiado para llevarlo a tipografía cuando sonó el teléfono de nuevo. Pereira estaba en la puerta y se había puesto ya la chaqueta. ¿Oiga?, dijo una voz femenina, buenos días, señor Pereira, soy Marta, necesito verle. A Pereira le dio un vuelco el corazón y dijo: Marta, ¿cómo está usted, cómo está Monteiro Rossi? Luego se lo explicaré, señor Pereira, dijo Marta, ¿dónde podríamos vernos esta noche? Pereira lo pensó un instante y a punto estuvo de decirle que pasara por su casa, luego pensó que mejor que no fuera en su casa y respondió: En el Café Orquídea, a las ocho y media. De acuerdo, dijo Marta, me he cortado el pelo y me lo he teñido de rubio, nos veremos en el Café Orquídea a las ocho y media, de todos modos, Monteiro Rossi está bien y le manda un artículo.
Pereira salió para ir a tipografía, y se sentía inquieto, sostiene. Pensó en volver a la redacción y esperar hasta la hora de la cena, pero consideró que debería regresar a su casa y tomar un baño refrescante. Cogió un taxi y lo obligó a subir la pendiente que llegaba hasta su edificio, habitualmente los taxistas no querían subir por aquella pendiente porque resultaba difícil maniobrar, así que Pereira tuvo que prometerle una propina, porque se sentía muy cansado, sostiene. Entró en casa y lo primero que hizo fue llenar la bañera de agua fría. Se sumergió y se frotó meticulosamente el vientre, como le había enseñado a hacerlo el doctor Cardoso. Después se puso el albornoz y paseó por el recibidor ante el retrato de su esposa. Marta ha vuelto a dar señales de vida, le dijo, parece que se ha cortado el pelo y se lo ha teñido de rubio, quién sabe por qué, me trae un artículo de Monteiro Rossi, pero ese Monteiro Rossi evidentemente sigue con lo suyo, estos chicos me preocupan, en fin, qué le vamos a hacer, luego te contaré cómo ha ido la cosa.
A las ocho y treinta y cinco, sostiene Pereira, entró en el Café Orquídea. Por lo único que reconoció a Marta en aquella delgada muchacha rubia de cabellos cortos que estaba cerca del ventilador fue porque llevaba el mismo vestido de siempre, de otra forma seguro que no la habría reconocido. Marta parecía transformada, con aquellos cabellos rubios y cortos, con flequillo y bucles sobre las orejas que le daban un aire travieso y extranjero, quizá francés. Y, además, debía de haber adelgazado por lo menos unos diez kilos. Sus hombros, que Pereira recordaba dulces y redondeados, eran ahora dos omóplatos huesudos, como dos alas de pollo. Pereira se sentó frente a ella y le dijo: Buenas noches, Marta, ¿qué le ha pasado? He decidido cambiar de aspecto, respondió Marta, en determinadas circunstancias es necesario y para mí se había vuelto necesario convertirme en otra persona.
Quién sabe por qué, a Pereira se le ocurrió hacerle una pregunta. No sabría decir por qué se la hizo. Tal vez porque era demasiado rubia y demasiado antinatural y a él le costaba hacerse a la idea de que aquélla era la muchacha que había conocido, tal vez porque ella, de cuando en cuando, lanzaba alguna mirada furtiva a su alrededor como si esperara a alguien o temiera algo, pero lo cierto es que Pereira le preguntó: ¿Todavía se llama Marta? Para usted sigo siendo Marta, claro, respondió Marta, pero tengo un pasaporte francés, me llamo Lise Delaunay, soy pintora de profesión y estoy en Portugal para pintar paisajes a la acuarela, aunque el verdadero motivo sea hacer turismo.