Выбрать главу

El doctor Cardoso insistió en pagar la comida y Pereira aceptó de buen grado, sostiene, porque con aquellos dos billetes que había entregado a Marta la tarde anterior su cartera se había quedado más bien vacía. El doctor Cardoso se levantó y se despidió. Hasta pronto, señor Pereira, dijo, espero volver a verle en Francia o en otro país de este vasto mundo y, se lo pido de nuevo, déle espacio a su yo hegemónico, déjelo ser, necesita nacer, necesita afirmarse.

Pereira se levantó y se despidió. Le vio alejarse y sintió una gran nostalgia, como si aquella despedida fuera definitiva. Pensó en la semana transcurrida en la clínica talasoterápica de Parede, en sus conversaciones con el doctor Cardoso, en su soledad. Y cuando el doctor Cardoso salió por la puerta y desapareció en la calle se sintió solo, verdaderamente solo, y pensó que cuando se está verdaderamente solo es el momento de medirse con el yo hegemónico que quiere imponerse en la cohorte de las almas. Y aunque pensó en todo ello no se sintió tranquilo, sintió en cambio una gran nostalgia, no sabría decir de qué, pero era una gran nostalgia de una vida pasada y de una vida futura, sostiene Pereira.

21

Al día siguiente por la mañana Pereira fue despertado por el teléfono, sostiene. Todavía estaba sumido en su sueño, un sueño que le parecía haber soñado durante toda la noche, un sueño larguísimo y feliz que no considera oportuno revelar porque no tiene nada que ver con esta historia.

Pereira reconoció de inmediato la voz de la señorita Filipa, la secretaria de su director. Buenos días, señor Pereira, dijo Filipa suavemente, le paso con el señor director. Pereira acabó de despertarse y se sentó en el borde de la cama. Buenos días, señor Pereira, dijo el director, soy su director. Buenos días, señor director, ¿ha pasado unas buenas vacaciones? Óptimas, dijo el director, óptimas, las termas de Buçaco son verdaderamente un magnífico lugar, pero creo que ya se lo dije, si no me equivoco, ya hablamos. Ah, ya, es cierto, dijo Pereira, hablamos cuando salió el cuento de Balzac, perdóneme, pero acabo de despertarme y no tengo claras las ideas. Es algo que suele ocurrir de vez en cuando eso de no tener las ideas claras, dijo el director con cierta rudeza, y creo que hasta a usted puede pasarle eso, señor Pereira. En efecto, respondió Pereira, a mí me pasa sobre todo por las mañanas porque tengo bajadas de tensión. Estabilícesela con un poco de sal, le aconsejó el director, un poco de sal debajo de la lengua y se le estabilizará la tensión, pero no le llamo por teléfono para esto, para hablar de su tensión, señor Pereira, lo que ocurre es que no se deja ver nunca por la redacción central, ése es el problema, se encierra usted en su pequeña habitación de Rua Rodrigo de Fonseca y no viene nunca a hablar conmigo, no me expone sus proyectos, lo hace todo a su aire. Verá, señor director, dijo Pereira, perdóneme, pero usted me dio carta blanca, dijo que la página cultural era de mi responsabilidad, en fin, me dijo que la hiciera a mi aire. Sí, sí, no está mal que la haga a su aire, continuó el director, pero ¿no le parece que de vez en cuando tendría que cambiar impresiones conmigo? A mí también me sería útil, dijo Pereira, porque realmente me siento solo, demasiado solo para encargarme de toda la cultura, y usted me dijo que no quería ocuparse de la cultura. ¿Y su ayudante?, preguntó el director, ¿no me dijo que había contratado a un ayudante? Sí, respondió Pereira, pero sus artículos todavía son inmaduros, y además no ha muerto ningún literato interesante, y además es un chico joven y me ha pedido vacaciones, debe de estar en la playa, hace casi un mes que no da señales de vida. Pues despídalo, señor Pereira, dijo el director, ¿qué está haciendo con un ayudante que no sabe escribir y que se va de vacaciones? Démosle una última oportunidad, replicó Pereira, tiene que aprender el oficio, es sólo un muchacho inexperto, tiene que curtirse un poco. En aquel momento de la conversación se escuchó la dulce voz de la señorita Filipa. Perdóneme, señor director, dijo, hay una llamada para usted del gobierno civil, me parece urgente. Bien, señor Pereira, dijo el director, volveré a llamarle dentro de unos veinte minutos, mientras tanto despiértese y deje que se le disuelva un poco de sal debajo de la lengua. Si quiere le llamo yo, dijo Pereira. No, dijo el director, tengo que hacer las cosas con calma, cuando haya acabado le llamaré, buenos días.