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Efectivamente, no podemos, dijo el encargado, no sé qué hacer, señor Pereira. Mire, sugirió Pereira, lo mejor es telefonear directamente a la censura, quizá consigamos hablar con el mayor Lourenço. El mayor Lourenço, exclamó el encargado como si tuviera miedo de aquel nombre, ¿con él directamente? Es un amigo, dijo Pereira fingiendo restarle importancia, esta mañana le he leído mi artículo, está completamente de acuerdo, hablo con él todos los días, señor Pedro, es mi trabajo. Pereira cogió el teléfono y marcó el número de la clínica talasoterápica de Parede. Oyó la voz del doctor Cardoso. Oiga, mayor, dijo Pereira, soy el señor Pereira del Lisboa, estoy en la imprenta para incorporar ese artículo que le he leído esta mañana, pero el tipógrafo está indeciso porque falta el sello de visto bueno, intente convencerle, ahora se lo paso. Le dio el auricular al encargado y le observó mientras hablaba. El señor Pedro empezó a asentir. Claro, señor mayor, decía, de acuerdo, señor mayor. Después colgó el auricular y miró a Pereira. ¿Y bien?, preguntó Pereira. Dice que la policía portuguesa no tiene miedo a estos escándalos, dijo el tipógrafo, que andan sueltos malhechores que hay que denunciar y que su artículo tiene que salir hoy, señor Pereira, es todo lo que me ha dicho. Y después continuó: Y me ha dicho también: Diga al señor Pereira que escriba un artículo sobre el alma, que todos lo necesitamos, eso me ha dicho, señor Pereira. Estaría bromeando, dijo Pereira, ya hablaré mañana yo con él.

Dejó su artículo al señor Pedro y salió. Se sentía agotado y tenía la tripa alborotada. Pensó en detenerse a comer un bocadillo en el café de la esquina, pero sólo pidió una limonada. Luego cogió un taxi y se hizo llevar hasta la catedral. Entró en casa con cautela, con el temor de que alguien le estuviera esperando. Pero no había nadie, sólo un gran silencio. Fue al dormitorio y echó una mirada a la sábana que cubría el cuerpo de Monteiro Rossi. Después cogió una pequeña maleta, puso lo estrictamente necesario y la carpeta de las necrológicas. Fue a la estantería y empezó a hojear los pasaportes de Monteiro Rossi. Finalmente encontró uno apropiado para el caso. Era un buen pasaporte francés, muy bien hecho, la fotografía era de un hombre grueso con bolsas bajo los ojos, y la edad se correspondía con la suya. Se llamaba Baudin, François Baudin. Le pareció un buen nombre, a Pereira. Lo metió en la maleta y cogió el retrato de su esposa. Te llevaré conmigo, le dijo, será mejor que vengas conmigo. Lo puso con la cara hacia arriba, para que respirara bien. Después echó una mirada a su alrededor y consultó el reloj.

Era mejor darse prisa, el Lisboa saldría dentro de poco y no había tiempo que perder, sostiene Pereira.

25 de agosto de 1993

NOTA DE ANTONIO TABUCCHI A LA DÉCIMA EDICIÓN ITALIANA

El señor Pereira me visitó por primera vez una noche de septiembre de 1992. En aquella época no se llamaba todavía Pereira, no poseía trazos definidos, era una presencia vaga, huidiza y difuminada, pero que deseaba ya ser protagonista de un libro. Era sólo un personaje en busca de autor. No sé por qué me eligió precisamente a mí para ser narrado. Una hipótesis posible es que el mes anterior, en un tórrido día de agosto en Lisboa, hice una visita. Recuerdo con nitidez aquel día. Por la mañana compré un diario de la ciudad y leí la noticia de que un viejo periodista había muerto en el Hospital de Santa María de Lisboa y que sus restos mortales estaban expuestos para el último adiós en la capilla ardiente del hospital. Por discreción no deseo revelar el nombre de esa persona. Diré únicamente que era alguien a quien había conocido fugazmente en París a finales de los años sesenta, cuando él, como exiliado portugués, escribía en un periódico parisiense. Era un hombre que había ejercido su oficio de periodista en los años cuarenta y cincuenta en Portugal, bajo la dictadura de Salazar. Y había conseguido hacerle una buena jugarreta a la dictadura salazarista publicando en un periódico portugués un feroz artículo contra el régimen. Después, naturalmente, había tenido serios problemas con la policía y se había visto obligado a escoger la vía del exilio. Yo sabía que después del setenta y cuatro, cuando Portugal recuperó la democracia, había regresado a su país, pero no había vuelto a encontrarme con él. Ya no escribía, se había jubilado, no sé a qué se dedicaba, por desgracia había sido olvidado. En aquel período, Portugal vivía la vida convulsa y agitada de un país que ha recuperado la democracia después de cincuenta años de dictadura. Era un país joven, dirigido por gente joven. Nadie se acordaba ya de un viejo periodista que se había opuesto con determinación a la dictadura de Salazar.