—No sirve de nada.
Volví a colocar la manguera en su sitio, lentamente.
—¿No hay electricidad?
—Correcto.
—¿Y no hay potencia auxiliar?
Se encogió de hombros y se acercó más. Simon empezó a salir del coche pero le hice señas para que se quedara. El hombre de la gorra de los Bengals (unos treinta años de edad y unos quince kilos de más) miró la bola de suero colocada en el asiento de atrás. Luego examinó la matrícula del coche, entrecerrando los ojos. Era una matrícula de California, lo que probablemente no me congraciaría con él, pero la pegatina del SMU era claramente visible.
—¿Es un doctor?
—Tyler Dupree —dije—. Doctor en medicina.
—Discúlpeme si no le doy la mano. ¿Es su mujer la del coche?
Dije que sí, porque era más simple que dar explicaciones. Simon me fulminó con la mirada, pero no me contradijo.
—¿Tiene alguna identificación que demuestre que es un médico? Porque, sin querer ofenderle, ha habido unos cuantos robos de coches en los últimos días.
Saqué mi cartera y la tiré a sus pies. La recogió y miró el tarjetero. Entonces sacó unas gafas del bolsillo de su camisa y volvió a examinarla. Finalmente me la devolvió y me ofreció la mano.
—Siento el recibimiento, doctor Dupree. Soy Chuck Bernelli. Si es gasolina lo que necesita, encenderé los surtidores. Si necesita algo más que eso, sólo me llevará un minuto abrir la tienda.
—Necesito la gasolina. Unas cuantas provisiones también estaría bien, pero no llevo encima mucho dinero.
—A la porra con el dinero. Estamos cerrados para los criminales y los borrachos, y esos no escasean en la carretera ahora mismo, pero estamos abiertos a todas horas para los militares y la patrulla de carreteras. Y para los médicos. Al menos mientras quede gasolina en los surtidores. Espero que su mujer no esté demasiado mal.
—No si puedo llegar a donde quiero.
—¿A Lexington V.A.? ¿Al Samaritan?
—Un poco más lejos. Necesita cuidados especiales.
Volvió a mirar al coche. Simon había bajado las ventanillas para dejar que entrara algo de aire fresco. La lluvia convertía el polvo del vehículo en barro que resbalaba a asfalto oleaginoso.
Bernelli vislumbró a Diane mientras ésta se giraba y empezaba a toser dormida. Frunció el ceño.
—Pondré los surtidores en marcha, entonces —dijo—. Querrán seguir su camino.
Antes de irnos nos empaquetó unas cuantas frutas y verduras, unas pocas latas de sopa y una bolsita de galletitas saladas junto con un abrelatas en su envoltorio de plástico. Pero no quiso acercarse al coche.
La tos estremecedora e intermitente es uno de los síntomas comunes del SDCV. La bacteria es casi astuta en la forma que preserva a sus víctimas, prefiriendo no ahogarlas en una neumonía catastrófica, aunque ésa sea la forma en que finalmente mata a su anfitrión, o eso o con un fallo cardíaco masivo. Había cogido una bombona de oxígeno, con su válvula y su máscara, del distribuidor a las afueras de Flagstaff, y cuando la tos de Diane empezó a dificultarle la respiración (estaba al borde del pánico, ahogándose en sus propias mucosidades, ojos en blanco) le despejé las vías respiratorias lo mejor que pude y mantuve la máscara sobre su boca y nariz mientras Simon conducía.
Al final se calmó, su color mejoró y fue capaz de volver a dormir. Me quedé sentado con ella mientras descansaba, con su cabeza febril acurrucada contra mi hombro. La lluvia se había convertido en un aguacero incesante, restándonos velocidad. Grandes estelas de agua saltaban detrás del coche cada vez que cogíamos un bache en la carretera. Hacia el anochecer la luz se convirtió en carbones ardientes en occidente.
No había ningún sonido excepto el golpeteo de la lluvia sobre el techo del coche y me contenté con permanecer así hasta que Simon se aclaró la garganta y me dijo:
—¿Eres ateo, Tyler?
—¿Perdón?
—No quiero ser grosero, pero me preguntaba lo siguiente: ¿Te consideras a ti mismo un ateo?
No estaba seguro de cómo responder a eso. Simon había sido de gran ayuda, inestimable, de hecho, para poder llegar tan lejos. Pero también era alguien que se había visto atraído intelectualmente por una panda de dispensacionalistas lunáticos marginales que lo único que le discutían al fin del mundo era que no se ajustaba a sus expectativas. No quería ofenderlo porque todavía lo necesitaba… Diane todavía lo necesitaba.
Así que dije:
—¿Importa cómo me considere?
—Curiosidad, solamente.
—Bueno… no lo sé. Supongo que ésa es mi respuesta. No afirmo que sé si Dios existe o no, o porque le dio cuerda al universo y lo puso en marcha de la forma que lo hizo, si es que lo hizo. Lo siento, Simon, pero eso es lo mejor que sé hacerlo en el frente teológico.
Se quedó en silencio durante otros pocos kilómetros.
—Quizá fuera eso lo que Diane quería decir.
—¿Sobre qué?
—Cuando hablábamos de ello. Cosa que no hemos hecho últimamente, ahora que lo pienso. No estábamos de acuerdo sobre el pastor Dan y el Tabernáculo del Jordán incluso antes del cisma. Mi opinión es que era demasiado cínica. Y ella decía que yo me dejaba impresionar fácilmente. Quizá. El pastor Dan tenía el don de mirar en las Escrituras y encontrar conocimiento en cada página… un conocimiento sólido como una casa, vigas y columnas de conocimiento. Es un don de verdad. Yo no puedo hacerlo. Por mucho que lo intente, hasta el día de hoy, no puedo abrir la Biblia y encontrarle sentido al instante.
—Quizá no se supone que tengas que hacerlo.
—Pero quería hacerlo. Quería ser como el pastor Dan. Listo y, ya sabes, siempre sobre terreno sólido. Diane decía que era un trato con el diablo, que Dan Condón había cambiado la humildad por la certidumbre. Quizá fuera eso lo que me faltaba a mí. Quizá era eso lo que veía en ti, la razón por la que se aferró a ti durante todos esos años… tu humildad.
—Simon, yo no…
—No es nada de lo que tengas que disculparte o intentar consolarme. Sé que te llamaba cuando creía que estaba dormido o cuando estaba fuera de la casa. Sé que tuve suerte de tenerla conmigo durante tanto tiempo. —Giró la cabeza para mirarme —. ¿Me harás un favor? Me gustaría que le dijeras que siento no haber cuidado mejor de ella cuando enfermó.
—Puedes decírselo tú mismo.
Asintió pensativamente y el coche se adentró más profundamente en la lluvia. Le dije que mirara si podía encontrar alguna información útil en la radio, ahora que había anochecido. Pretendía quedarme despierto y escuchar; pero me volvía a latir la cabeza y empezaba a ver doble, y al cabo de un rato parecía más fácil simplemente cerrar los ojos y dormir.
Dormí profunda y largamente, y pasaron kilómetros bajo las ruedas del coche.
Cuando desperté era otra mañana lluviosa. Estábamos aparcados en un área de descanso (al oeste de Manassas, según supe después) y una mujer con un paraguas negro desgarrado daba golpecitos en la ventanilla.
Parpadeé y abrí la puerta y ella retrocedió un paso.
—El tío aquel me pidió que le dijera que no lo esperen.
—¿Perdón?
—Dijo que adiós y que no le esperaran.
Simon no estaba en el asiento de delante. Ni era visible entre los cubos de basura, mesas de picnic goteantes y letrinas endebles en el entorno inmediato. Unos cuantos coches más estaban aparcados allí, la mayoría parados con el motor en marcha mientras sus dueños visitaban los cagaderos. Vi árboles, terrenos de parque, una vista desde lo alto de algún pueblecito industrial empapado por la lluvia bajo un cielo feroz.
—¿Un tipo rubio y flacucho? ¿Camiseta sucia?
—Ése es. Ése es el tío. Dijo que no quería que durmiera demasiado. Entonces se marchó.