No se contrajo.
Hizo algo peor.
Destelló. La pupila de su ojo relució como si le hubieran inyectado diminutos diamantes.
Jason debió sentir mi estremecimiento.
—¿Tan malo es? —preguntó.
No podía hablar.
—No puedo usar un espejo. Por favor, Ty necesito que me cuentes lo que ves — dijo en tono más grave.
—Eso… no sé lo que es, Jason. No es nada que pueda diagnosticar.
—Tú sólo descríbelo, por favor.
Intenté obligarme a hablar con objetividad clínica.
—Parece como si hubiera crecido algún tipo de cristales en tu ojo. La esclerótica parece normal y el iris no parece afectado, pero la pupila parece completamente opacada por cristales de algo parecido a la mica. Jamás había oído hablar de algo así. Habría dicho que era imposible. No puedo tratarlo.
Me aparté de la cama, encontré una silla y me senté. Durante un rato no hubo más sonido que el tictac del reloj de la mesilla, otra de las prístinas antigüedades de Carol.
Entonces Jason inspiró profundamente y forzó lo que supongo que él creía que era una sonrisa tranquilizadora.
—Gracias. Tienes razón. No es un estado que puedas tratar. Pero voy a necesitar tu ayuda durante… bueno, durante los próximos días. Carol lo intenta, pero está más allá de sus habilidades.
—Y de las mías también.
Otra ráfaga de lluvia batió contra la ventana.
—La ayuda que voy a necesitar no es del todo médica.
—Si tienes una explicación para esto…
—Una parcial, como mucho.
—Entonces, por favor, explícamelo, Jase, porque la verdad es que estoy un poco asustado.
Inclinó la cabeza a un lado, escuchando algo que yo no había oído o que no podía oír, hasta que empecé a preguntarme si se había olvidado de mí. Y entonces habló:
—La versión corta es que algo que está más allá de mi control se ha adueñado de mi sistema nervioso. El estado de mis ojos es sólo una manifestación externa de eso.
—¿Una enfermedad?
—No, pero ése es el efecto que tiene.
—¿Ese estado es contagioso?
—Al contrario. Creo que es única. Una enfermedad que sólo yo puedo desarrollar… en este planeta, al menos.
—Entonces tiene algo que ver con el tratamiento de longevidad.
—En cierta manera, así es. Pero yo…
—No, Jase. Necesito una respuesta a eso antes de que me digas nada más. ¿Es tu estado actual, sea lo que sea, un resultado de las drogas que te administré?
—No es un resultado directo, no… no tienes la culpa bajo ningún concepto, si es eso lo que quieres decir.
—Ahora mismo me importa un carajo de quién sea la culpa. Diane está enferma. ¿No te contó nada Carol?
—Carol dijo algo sobre la gripe…
—Carol mintió. Es SDCV terminal. He recorrido más de tres mil kilómetros en coche a través de lo que parece el fin del mundo porque se está muriendo, Jase, y sólo se me ocurre una cura, y acabas de arrojar dudas sobre ella.
Volvió a ladear la cabeza otra vez, quizá de forma involuntaria, como si intentara hacer caso omiso de alguna distracción invisible.
—Hay aspectos de la vida marciana que Wun no te comentó —dijo antes de que pudiera decirle algo más—. E. D. lo sospechaba, y hasta cierto punto sus sospechas estaban bien fundadas. Marte lleva usando biotecnología sofisticada desde hace siglos. Hace siglos, la Cuarta Edad era exactamente lo que Wun te contó que era: un tratamiento de longevidad y una institución social. Pero desde ese entonces ha evolucionado. Para la generación de Wun era más bien una plataforma, un sistema operativo biológico capaz de ejecutar aplicaciones cuyo software era mucho más sofisticado. No hay simplemente una cuarta edad, hay una edad 4.1, una 4.2… si entiendes lo que quiero decir.
—Lo que te di…
—Lo que me diste era el tratamiento tradicional. El paquete básico de la cuarta.
—¿Pero?
—Pero… lo he actualizado desde entonces.
—¿Esa actualización era también algo que Wun trajo de Marte?
—Sí. El propósito…
—Al carajo el propósito. ¿Estás completamente seguro de que no estás sufriendo los efectos del tratamiento original?
—Tan seguro como puedo estarlo.
Me levanté.
Jason me oyó dirigiéndome a la puerta.
—Puedo explicarlo —dijo—. Y sigo necesitando tu ayuda. Cuídala, Ty Espero que sobreviva. Pero ten en cuenta… que mi tiempo también es limitado.
El maletín de fármacos marcianos seguía donde lo había dejado, detrás del tablón roto de la pared en el sótano de la casa de mi madre, y cuando lo recuperé volví a cruzar el jardín con él a través de las ráfagas de lluvia ambarina hacia la Gran Casa.
Carol estaba en la habitación de Diane administrándole sorbos de oxígeno con mascarilla.
—Hay que racionar el oxígeno —dije—, a menos que puedas hacer aparecer de la nada otra bombona.
—Tenía los labios un poco azulados.
—Déjame ver.
Carol se apartó de su hija. Cerré la válvula y puse la mascarilla a un lado. Hay que tener cuidado con el oxígeno. Es indispensable en los pacientes con problemas respiratorios, pero también puede crear problemas. Demasiado oxígeno puede romper los alvéolos de los pulmones. Temía que según empeorara el estado de Diane necesitaría dosis cada vez mayores para mantener sus niveles de oxígeno en sangre, el tipo de terapia que normalmente se hacía mediante ventilación mecánica. Y no teníamos una de esas máquinas.
Ni tampoco teníamos ningún medio clínico para monitorear sus gases en sangre, pero los labios parecían relativamente normales cuando aparté la mascarilla. Su respiración era rápida y superficial, sin embargo, y aunque abrió los ojos una vez, siguió letárgica y sin responder a estímulos.
Carol me observó con suspicacia mientras abría el maletín polvoriento y extraía una de las ampollas marcianas y una hipodérmica.
—¿Qué es eso?
—Probablemente lo único que pueda salvarle la vida.
—¿De verdad? ¿Estás seguro de eso, Tyler?
Asentí.
—No —dijo ella—. Lo que quiero decir es, ¿estás realmente seguro? Porque eso fue lo que le diste a Jason, ¿no? Cuando tenía EMA.
No servía para nada negarlo.
—Sí —dije.
—Puede que no haya practicado la medicina durante treinta años, pero no soy ignorante. Hice un poco de investigación sobre la EMA después de la última vez que estuviste aquí. Me leí los resúmenes de los artículos de las revistas especializadas. Y lo interesante es que no hay ninguna cura. No hay ningún fármaco mágico. Y si la hubiera desde luego no resultaría ser también efectiva al mismo tiempo contra el SDCV. Así que supongo, Tyler, que estás a punto de administrarle un agente farmacológico que probablemente esté relacionado con ese hombrecillo arrugado que murió en Florida.
—No discutiré contigo, Carol. Obviamente ya has sacado tus conclusiones.
—Y yo no quiero discutir contigo; lo que quiero es que me tranquilices. Que me digas que esa droga no le hará a Diane lo que parece que le está haciendo a Jason.
—No lo hará —dije, pero Carol sabía que no le estaba contando todo, esa cláusula inexpresada de «hasta donde llegan mis conocimientos en la materia».
Estudió mi rostro.
—Todavía te preocupas por ella.
—Sí.
—Nunca deja de asombrarme —dijo Carol—. La tenacidad del amor.
Puse la aguja en la vena de Diane.
Hacia mediodía no hacía simplemente calor en la casa, sino que la humedad era tal que esperaba ver el moho colgando de los techos. Me senté junto a Diane para asegurarme de que no había efectos indeseados inmediatos como resultado de la inyección. En determinado momento hubo unos golpes leves en la puerta principal de la casa. «Ladrones —pensé—, saqueadores», pero cuando llegué al recibidor Carol había respondido y le daba las gracias a un hombre grueso, que asintió y se dio la vuelta para marcharse.