—Entonces quizá la droga marciana está cumpliendo con sus expectativas —dijo Ina mientras salía con su balde de acero inoxidable lleno de agua templada y su surtido de esponjas, dejándome con algo que pensar en la oscuridad de la noche.
Había tres puertas que salían de la clínica de Ibu Ina. Una vez me enseñó el sitio, después de que su último paciente se hubiera marchado con un dedo astillado.
—Esto es lo que he construido con mi vida —dijo—. Poca cosa, puede que crea. Pero la gente de esta aldea necesitaba algo entre aquí y el hospital de Padang… que está bastante lejos, especialmente si uno tiene que viajar en autobús o las carreteras no son de fiar.
Una puerta era la principal, por donde entraban y salían sus pacientes.
Otra era la puerta trasera, reforzada con metal y resistente. Ina aparcaba su pequeño coche eléctrico en el aparcamiento de tierra compactada detrás de la clínica cuando llegaba por la mañana y la cerraba con llave cuando se marchaba por la noche. Estaba al lado de la habitación donde vivía yo y había aprendido a reconocer el sonido de las llaves tintineando en la cerradura no mucho después de la primera llamada a la oración de la mezquita de la aldea situada a medio kilómetro de allí.
La tercera puerta era una puerta lateral, al fondo de un pequeño pasillo que también albergaba el baño y una hilera de armarios de suministros. Por esa puerta recogía las entregas y era la ruta por la que En prefería entrar y salir.
En era exactamente como Ina lo había descrito: tímido pero brillante, suficientemente inteligente para obtener el título de médico en el que había puesto sus esperanzas. Sus padres no eran ricos, dijo Ina, pero si obtenía una beca, hacía los cursos previos en la Universidad de Padang, si sobresalía, si encontraba una manera de pagar un título universitario…
—Entonces, ¿quién sabe? Puede que la aldea tenga otro doctor. Así fue como lo hice yo.
—¿Cree que volvería para ejercer aquí?
—Puede que sí. Nos vamos, volvemos.
Se encogió de hombros, como si ése fuera el orden natural de las cosas. Y para los minang, lo era: el rantau, la tradición de enviar a los hombres jóvenes fuera de sus hogares, era parte del sistema del adat, costumbre y obligación. El adat, como el Islam conservador, había sido corroído por los últimos treinta años de modernización, pero seguía latiendo bajo la superficie de la vida minang como un corazón.
En había sido advertido de que no me molestara, pero poco a poco me perdió el miedo. Con el permiso expreso de Ibu Ina, cuando yo estaba entre ataques de fiebre, En venía a mejorar su vocabulario inglés trayéndome alimentos y diciendo sus nombres: silomak, arroz glutinoso; singgam ayam, pollo al curry. Cuando yo decía «Gracias», En solía gritar «¡De nada!» y sonreír, mostrando una dentadura brillante pero extremadamente irregular: Ina intentaba convencer a sus padres de que le pusieran brackets.
Ina compartía una casita en la aldea con algunos parientes, aunque últimamente había estado quedándose a dormir en una habitación de consulta de la clínica, un espacio que no debía ser más confortable que mi adusta celda. Algunas noches, sin embargo, los deberes familiares requerían que se fuera; esas noches solía anotar mi temperatura y estado, aprovisionarme con comida y agua y dejarme un busca por si había una emergencia. Y entonces me quedaba solo hasta que su llave giraba en la cerradura a la mañana siguiente.
Pero una noche desperté de un sueño frenético y laberíntico con el sonido de la puerta lateral estremeciéndose mientras alguien giraba el pomo intentando entrar. No era Ina. Puerta equivocada, hora equivocada. Era medianoche según mi reloj, justo al comienzo de la parte más profunda de la noche; todavía habría unos cuantos aldeanos en los warungs locales, coches circulando por la carretera principal, camiones intentando llegar a algún distante desa por la mañana. Quizá fuera un paciente que esperaba que la doctora todavía estuviera allí. O un adicto buscando drogas.
El giro del pomo cesó.
En silencio, me levanté y me puse unos vaqueros y una camisa. La clínica estaba a oscuras, mi celda estaba a oscuras. La única luz era la luna que entraba por el ventanuco… que fue eclipsada repentinamente.
Alcé la vista y vi el contorno de la cabeza de En como un planeta suspendido.
—¡Pak Tyler! —susurró.
—¡En! Me has asustado. —De hecho la conmoción había dejado sin fuerzas mis piernas. Tenía que apoyarme en la pared para permanecer de pie.
—¡Déjeme entrar! —dijo En.
Así que fui descalzo hasta la puerta lateral y descorrí el pestillo. La brisa que entró era cálida y húmeda. En entró corriendo después de la brisa.
—¡Déjame hablar con Ibu Ina!
—No está aquí. ¿Qué pasa, En?
Estaba profundamente desconcertado. Subió las gafas al puente de la nariz.
—¡Pero necesito hablar con ella!
—Esta noche está en casa. ¿Sabes dónde vive?
En asintió con ademán infeliz.
—Pero dijo que viniera aquí y se lo contara.
—¿Qué? Quiero decir, ¿cuándo dijo eso?
—Si un desconocido pregunta por la clínica, tengo que venir aquí y decírselo.
—Pero ella no está… —Entonces las implicaciones de lo que acababa de decir penetraron la bruma de mi fiebre incipiente. — En, ¿alguien en el pueblo ha estado preguntado sobre Ibu Ina?
Le sonsaqué la historia. En vivía con su familia en una casa detrás de un warung (puesto de comidas) en el corazón de la aldea, a sólo tres puertas del despacho del alcalde, el kepala desa. En, las noches que no podía dormir, era capaz de escuchar el murmullo de las conversaciones de los clientes del warung desde su cuarto. Así había adquirido un acervo enciclopédico, aunque pobremente entendido, de cotilleos de la aldea. Después de que anocheciera normalmente eran los hombres los que se quedaban sentados bebiendo café, el padre de En, sus tíos y unos cuantos vecinos. Pero esa noche hubo dos desconocidos que llegaron en un gran coche negro y se acercaron a las luces del warung. Osados como búfalos de agua y sin presentarse, preguntaron cómo encontrar la clínica local. Ninguno de los dos estaba enfermo. Llevaban ropas de ciudad, sus modales eran groseros y tenían pinta de policías, así que las direcciones que recibieron del padre de En eran vagas e imprecisas, y los enviarían exactamente en la dirección equivocada.
Pero buscaban la clínica de Ina e inevitablemente terminarían por encontrarla; en una aldea de este tamaño, el ir desencaminado en el mejor de los casos sólo suponía un retraso. Así que En se había escabullido de su casa sin ser visto y se había encaminado a la clínica, según las órdenes recibidas, para cumplir su parte del trato con Ibu Ina y advertirla del peligro.
—Bien hecho —le dije—. Buen trabajo, En. Ahora tienes que ir a la casa donde vive y cuéntale todo eso.
Y mientras tanto, reuniría mis posesiones y saldría de la clínica. Me imaginé que podría esconderme en los campos de arroz adyacentes hasta que se hubieran marchado. Me sentía con fuerzas suficientes para eso. Probablemente.
Pero En se cruzó de brazos y se apartó de mí.
—Me dijo que la esperara aquí.
—Cierto. Pero no volverá hasta la mañana.
—Duerme aquí la mayoría de las noches. —Estiró el cuello, intentando ver el oscuro pasillo a mi espalda como si Ina pudiera salir de repente de la sala de consulta para darle la razón.
—Sí, pero esta noche no. De verdad. En, puede que haya peligro. Esa gente puede ser enemiga de Ibu Ina, ¿entiendes?