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Ibu Ina, con un vestido bordado y pañuelo de seda para la cabeza, apareció en la puerta un poco antes de anochecer y dijo.

—Ya está, la boda en sí, quiero decir. No queda nada más excepto los cantos y bailes. ¿Sigue queriendo venir, Tyler?

Me vestí con las mejores ropas que tenía conmigo, pantalones blancos de algodón y camisa blanca. Me ponía nervioso el dejarme ver en público, pero Ina me aseguró que no habría forasteros en la fiesta de bodas y que sería bienvenido.

Pese a las palabras de Ina, me sentía dolorosamente expuesto mientras caminábamos juntos por la calle hacia la tarima y la música, menos debido a mi estatura que al hecho de llevar tanto tiempo encerrado. Salir de la casa era como pasar del agua al aire; repentinamente lo que me rodeaba era insustancial. Ina me distrajo hablándome de los recién casados. El novio, un aprendiz de farmacéutico de Belubus era primo suyo, aunque más joven. (Ina llamaba «primo» o «prima» a todo pariente más lejano que hermano, hermana, tío o tía; el sistema de parentesco minang usaba palabras precisas para esas relaciones para las que no había término equivalente en inglés). La novia era una joven local de pasado ligeramente escandaloso. Ambos se irían de rantau después de la boda. El nuevo mundo los llamaba.

La música comenzó al ocaso y continuaría, dijo, hasta la mañana. Se transmitía a toda la aldea gracias a unos enormes altavoces montados en postes, pero la fuente estaría en la tarima elevada y el grupo que estaría allí sentado sobre esteras de caña, dos instrumentistas varones y dos cantantes mujeres. Las canciones, según explicó Ina, versaban sobre el amor, el matrimonio, la decepción; el destino, el sexo. Montones de sexo, eufemísticamente expresado en metáforas que Chaucer hubiera apreciado. Nos sentamos en un banco en la periferia de la celebración. Atraje algo más de un par de largas miradas de los asistentes, de los cuales al menos unos cuantos habrían oído la historia de la clínica incendiada y el americano fugitivo, pero Ina se cuidó de no dejar que me convirtiera en una distracción. Se mantuvo a mi lado, aunque sonreía con indulgencia a los jóvenes que abarrotaban la tarima.

—Ya he pasado la edad de los lamentos. Mi campo ya no requiere que lo aren, como dice la canción. Todo este jaleo. Dios santo.

La novia y el novio en sus galas de bordadas se sentaron en tronos paródicos cerca de la plataforma. Mi impresión fue que el novio, con ese bigotito fino, parecía poco de fiar; pero no, insistió Ina, la muchacha, tan inocente en su traje de brocado blanco y azul, era la que había que vigilar. Bebimos leche de coco. Sonreímos. Al rondar la medianoche muchas de las mujeres de la aldea se marcharon, dejando a los hombres, hombres jóvenes, en posesión de la tarima, riéndose; los hombres de más edad estaban sentados en mesas jugando a las cartas con mucha reflexión, caras impávidas como cuero envejecido.

Le mostré a Ina las páginas que había escrito sobre mi primer encuentro con Wun Ngo Wen.

—Pero el relato no parece del todo fiel —me dijo durante un receso de la música —. Parece usted demasiado tranquilo.

—No estaba tranquilo para nada. Sólo intentaba no quedar mal.

—Le presentaron, después de todo, a un hombre de Marte… —Ina miró al cielo, a las estrellas post-Spin en sus frágiles y dispersas constelaciones, tenues ante el resplandor de la fiesta de bodas—. ¿Qué hubiera esperado?

—Algo menos humano.

—Ah, pero era muy humano.

—Sí —dije yo.

Wun Ngo Wen se había convertido en una especie de figura venerada en la India rural, en Indonesia y el Sudeste Asiático. En Padang, decía Ina, uno a veces podía encontrar su foto en la casa de la gente, enmarcada en un marco dorado como la acuarela de un santo o de un mulá famoso.

—Había —dijo— algo extraordinariamente atractivo en sus gestos. Una forma familiar de hablar, aunque sólo oyéramos una traducción. Y cuando vimos las fotografías de su planeta, todos esos campos cultivados, parecía mucho más rural que urbano. Más oriental que occidental. Un embajador de otro planeta visitaba la Tierra, ¡y era como nosotros! O eso parecía. Y reprendió a los americanos de una forma memorable.

—Lo último que Wun quería era regañar a nadie.

—Sin duda la leyenda supera a la realidad. ¿No tenía un millar de preguntas que hacerle el día que lo conoció?

—Por supuesto. Pero me imaginé que llevaba respondiendo preguntas obvias desde el día que llegó. Pensé que estaría cansado de eso.

—¿Se mostraba reacio a hablar de su casa?

—En absoluto. Le encantaba hablar de ello. Lo que no le gustaba era que lo interrogaran.

—Mis modales no son tan finos como los suyos. Estoy segura de que le habría ofendido haciéndole mil y una preguntas. Suponga, Tyler, de poder haberle preguntado cualquier cosa ese primer día: ¿qué hubiera sido?

Eso era fácil. Sabía exactamente qué pregunta había suprimido la primera vez que vi a Wun Ngo Wen.

—Le hubiera preguntado por el Spin. Por los Hipotéticos. Si su gente había descubierto algo que nosotros no supiéramos ya.

—¿Y alguna vez hablaste de eso con él?

—Sí.

—¿Y qué tenía que decir?

—Muchas cosas.

Miré a la tarima. Había subido un nuevo grupo de saluang. Uno de ellos tocaba un rabab, un instrumento de cuerda. El músico golpeó con su arco el vientre del rabab y sonrió. Otra canción picante de bodas.

—Me temo que sea yo la que haya estado interrogándole —dijo Ina.

—Lo siento. Todavía estoy algo cansado.

—Entonces debería ir a casa a dormir. Órdenes del doctor. Con un poco de suerte, verá a Ibu Diane mañana.

Me acompañó por la alborotada calle, lejos de las festividades. La música prosiguió hasta casi las cinco de la madrugada. Dormí profundamente pese al jaleo.

El conductor de ambulancias era un hombre flacucho y taciturno vestido de blanco con crecientes rojos. Su nombre era Nijon, y me estrechó la mano con exagerada deferencia y mantenía sus enormes ojos fijos en Ibu Ina cuando me hablaba. Le pregunté si estaba nervioso por el viaje a Padang. Ina tradujo su respuesta:

—Dice que ha hecho cosas mucho más peligrosas por motivos de mucho menos peso. Dice que está encantado de conocer a un amigo de Wun Ngo Wen. Y añade que deberíamos ponernos en camino lo antes posible.

Así que subimos a la trasera de la ambulancia. Recorriendo uno de los lados había una taquilla horizontal donde normalmente se guardaba equipo. También servía de banco. Nijon había vaciado la taquilla, y habíamos determinado que me era posible meterme dentro si doblaba las piernas por las caderas y las rodillas y si metía la cabeza bajo el hombro. La taquilla olía a antiséptico y a látex y era tan cómodo como el ataúd de un mono, pero ahí era donde me metería, si nos detenía un control de carreteras, con Ina sentada en el banco con su ropa de clínica y En tendido en la camilla dando su mejor representación de un infectado por SDCV. En el calor de la mañana el plan parecía más que un poquito ridículo.

Nijon había puesto cuñas en el cierre de la taquilla para que circulara algo de aire en el interior, así que probablemente no me asfixiaría, pero no me hacía gracia la idea de pasar nada de tiempo en algo que en esencia era una caja de metal oscura y caliente. Afortunadamente, una vez establecido que cabía dentro, no tenía que meterme, al menos no por el momento. Toda la actividad policial, dijo Ina, se concentraba en la nueva autopista entre Bukik Tinggi y Padang, y como éramos viajeros en un convoy no demasiado cerrado con otros aldeanos, deberían avisarnos con mucha antelación antes de que nos hicieran parar a un lado. Así que entre tanto me sentaría junto a Ina mientras ella le ponía un goteo (sellado, sin aguja, sujeto sólo con cinta adhesiva, un decorado) a En en el hueco del brazo. En estaba entusiasmado con su papel y había empezado a ensayar sus toses, un espasmo procedente de lo más profundo de los pulmones que provocó un fruncimiento de ceño igualmente teatral por parte de Ina: