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«Conquistaron a la muerte», había dicho Ina.

No, pensé.

La taquilla se calentaba rápidamente. El sudor me resbalaba por la cara, empapaba mi camisa, me irritaba los ojos. Podía oírme respirar. Me imaginé que el mundo entero podía oírme respirar.

Nijon respondió al policía con murmullos deferentes. El policía ladró nuevas preguntas.

«Quieto ahora, completamente quieto», susurró Ina en tono apremiante. En había estado haciendo rebotar sus pies contra la camilla, un hábito nervioso. Demasiada energía para una víctima del SDCV. Vi los dedos de Ina sobre los seis milímetros de luz sobre mi cabeza, cuatro sombras anudilladas.

Ahora se abrían las puertas traseras de la ambulancia y olí a gasolina quemada y a rancia vegetación al mediodía. Si estiraba la cabeza, con suavidad, con suavidad, podía ver una diminuta franja de luz exterior y dos sombras que debían ser Nijon y un policía, o quizá nubes y árboles.

El policía exigió algo a Ina. Su voz era monótona y gutural, aburrida y amenazadora, y me enfurecía. Pensé en Ina y en En, encogidos o fingiendo encogerse ante este hombre armado y lo que representaba. Haciéndolo por mí. Ibu Ina dijo algo duro pero sin tono de provocación en su idioma nativo. «SDCV algo algo algo SDCV.» Ejercía su autoridad médica, poniendo a prueba la susceptibilidad del policía, sopesando su miedo.

La respuesta del policía fue cortante, una exigencia para registrar la ambulancia o ver sus papeles. Ina dijo algo más contundente o desesperado. La palabra SDCV de nuevo.

Quería protegerme a mí mismo, pero más que eso, quería proteger a Ina y En. Me entregaría antes que ver que les hacían daño. Rendición o lucha. Lucha o huida. Entregaría, si era necesario, todos los años que los fármacos marcianos habían inyectado de vuelta en mi cuerpo. Quizá ése era el valor de los Cuartos, esa valentía especial de la que había hablado Wun Ngo Wen.

«Conquistaron a la muerte.» Pero no: como especie, terrestres o marcianos, durante todos nuestros años en ambos planetas, sólo habíamos logrado aplazamientos. No había nada definitivo.

Tomé aliento y me preparé para saltar.

Pero llegó un nuevo sonido desde la carretera. Otro vehículo pasó rugiendo. A juzgar por el efecto doppler del gemido de su estresado motor, circulaba a gran velocidad, a una velocidad sospechosa, a una velocidad de que-le-den-a-la-ley.

El policía emitió un gruñido de indignación. El suelo tembló de nuevo.

Ruidos ahogados, silencio durante un latido de corazón, una puerta que se cerraba de golpe y entonces el ruido del coche de policía (supuse) cobrando una vida vengativa, la grava restallando y volando bajo sus neumáticos como una granizada enfurecida.

Ina alzó la tapa de mi sarcófago.

Me senté en medio del hedor de mi propio sudor.

—¿Qué ha pasado?

—Ése era Aji. De la aldea. Primo mío. Atravesando el control para distraer a la policía. —Estaba pálida pero parecía aliviada—. Conduce como un borracho, me temo.

—¿Lo hizo para que la pasma nos dejara en paz?

—Qué expresión más pintoresca. Sí. Somos un convoy, recuerde. Otros coches, teléfonos inalámbricos, debía saber que nos habían detenido. Se arriesga a una multa o a una detención, nada más serio.

Respiré el aire, que era fresco y dulce. Miré a En. En me devolvió una sonrisa temblorosa.

—Por favor, preséntame a Aji cuando lleguemos a Padang —dije—. Quiero darle las gracias por hacerse pasar por un borracho.

Ina puso los ojos en blanco.

—Desafortunadamente Aji no estaba fingiendo. Es un borracho. Una ofensa a los ojos del Profeta.

Nijon nos miró, nos guiño el ojo y cerró las puertas.

—Bueno, ya pasó —dijo Ina, poniendo su mano sobre mi brazo.

Me disculpé por dejar que corriera el riesgo.

—Tonterías —dijo ella—. Ahora somos amigos. Y el riesgo no es tan grande como imagina. La policía puede ser difícil de tratar, pero al menos son gente local y están supeditados a determinadas reglas… no como los hombres de Yakarta, los Nuevos Reformasi o como quiera que se hagan llamar, los hombres que incendiaron mi clínica. Y espero que si llegara la ocasión, usted se arriesgaría por nosotros si fuera necesario. ¿Lo haría, Pak Tyler?

—Sí, lo haría.

Su mano temblaba. Me miró a los ojos.

—Cielos, creo que lo dice en serio.

No, no habíamos conseguido conquistar a la muerte, sólo habíamos diseñado aplazamientos (la píldora, el polvo, la angioplastia, la Cuarta Edad) movidos por nuestra convicción de que algo más de vida, incluso un poco más, podría otorgarnos el placer o la sabiduría que queríamos o no habíamos conseguido en nuestra vida. Nadie vuelve a casa después de un baipás triple o de un tratamiento de longevidad con la esperanza de vivir para siempre. Incluso Lázaro salió de la tumba sabiendo que moriría una segunda vez.

Pero volvió. Volvió agradecido. Y yo también estaba agradecido.

Los lugares fríos del universo

Volví a casa después de una sesión de viernes por la tarde en Perihelio, abrí la puerta de mi casa con mi llave y me encontré con Molly sentada ante el teclado de mi PC.

El equipo estaba en el rincón sudeste de la sala de estar, contra una pared y de espaldas a la puerta. Molly se giró a medias y me dedicó una expresión de sobresalto. Al mismo tiempo, diestramente, hizo clic sobre un icono y salió del programa que había estado ejecutando.

—¿Molly?

No me sorprendía encontrarla allí. Molly pasaba la mayoría de los fines de semana conmigo; tenía un duplicado de la llave. Pero jamás había mostrado interés alguno en mi PC.

—No me llamaste —dijo.

Había estado reunido con dos representantes de la agencia que aseguraba la cobertura de los empleados de Perihelio. Me habían dicho que esperara una sesión de dos horas, pero al final resultó una puesta al día de veinte minutos sobre las cláusulas de los seguros, y cuando terminó pensé que sería más rápido coger directamente el coche para irme a casa, puede que incluso llegara antes que Molly si ella se paraba a comprar vino. Tal fue el efecto de la larga mirada impasible de Molly que me sentí obligado a explicar todo eso antes de preguntarle qué hacía con mis archivos.

Se rio mientras yo atravesaba la habitación hacia ella, una de esas risas de disculpa avergonzada: «Pero mira qué tontería me has pillado haciendo». Su mano derecha estaba suspendida sobre el panel táctil del PC. Se volvió hacia el monitor. En la pantalla, el cursor hizo un picado hacia el botón de apagado.

—Espera —dije.

—¿Por qué?, ¿quieres usarlo?

El cursor se centró en su objetivo. Puse mi mano sobre la de Molly.

—En realidad me gustaría ver qué estabas haciendo.

Estaba tensa. Una vena le latía justo delante de una oreja.

—Poniéndome cómoda como si estuviera en mi casa. Un, ¿un poquitín demasiado como en casa? No creí que te importara.

—¿Importarme el qué, Moll?

—Que usara tu PC.

—¿Usarlo para qué?

—Para nada, en realidad. Sólo miraba.

La máquina no podía ser lo que interesaba a Moll. Era un modelo de hacía cinco años, casi una antigualla. Usaba equipos más sofisticados en el trabajo. Y había reconocido el programa que había cerrado con tantas prisas cuando entré por la puerta. Era mi asistente doméstico, el programa que usaba para hacer el balance de mis cuentas y administrar mis contactos.

—Parecía una hoja de cálculo de alguna clase —dije.

—Llegué ahí de casualidad. Tu escritorio me confundió. Ya sabes. La gente organiza las cosas de manera diferente. Lo siento, Tyler. Supongo que me estaba tomando demasiadas libertades. —Contrajo la mano bruscamente debajo de la mía y cliqueó en el icono de apagado. El escritorio se encogió y oí cómo el ventilador del procesador gemía hasta callarse. Molly se levantó, estirándose la blusa, Molly siempre le daba un tironcito a la ropa cuando se levantaba. Poniendo las cosas en orden—. Qué tal si empiezo a hacer la cena. —Me dio la espalda y se dirigió a la cocina.