Contemplé cómo desaparecía tras las puertas batientes. La seguí después de contar hasta diez.
Retiraba sartenes de sus colgaderos de la pared. Me miró brevemente y apartó la cara.
—Molly —dije—. Si hay algo que quieras saber, sólo tienes que preguntarlo.
—Oh. ¿Sólo tengo que preguntarlo? Vale.
—Molly…
Depositó una sartén sobre el quemador del horno con cuidado exagerado, como si fuera frágil.
—¿Quieres que me vuelva a disculpar? Muy bien, Tyler, siento haber toqueteado tu PC sin tu permiso.
—No te estoy acusando de nada, Moll.
—Entonces, ¿por qué seguimos hablando de eso? Quiero decir, ¿por qué parece que vamos a pasar el resto de la noche hablando de eso? —Sus ojos se empañaron. Sus lentes de contacto de colores adquirieron un tono de esmeralda más profundo—. Tenía un poco de curiosidad.
—¿Curiosidad acerca de qué? ¿De mis facturas de la casa?
—Sobre ti. —Arrastró una silla de la mesa de la cocina. La pata de la silla se quedó atrapada contra la de la mesa y Molly la liberó de un tirón. Se sentó y se cruzó de brazos—. Sí, puede que incluso sobre las cosas triviales. —Cerró los ojos y sacudió la cabeza—. Me oigo decirlo y parezco una especie de acosadora. Pero sí, tus facturas, tu marca de pasta de dientes, tu talla de zapatos. Sí, me gustaría sentir que soy algo más que un polvo de fin de semana. Lo confieso.
—No tienes que meterte en mis archivos para eso.
—Quizá no tendría que hacerlo si…
—¿Sí?
Sacudió la cabeza.
—No quiero discutir.
—A veces es mejor terminar lo que empiezas.
—Bueno, como eso mismo, por ejemplo. Cada vez que te sientes amenazado, haces eso de apartarte. Te vuelves frío y reservado y analítico como si yo fuera un documental de vida silvestre que estás viendo en la tele. Aparece la pantalla de cristal. Pero la pantalla de cristal siempre está ahí, ¿no? todo el mundo está al otro lado de ella. Por eso no hablas de ti mismo. Por eso me pasé un año esperando a que te dieras cuenta de que era algo más que un mueble. Esa eterna mirada boba de calma, observando la vida como si fueran las noticias de la noche, como si se tratara de una lamentable guerra al otro lado del planeta donde la gente tiene nombres impronunciables.
—Molly…
—Quiero decir que soy consciente de que todos estamos jodidos, Tyler, todos y cada uno de los que nacimos bajo el Spin.
Trastorno de estrés pretraumático, ¿no fue así como nos llamaste? Una generación de grotescos. Por eso todos estamos divorciados o somos promiscuos o hiperreligiosos o depresivos o maníacos o desapasionados. Todos tenemos una buena excusa para portarnos mal, incluyéndome a mí, y si ser tan premeditadamente amable y comprensivo es lo que te sirve para continuar adelante, pues vale, muy bien. Pero entonces también es válido para mí querer algo más que eso. Es válido, de hecho es perfectamente humano, el querer tocarte. No sólo follarte. Tocarte.
Dijo todo eso y entonces dándose cuenta de que había terminado, descruzó los brazos y esperó mi reacción.
Pensé en devolverle un discurso como el suyo. Ella me apasionaba, le diría. Puede que no fuera obvio, pero había sido consciente de ella desde que vine a trabajar a Perihelio. Consciente de las líneas y la dinámica de su cuerpo, la forma que tenía de andar o de quedarse de pie o de estirarse o bostezar; consciente de su preferencia por los colores pastel al vestir y la mariposa de bisutería que llevaba colgada de una cadenita de plata; consciente de sus estados de ánimo e impulso y del catálogo de sus sonrisas, ceños y gestos. Cuando cerraba los ojos veía su cara y cuando me iba a dormir era lo que contemplaba. Amaba su superficie y su sustancia: el sabor salado de su garganta y la cadencia de su voz, el arco de sus dedos y las palabras que escribía sobre mi cuerpo.
Pensé en todo eso pero no me atreví a decírselo.
No era una mentira exactamente. Pero tampoco era la verdad exactamente.
Al final nos reconciliamos con vagas frases agradables, breves lágrimas y abrazos conciliadores, dejamos correr el asunto, le hice de pinche mientras ella hacía una magnífica salsa para pasta y la tensión se fue desvaneciendo, y hacia medianoche llevábamos acurrucados una hora frente a las noticias (subía el paro, un debate electoral, una lamentable guerra al otro lado del planeta) y estuvimos listos para irnos a la cama. Molly apagó la luz antes de que hiciéramos el amor, y la habitación quedó a oscuras con la ventana abierta a un cielo varío y desierto. Arqueó la espalda cuando se corrió y cuando suspiró su aliento era dulce y lechoso. Separados, pero todavía tocándonos, mano sobre muslo, hablamos con frases inconclusas.
—Ya sabes, pasión —dije.
—En el dormitorio, sí—dijo ella.
Se quedó dormida. Yo seguía despierto una hora después.
Salí de la cama con suavidad, sin percibir ningún cambio en el ritmo de su respiración. Me puse unos vaqueros y salí del dormitorio. En noches sin sueño como ésta, normalmente un poco de Drambuie me ayudaba a acallar el persistente monólogo interior, las peticiones que la duda presentaba al cansado hipotálamo. Pero antes de ir a la cocina me senté ante mi PC e invoqué mi programa de ayuda doméstica.
No había forma de decir qué era lo que Molly había estado mirando. Pero nada había cambiado, hasta donde podía decir. Todos los nombres y números seguían intactos. Quizá había encontrado algo que la hiciera sentirse más cerca de mí. Si es que en realidad era eso lo que quería.
O quizá había sido una búsqueda en vano. Quizá no había encontrado nada.
En las semanas anteriores a las elecciones de noviembre vi más a Jason. Su enfermedad se estaba volviendo más activa pese a la medicación en aumento posiblemente debido al estrés causado por el conflicto en curso con su padre. (E. D. había anunciado su intención de «reconquistar» Perihelio de manos de lo que consideraba una camarilla de burócratas advenedizos y científicos alineados con Wun Ngo Wen… una amenaza vacía, en opinión de Jason, pero potencialmente embarazosa y perjudicial.)
Jase me mantenía cerca de él en caso de que tuviera que darle antiespasmódicos en algún momento crítico, cosa que yo estaba dispuesto a hacer, dentro de los límites de la ética profesional y la ley. Mantener a Jase en estado funcional a corto plazo era lo más que podía hacer la ciencia médica por él, y permanecer funcional el tiempo suficiente para superar en estrategia a E. D. Lawton era, por el momento, todo lo que importaba para Jase.
Así que pasé un montón de tiempo en el ala VIP de Perihelio, normalmente con Jason pero a menudo también con Wun Ngo Wen. Eso me convirtió en objeto de las sospechas del resto de los cuidadores de Wun, un surtido de subautoridades gubernamentales (representantes de bajo rango del Departamento de Estado, la Casa Blanca, Homeland Security, el Mando de las Fuerzas Aeroespaciales, etc.) y los académicos que habían sido reclutados para traducir, estudiar y clasificar los llamados archivos marcianos. Mi acceso a Wun, a ojos de esa gente, era irregular e indeseable. Yo era un empleadillo. Un don nadie. Y por eso mismo Wun prefería mi compañía: no tenía intereses que promover o proteger. Y como Wun insistía, de vez en cuando era escoltado por hoscos guardas por las varias puertas que separaban las habitaciones con aire acondicionado del embajador marciano del calor de Florida y del mundo que había más allá.